¿Cómo era vivir en Venezuela en los 12 de años que gobernó Maduro?

Relatos Históricos
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13 abr 2026
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ASÍ ERA LA ESCALOFRIANTE VIDA en la Venezuela de Nicolás Maduro. Ser venezolano bajo el mandato de Nicolás Maduro no fue una experiencia política, fue una prueba de resistencia biológica y mental.
Así era la escalofriante vida en la Venezuela de Nicolás Maduro.
Ser venezolano bajo el mandato de Nicolás Maduro no fue una experiencia política,
fue una prueba de resistencia biológica y mental.
Mientras el mundo observaba los titulares sobre ideologías y sanciones estadounidenses,
puertas adentro se gestaba una realidad escalofriante
que transformó la vida cotidiana en modo supervivencia.
Imagina despertar en un país donde la moneda vale menos que el papel en la que está impresa,
donde el hambre hace adelgazar en pocos meses,
y donde el simple acto de encender la luz o abrir un grifo
se convierte en un milagro cuando debería ser un servicio básico.
Esta no es una distopía de ciencia ficción,
es la crónica de una nación que fue desmantelada pieza por pieza
hasta obligar a sus ciudadanos a elegir entre huir a pie por un continente
o quedarse a hurgar entre los desechos de las ciudades para sobrevivir.
Hoy, tras la detención de Nicolás Maduro,
desenterramos la verdadera cara de la Venezuela madurista
y del colapso que la codicia, corrupción e impunidad
creó en el país que antiguamente fue considerado la Arabia Saudita de Sudamérica.
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El carnet de la miseria, la vida en una fila.
Vivir en la Venezuela de Maduro era vivir en una cola perpetua
para comprar un paquete de harina de maíz o un litro de aceite a precio regulado.
Los ciudadanos debían someterse a jornadas de hasta 24 horas de espera.
La gente dormía en las aceras,
marcaba sus brazos con números de llegada y soportaba el sol o la lluvia
solo por la posibilidad de que el camión de suministros llegara ese día.
El control era absoluto.
Si no tenías el carnet de la patria o si el sistema decía que ya habías comprado,
te ibas con las manos vacías.
Las filas se convirtieron en centros de control social,
donde los cuerpos de seguridad humillaban a quienes protestaban por el retraso.
A raíz de la escasez de alimentos, comenzó a usarse la frase
la dieta de Maduro como un chiste amargo en las calles y en las redes sociales,
que terminó siendo una descripción clínica de la desnutrición masiva.
Las familias venezolanas se vieron obligadas a sustituir comidas completas por yuca y aire.
El desayuno desapareció y el almuerzo se redujo a carbohidratos vacíos.
Lo más escalofriante era ver el cambio en los niños.
El hambre oculta detuvo el crecimiento de toda una generación,
dejando huellas de baja estatura y déficit cognitivo que los acompañarán de por vida.
En los hospitales, los médicos tenían prohibido escribir desnutrición en las actas de defunción
para no alertar a las organizaciones internacionales,
ocultando bajo términos técnicos una realidad que se leía en las costillas marcadas
y los rostros hundidos de los ciudadanos que deambulaban por las calles como sombras
de lo que alguna vez fueron.
En el pico de la crisis, se estima que el venezolano promedio
perdió entre 11 y 15 kilos de peso corporal.
La proteína desapareció de la mesa, el pollo, la carne y los huevos
se convirtieron en artículos de lujo inalcanzables
para quien ganaba un salario mínimo que apenas rozaba los 3 dólares al mes.
El mercado de la basura
Nada capturó mejor la crueldad de la era maduro que la imagen de las cuadrillas de la basura,
lo que en cualquier país es un desperdicio.
En Venezuela, se convirtió en una fuente de alimento para miles de familias.
El secreto que el gobierno intentó ocultar con propaganda
fue que la desnutrición no discriminaba.
No eran solo personas en situación de calle, sino trabajadores públicos, maestros y jubilados
quienes esperaban a las puertas de los restaurantes y supermercados
a que sacaran las bolsas de desechos.
El ritual era macabro, en cuanto la bolsa tocaba la acera,
grupos de personas la rasgaban para buscar restos de comida,
verduras golpeadas o huesos con algo de carne.
Se generó una jerarquía en los vertederos,
donde los más fuertes tenían prioridad sobre los restos frescos.
El régimen respondió de forma agresiva, en lugar de resolver el hambre.
Según reportes, Maduro habría ordenado en varias ocasiones
que la policía detuviera a quienes hurgaban en la basura para no afear las ciudades
o dar una mala imagen internacional.
Incluso se reportaron casos de camiones de basura
que rociaban cal o cloro sobre los desechos para evitar que la gente los consumiera.
El mercado de la basura fue el subsuelo de la economía venezolana,
un lugar donde la dignidad humana se perdió entre desperdicios,
mientras la cúpula gobernante exhibía banquetes en televisión nacional,
negando una hambruna que se veía a plena luz del día en cada esquina del país.
Vivir a oscuras, el colapso del sistema eléctrico
El 7 de marzo del año 2019, el país entero se hundió en las sombras durante casi una semana.
Pero el mega apagón no fue un hecho aislado,
fue el inicio de una era donde la electricidad se convirtió en un milagro.
En estados como Zulia, la gente pasaba hasta 20 horas diarias sin luz,
a temperaturas de 40 grados.
Lo escalofriante era lo que el apagón hacía en silencio.
La comida se pudría en las neveras apagadas.
Los hospitales se convertían en morgues improvisadas,
donde los familiares debían ventilar manualmente a los pacientes,
y las bombas de agua se detenían, dejando a ciudades enteras secas.
Vivir a oscuras significaba estar desconectado del mundo,
sin señal de teléfono, y con el miedo constante de que,
al volver la luz, un pico de tensión quemara el único electrodoméstico que quedaba funcional.
Navidades sin luz
Para intentar aplacar el descontento, Maduro implementó una táctica surrealista,
decretar el inicio de la Navidad en octubre.
Las plazas se llenaban de luces LED
y decoraciones de plástico financiadas con dinero público,
mientras que, a pocos metros,
los barrios sufrían racionamientos eléctricos de 12 horas.
Este contraste era la máxima expresión de la psicología del terror,
una alegría decretada por televisión que chocaba frontalmente con la penumbra de los hogares.
Las familias intentaban mantener las tradiciones,
pero la hiperinflación hacía imposible comprar los ingredientes
para la ayaca o el pan de jamón.
Lo más doloroso fue la fractura familiar.
Las cenas navideñas se hacían frente a computadoras,
con la mitad de la familia en el exilio conectada por videollamadas
que se cortaban por el mal internet.
El decreto de navidades felices era un insulto para quienes no podían encender un árbol de Navidad
porque no había luz,
o para quienes pasaban el 24 de diciembre haciendo fila en una gasolinera.
Esta disonancia cognitiva buscaba normalizar la crisis,
pretendiendo que la felicidad puede imponerse por decreto
mientras las bases de la vida digna estaban completamente destruidas,
o el intento de comprar el alma de un pueblo con adornos de colores
en medio de una tragedia humanitaria.
El apagón informativo, censura en tiempo real
La Venezuela de Maduro fue un laboratorio de censura digital,
mientras el MIMPSI,
Ministerio de Poder Popular para la Comunicación e Información,
saturaba las redes con propaganda.
El Estado ejecutaba un bloqueo sistemático de portales de noticias independientes
y redes sociales.
El secreto aquí era el uso de bloqueos de DNS
y filtrado de paquetes ejecutados por la estatal Ecan TV.
Cada vez que Maduro hablaba o se filtraba un escándalo de corrupción,
plataformas como YouTube o Ex,
antiguamente Twitter,
dejaban de funcionar misteriosamente en todo el territorio nacional.
Los periódicos impresos murieron de inanición
cuando el gobierno centralizó la venta de papel prensa,
entregándolo solo a medios que no cuestionaran su gobierno.
Esto creó desiertos informativos en el interior del país,
donde la única versión de la realidad
era la que dictaba la televisión estatal.
Los ciudadanos vivían en una burbuja de desinformación,
dependiendo de cadenas de WhatsApp
que a menudo propagaban rumores por la falta de fuentes oficiales confiables.
Lo más escalofriante fue la criminalización de la opinión.
Ciudadanos fueron arrestados simplemente por publicar una foto de una protesta
o una queja sobre los servicios básicos en sus estados.
El control de la narrativa
fue el muro que echó a los venezolanos de su propia realidad.
El efectivo como basura.
El papel moneda sin valor.
Bajo la hiperinflación de Maduro,
el dinero dejó de tener sentido.
Venezuela vivió procesos de reconversión monetaria
que le quitaron hasta 14 ceros a la moneda,
pero el papel seguía siendo inservible.
Era común ver billetes de alta denominación esparcidos por las aceras
porque no alcanzaban ni para comprar un caramelo.
Los artesanos empezaron a tejer carteras y sombreros
usando los billetes de bolívares como materia prima,
ya que el papel moneda valía menos que el papel de periódico.
Para pagar un cartón de huevos,
se necesitaban fajos de billetes que pesaban más que el mismo producto.
Esta pérdida del valor del dinero
destruyó el ahorro de toda una vida para millones de ancianos,
cuyas pensiones, tras décadas de trabajo,
terminaron valiendo menos de lo que costaba el pasaje de autobús para ir a cobrarlas.
La industria del plagio express.
Durante años, Venezuela se convirtió en uno de los lugares más peligrosos del mundo
debido a la proliferación del plagio express.
Esta modalidad delictiva se transformó en una industria eficiente y macabra,
donde la vida de una persona tenía un precio tasado en dólares.
Las bandas criminales, muchas veces en complicidad con funcionarios policiales,
calculaban sus armas y patrullas,
interceptaban a ciudadanos al salir de sus trabajos
o llegando a sus hogares.
La dinámica era de un terror absoluto.
La víctima era paseada por cajeros automáticos
o retenida en nevera, lugares de cautiverio temporal,
mientras se negociaba un rescate con la familia en cuestión de horas.
En un país en efectivo valioso, los delincuentes exigían divisas,
joyas o incluso aparatos electrónicos.
Lo más aterrador era la ruleta.
Si la familia no pagaba a tiempo,
la víctima era liberada con un disparo en la pierna o, en el peor de los casos,
asesinada y arrojada en plena vía pública.
Esta realidad obligó a los venezolanos a cambiar sus hábitos de vida.
Nadie salía de noche,
las casas se convirtieron en cárceles privadas con cercas eléctricas
y el miedo al carro de a al lado
se volvió una paranoia colectiva que destruyó la vida social del país.
El surgimiento del Tren de Aragua es el testimonio de cómo el régimen de Maduro
permitió que las cárceles se convirtieran en centros de comando empresarial del crimen.
Lo que comenzó como una banda dedicada a la extorsión en una obra ferroviaria inacabada
se transformó, desde la prisión de Tocorón,
en una corporación criminal transnacional.
El secreto de su ascenso fue la complicidad estatal.
Bajo el sistema de PRANATOS,
el gobierno cedió la soberanía de las cárceles a los líderes criminales,
a cambio de mantener una paz interna ficticia
y servir como fuerza de choque si fuera necesario.
Desde dentro de Tocorón, con acceso a Internet, piscinas, estadios y discotecas,
los líderes del Tren de Aragua coordinaban plagios de personas,
asesinatos por encargo y tráfico de personas.
Cuando la migración venezolana se masificó,
la banda exportó su modelo a lo largo de todo el continente,
estableciendo células en Colombia, Perú, Chile y Estados Unidos.
Lo escalofriante para el ciudadano común era saber que el criminal que le robaba en la calle
respondía a una estructura jerárquica
que operaba con la protección tácita del Ministerio de Servicios Penitenciarios.
El Tren de Aragua no fue un fallo del sistema,
fue un subproducto donde el control del territorio fue entregado a mafias que, en 2026,
representan una de las mayores amenazas de seguridad en todo el hemisferio.
La OLP, represión en el barrio
La Operación Liberación del Pueblo, OLP, fue presentada como una solución al crimen,
pero en la práctica funcionó como un ejercicio de represión y ejecuciones extrajudiciales.
Bajo el mando de Maduro, estas incursiones militares en las zonas populares
se convirtieron en sinónimo de terror.
Los comandos entraban a los barrios de madrugada,
derribando puertas sin orden judicial y, bajo la excusa de enfrentamientos,
ejecutaban a jóvenes que a menudo no tenían antecedentes penales.
Lo escalofriante de las OLP fue la impunidad total.
Los familiares de las víctimas denunciaban que sus hijos eran sacados de sus camas
y ajusticiados en el patio de sus casas,
mientras los funcionarios robaban pertenencias,
desde teléfonos hasta comida de las neveras.
El Estado de Derecho fue reemplazado por la Ley del Más Fuerte.
Estas operaciones no desmantelaron a las grandes bandas.
Al contrario, eliminaron la competencia de los grupos criminales aliados al gobierno
o simplemente sembraron un miedo paralizante en la población
para evitar cualquier foco de protesta social en los sectores más humildes.
Fue la institucionalización de la represión como política de seguridad.
Bajo el mandato de Maduro, el sistema judicial oficial
se volvió un cascarón vacío usado solo para la persecución política.
Para el ciudadano común de los barrios populares,
la verdadera justicia pasó a ser administrada por los pranes
o líderes de bandas criminales.
Este secreto de gobernabilidad implicó una transferencia de poder de facto.
En territorios donde la policía no entraba por orden superior,
los criminales establecieron su propio código de conducta.
Si a un vecino le robaban un televisor, no iba a la delegación policial,
donde probablemente le pedirían dinero para investigar,
sino que acudía líder de la banda local.
El prán resolvía el conflicto con una rapidez brutal.
El ladrón era obligado a devolver el objeto.
Era azotado, expulsado de la comunidad
o ejecutado bajo la premisa de mantener el orden en la zona.
Estos líderes criminales también organizaban fiestas,
entregaban juguetes en Navidad y mediaban en disputas familiares,
creando una base de apoyo social basada en el miedo y la gratitud forzada.
Lo escalofriante de la justicia de los pranes
fue que acostumbró a la población a una vida sin leyes constitucionales,
donde el derecho a la vida o a la propiedad no dependía de un juez,
sino del capricho de un hombre armado con un fusil de guerra
que, a menudo, tenía mejores conexiones con Miraflores
que los propios alcaldes o gobernadores.
La gasolina como oro líquido, el colapso petrolero.
La ironía más cruel de la gestión de Maduro
fue ver a la nación con las mayores reservas de petróleo del mundo,
paralizada por falta de combustible.
La gasolina se convirtió en el oro líquido de la crisis,
lo que comenzó como fallas esporádicas,
terminó en un racionamiento salvaje
donde los ciudadanos debían dormir dentro de sus vehículos
durante 3, 4 o hasta 7 días seguidos
para poder surtir apenas 30 litros de combustible.
Las estaciones de servicio se transformaron en microcosmos
de la sociedad venezolana.
Allí se instalaban mercados improvisados.
La gente compartía comida,
pero también se producían enfrentamientos violentos
bajo la mirada de la Guardia Nacional,
que controlaba las filas.
El secreto de esta escasez fue el mercado negro
operado por los mismos militares.
Mientras el ciudadano común sufría en la fila,
quienes pagaban vacunas en dólares a los custodios
pasaban por canales VIP sin esperar.
Esta parálisis no solo afectó a los autos particulares,
detuvo el transporte de alimentos y medicinas,
encareciendo todo aún más.
Pero un país petrolero sin gasolina
fue la prueba definitiva de que el modelo de Maduro
había canibalizado hasta el último recurso de la nación.
La desaparición del transporte público
y el surgimiento de las perreras.
El colapso del transporte público
fue uno de los rostros más humillantes de la crisis,
ante la falta de repuestos, neumáticos y lubricantes
que solo se conseguían a precios de mercado negro.
El 90% de la flota de autobuses quedó varada,
convirtiéndose en cementerios de metal.
La solución del régimen fue la institucionalización de las perreras,
camiones de carga de ganado o de escombros
usados para transportar seres humanos.
Vimos a maestros, enfermeras y ancianos
treparse por las barandas de estos camiones,
viajando hacinados, de pie
y sin ninguna medida de seguridad.
Lo escalofriante no era solo la incomodidad,
sino el peligro mortal.
Las caídas desde estos vehículos en movimiento
se volvieron frecuentes,
dejando lisiados y muertos
que no aparecían en ninguna estadística.
El venezolano fue despojado de su dignidad mínima
al ser movilizado como mercancía o animales.
Ir al trabajo o a la escuela
se transformó en una odisea física
donde el simple hecho de llegar a casa ileso
era considerado un éxito.
Esta regresión al siglo XIX
fue la prueba de que el país no solo se detuvo,
sino que retrocedió hacia una era de barbarie,
bajo la mirada indiferente de Miraflores.
El canibalismo mecánico.
El desmantelamiento de un país.
A medida que las importaciones se detuvieron
y la industria nacional murió,
Venezuela entró en una fase de canibalismo mecánico.
Sin repuestos para mantener la infraestructura eléctrica,
de agua o de transporte,
el país empezó a devorarse a sí mismo.
Lo que hoy en 2026 vemos como ruinas industriales
fue el resultado de años de desmantelamiento.
Se robaban los cables de alta tensión
para extraer el cobre.
Se desarmaban los motores de las estaciones de bombeo de agua
para vender las piezas en el mercado negro.
Y los semáforos dejaron de funcionar
porque sus componentes eran canibalizados.
Este fenómeno llegó a los hogares y a las empresas privadas.
Si un camión se dañaba,
se convertía en el donante de piezas para los demás,
hasta que solo quedaba el chasis oxidado.
Las ciudades perdieron su mobiliario urbano.
Desaparecieron las tapas de alcantarilla,
las barandas de los puentes
y hasta los cables de internet de fibra óptica,
dejando a comunidades enteras incomunicadas por meses.
Fue una degradación visual y funcional
donde el público fue saqueado por ciudadanos desesperados
y bandas organizadas que vendían al país
por peso hacia las fundiciones de las islas del Caribe
o hacia el arco minero.
El retorno de enfermedades endémicas
En una de las regresiones sanitarias más atroces de la historia moderna,
enfermedades que Venezuela había erradicado a mediados del siglo XX
regresaron con furia.
La malaria, el sarampión, la difteria y el mal de chagas
volvieron a ser causas comunes de muerte.
El arco minero se convirtió en el epicentro de la malaria,
con mineros desplazándose por todo el país
y llevando consigo parásitos
que la destruida red de salud pública
no podía combatir por falta de quinina
y otros insumos básicos.
Lo que hacía esta situación escalofriante
era el silencio oficial.
El régimen prohibió la publicación de los boletines epidemiológicos
para ocultar que la mortalidad infantil y materna
se había disparado a niveles de posguerra.
Los hospitales sin agua ni desinfectantes
se convirtieron en focos de infección.
Ver a niños morir por enfermedades prevenibles
con una vacuna de pocos centavos
fue la prueba del abandono total del contrato social.
El sistema de salud no solo dejó de curar,
sino que se convirtió en un testigo mudo
de una tragedia sanitaria
que borró décadas de progreso científico
en apenas unos años.
Venezuela pasó de ser pionera en medicina tropical
a ser un exportador de plagas
por la negligencia deliberada de su cúpula.
El mundo vio con horror
cómo Venezuela se desangraba por sus fronteras.
Los caminantes se convirtieron en el símbolo
de la mayor crisis migratoria del hemisferio occidental.
Sin dinero para un pasaje de autobús,
cientos de miles de personas,
desde ancianos hasta bebés en cochecitos,
se lanzaron a cruzar los Andes a pie.
El trayecto hacia la frontera colombiana o brasileña
era una prueba de resistencia inhumana.
Atravesar el páramo de Berlín
a temperaturas bajo cero,
con zapatos de lona rotos
y solo una mochila cargando los restos de una vida.
Muchos morían de hipotermia en la carretera
o eran víctimas de grupos irregulares
que controlaban los pasos fronterizos.
Lo más desgarrador era la selección natural del exilio.
Los más jóvenes se iban para intentar enviar remesas,
dejando atrás a una población de abuelos
solo encargados de nietos
que no entendían por qué sus padres ya no estaban.
Esta no fue una migración por búsqueda de sueños,
sino una huida masiva por el puro instinto
de no morir de hambre o falta de medicinas.
Las carreteras de Sudamérica
se llenaron de banderas venezolanas
amarradas o mochilas desgastadas,
marcando el camino de un pueblo
que prefería el riesgo de la selva y el frío
antes que el destino de quedarse bajo la dictadura.
El exilio escolar, aulas vacías y pupitres huérfanos.
La educación en Venezuela no solo entró en crisis,
sufrió un vaciamiento sistemático.
El exilio escolar se manifestó en dos frentes devastadores.
La fuga de maestros y la deserción de alumnos.
Con salarios que cayeron por debajo
de los 5 dólares mensuales,
miles de docentes abandonaron las aulas
para dedicarse al comercio informal
o para unirse a las caravanas de caminantes
hacia el extranjero.
Escuelas que antes eran referentes de excelencia
quedaron en manos de personal sin formación
o, en muchos casos,
cerraron sus puertas definitivamente.
Para los niños, el hambre fue el principal muro
hacia el conocimiento.
Sin el programa de alimentación escolar PAE,
que colapsó por la corrupción y la falta de suministros,
ir a la escuela significaba gastar energías
que el cuerpo desnutrido no tenía.
Los padres se enfrentaron a la decisión desgarradora
de elegir cuál de sus hijos comería ese día
o cuál podría usar el único par de zapatos disponible.
El resultado es una generación perdida,
jóvenes que pasaron años sin abrir un libro,
cuya única escuela fue la calle
y cuya máxima aspiración
se convirtió en la supervivencia inmediata.
El secreto aquí fue la desarticulación
del pensamiento crítico.
Un pueblo sin educación es más fácil de manipular
a través de bonos y cajas de comida.
Niños mineros, la infancia perdida en el oro.
El último punto de esta vida escalofriante
ocurre en el sur del país,
donde la infancia fue sacrificada
en los pozos de extracción de oro.
Miles de niños y adolescentes abandonaron las aulas
para trabajar en el arco minero,
atraídos por la promesa de obtener divisas
o simplemente para poder comer.
Estos niños, conocidos como mineritos,
se exponen a condiciones de trabajo forzado,
trabajando jornadas extenuantes
bajo la vigilancia de grupos armados e irregulares.
Lo escalofriante es el impacto físico y moral.
Están expuestos crónicamente al mercurio,
que usan sin protección para separar el oro,
lo que garantiza daños neurológicos irreversibles.
Muchos son víctimas de redes de trata
o terminan sumergidos en la violencia
de los sindicatos que controlan las minas.
Una generación entera cambió el lápiz
por el tamiz de oro,
perdiendo no solo su educación,
sino su salud y su futuro.
Regimen al promover el arco minero como motor económico
avaló tácitamente la destrucción
de su recurso más valioso,
sus niños.
En 2026, las secuelas de este trabajo infantil
son una herida abierta en el tejido de la nación,
una infancia que no jugó,
que no estudió
y que fue consumida por la fiebre del oro
de un gobierno desesperado.
Los cementerios profanados,
el robo de los restos.
En la Venezuela de Maduro,
ni siquiera los muertos encontraron descanso.
Los cementerios municipales,
especialmente el Cementerio General del Sur en Caracas,
se convirtieron en escenarios
de una pesadilla gótica y real.
El secreto detrás de esta profanación masiva
fue una mezcla de colapso de seguridad
y desesperación económica.
Ante la falta de vigilancia,
las tumbas fueron abiertas sistemáticamente
para robar cualquier objeto de valor,
desde piezas de oro en las dentaduras
y joyas familiares,
hasta las lápidas de mármol
que luego eran pulidas y revendidas.
Sin embargo, lo más escalofriante
fue el tráfico de huesos humanos.
Con el auge de ciertos ritos
y la proliferación de economías subterráneas,
los esqueletos empezaron a tener
un precio en el mercado negro.
Los visitantes habituales de los cementerios
describían un paisaje desolador,
ataúdes abiertos,
ropa vieja de difuntos esparcida por el suelo,
y osarios vacíos.
Las familias,
al visitar a sus seres queridos,
se encontraban con el horror
de ver los restos de sus padres
o hijos desaparecidos.
El Estado no solo falló en proteger la vida,
sino que abandonó la santidad de la muerte.
Profanar una tumba
se convirtió en una forma de minería urbana
para los más desesperados,
en un país donde el valor de la vida
se había degradado tanto
que los muertos pasaron a ser vistos
como mercancía de exportación o de culto.
El régimen de Nicolás Maduro
fue un sistema que buscaba destruir
el espíritu de los venezolanos.
Ya sea el niño que cambió sus cuadernos
por el mercurio de las minas,
el abuelo que vio cómo su vida
se desvanecía en una fila interminable,
hasta los millares de viajeros
que arriesgaron su vida en el Darién
para no morir de hambre,
es indudable que su gobierno dejó tras de sí
mucho más que una economía en ruinas,
dejó una sociedad marcada por cicatrices
que tardarán generaciones en sanar.
Hoy, mientras el país intenta
reconocerse frente al espejo,
tras los sucesos del 3 de enero de 2026,
estos relatos sirven como recordatorio
que a cualquier país le puede pasar,
de un día para otro
te cambia la vida completamente.
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durante el gobierno de Maduro.
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un pueblo que no conoce su historia
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