15 Estructuras Ancestrales de México que Nadie Puede Explicar

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México es un país construido encima de otro país, debajo de las ciudades, debajo de las iglesias,
debajo de los campos de cultivo y de las carreteras.
Hay un mundo enterrado que lleva miles de años esperando a que alguien lo desentierre.
Porque este país nuestro tiene estructuras tan antiguas, tan complejas y tan fuera de toda lógica
que los propios arqueólogos admiten que no tienen todas las respuestas.
Pirámides dentro de pirámides.
Puentes que no deberían existir.
Ciudades que nadie sabe quién construyó.
Alineaciones con estrellas que parecen imposibles para pueblos sin telescopios.
Hoy, les voy a contar 15 de esas estructuras.
Y les prometo que más de una les va a dejar la boca abierta.
Venga, suscríbete que te lo cuento todito.
Número 15.
La pirámide circular de Cuicuilco.
Vamos a empezar por la Ciudad de México, en el sur, donde hoy se levantan centros comerciales,
edificios de oficinas y la ciudad universitaria de la UNAM.
Ahí, rodeada de concreto y modernidad, hay una pirámide que tiene entre 2.400 y 2.800 años de antigüedad
y que estuvo sepultada bajo una capa de lava volcánica durante siglos.
Es la pirámide de Cuicuilco, y su forma es lo primero que llama la atención.
Es circular.
En toda Mesoamérica, las pirámides son cuadradas o rectangulares.
Todas.
Desde las de Teotihuacán hasta las de los Mayas, pasando por las Zapotecas, las Mixtecas y las Mexicas.
Pero la de Cuicuilco es redonda.
Tiene un diámetro de unos 120 metros en la base y una altura de unos 25 metros.
Fue construida por una de las civilizaciones más antiguas del Valle de México, de la que sabemos muy poco,
y estaba en plena actividad cuando el volcán Xitle hizo erupción, probablemente alrededor del año 300 a.C.,
y cubrió toda la zona con un manto de lava llamado El Pedregal.
La erupción del Xitle sepultó a Cuicuilco y a toda la civilización que la había construido.
La ciudad fue abandonada.
Sus habitantes tuvieron que huir, y se cree que muchos de ellos se migraron hacia Teotihuacán,
que estaba en pleno proceso de expansión en el otro extremo del Valle de México.
Algunos arqueólogos sostienen que la caída de Cuicuilco fue justamente lo que permitió el ascenso de Teotihuacán
como la gran metrópoli del centro de México, porque toda la población desplazada se concentró ahí.
Durante más de 2.000 años, la pirámide estuvo debajo de la roca volcánica, como si la tierra se la hubiera tragado.
Cuando los arqueólogos la descubrieron a principios del siglo XX,
se encontraron con una estructura que no encajaba con nada de lo que se conocía.
Su forma circular, su antigüedad extrema y su relación con una civilización prácticamente desconocida
la convierten en uno de los misterios más grandes de la arqueología mexicana.
Hay quien ha propuesto que la forma circular tiene relación con el culto al viento, con el dios Ehecatl,
pero esa asociación corresponde a culturas muy posteriores.
La verdad es que no sabemos por qué la hicieron redonda, y lo más impresionante es que está ahí,
entre el tráfico de la avenida Insurgentes y un centro comercial, como si fuera lo más normal del mundo
tener una pirámide de casi 3.000 años rodeada de estacionamientos.
Teotihuacán es quizá el sitio arqueológico más famoso de México, pero también es uno de los menos comprendidos.
Para empezar, ni siquiera sabemos cómo se llamaba la civilización que la construyó.
El nombre Teotihuacán se lo pusieron los aztecas cuando llegaron al Valle de México
cientos de años después de que la ciudad ya estuviera abandonada,
y significa el lugar donde los dioses fueron creados.
Los aztecas encontraron esas pirámides enormes, esa calzada monumental, esas plazas perfectamente trazadas,
y asumieron que sólo los dioses podían haber construido algo así.
Y en cierto modo los entiendo, porque cuando uno se para frente a la Pirámide del Sol,
que mide 65 metros de altura y tiene una base de 225 metros por cada lado,
la primera pregunta que te haces es, ¿cómo?
Pero lo que descubrieron los arqueólogos debajo de la pirámide es todavía más desconcertante.
En 1971, se encontró un túnel que se extiende a lo largo de más de 100 metros bajo la estructura,
y que termina en una serie de cámaras que están a unos 6 metros de profundidad.
El túnel no fue excavado después de construir la pirámide.
La pirámide fue construida encima del túnel.
Es decir, primero existía el túnel, y luego decidieron levantar la pirámide más grande de Teotihuacán justo encima de él.
Las cámaras al final del túnel tienen una forma que los arqueólogos han descrito como de trébol de cuatro hojas.
Se encontraron ofrendas, restos de actividad ritual,
y evidencia de que el agua fue canalizada intencionalmente hacia esas cámaras subterráneas.
Algunos investigadores creen que el túnel representaba el inframundo, el paso hacia el mundo de los muertos.
Otros creen que las cámaras tenían una función astronómica o calendárica.
La verdad es que nadie lo sabe con certeza.
Teotihuacán se derrumbó alrededor del año 650 d.C.
Probablemente por una combinación de conflictos internos, presión de pueblos vecinos y problemas ambientales,
y sus constructores no dejaron un solo texto escrito que nos explique qué significaba todo aquello.
Ahora nos vamos al sur de Veracruz y al norte de Tabasco, a la costa del Golfo de México,
donde hace más de 3.000 años floreció la civilización Olmeca, considerada la cultura madre de Mesoamérica.
Y lo que los Olmecas dejaron son, entre muchas otras cosas, 17 cabezas colosales de piedra basáltica
que pesan entre 6 y 50 toneladas cada una.
Miden hasta 3 metros y medio de altura y representan rostros humanos con rasgos muy específicos,
narices anchas, labios gruesos, ojos almendrados y cascos que parecen protecciones para el juego de pelota.
La primera cabeza colosal fue descubierta en Tres Zapotes en 1862.
Desde ese hallazgo hasta hoy se han encontrado 17 en total, distribuidas en cuatro sitios,
San Lorenzo, La Venta, Tres Zapotes y Rancho La Cobata.
Cada una es única, ninguna se repite.
Se cree que representan a gobernantes Olmecas y que cada una fue tallada como retrato de un líder específico.
El misterio está en la logística.
Las canteras de basalto más cercanas a los sitios donde se encontraron las cabezas
están a más de 80 kilómetros de distancia, en las montañas de los Tuxtlas.
Mover un bloque de 50 toneladas 80 kilómetros a través de selva tropical, ríos y terrenos pantanosos,
sin ruedas, sin animales de tiro, sin metal, es una hazaña que los ingenieros modernos reconocen como extraordinaria.
Se cree que los Olmecas usaron balsas para transportar las piedras por los ríos,
pero los detalles exactos del proceso siguen siendo motivo de debate.
Y la pregunta de por qué invirtieron semejante esfuerzo en tallar cabezas gigantes,
en vez de, digamos, construir defensas o sistemas de riego, sigue sin una respuesta definitiva.
Nos quedamos con los Olmecas, pero nos movemos a La Venta, en el estado de Tabasco,
que fue la capital Olmeca entre aproximadamente el 900 y el 400 a.C.
Y aquí hay algo que no tiene explicación lógica.
Los arqueólogos encontraron en La Venta una serie de mosaicos enormes hechos con bloques de serpentina verde,
un material que no existe en la zona y que tenía que ser traído desde las montañas de Oaxaca o de Guatemala.
Cada mosaico mide varios metros de ancho y representa lo que parece ser una máscara de jaguar estilizada.
Pero lo verdaderamente desconcertante es que estos mosaicos fueron enterrados inmediatamente después de ser terminados.
Los Olmecas invirtieron una cantidad enorme de trabajo y recursos en transportar la serpentina,
en tallar y colocar los bloques con una precisión milimétrica,
y después los cubrieron con capas de arcilla y tierra de colores para que nadie los viera.
No eran pisos, no eran decoraciones, no eran cimientos, eran obras de arte subterráneas hechas para ser enterradas.
Algunos arqueólogos creen que era una ofrenda a la Tierra, un acto ritual de devolución.
Otros piensan que representaban una especie de mapa cosmológico que debía permanecer oculto.
Sea lo que sea, el concepto de crear algo extraordinario solo para esconderlo bajo la Tierra
desafía todo lo que entendemos sobre el arte y la construcción en las civilizaciones antiguas.
Número 11. La Gran Pirámide de Cholula.
Nos vamos a Puebla, a unos 15 minutos de la capital del estado,
y aquí hay una pirámide que es, por volumen, la más grande del mundo.
Sí, más grande que la Gran Pirámide de Giza en Egipto.
La Gran Pirámide de Cholula, conocida como Tlachihualtepetl, que en náhuatl significa cerro hecho a mano,
tiene una base de 450 metros por cada lado y una altura de unos 66 metros.
Su volumen total supera los 4.300.000 metros cúbicos, mientras que la de Giza tiene 2.500.000.
Pero cuando llegas a Cholula, no ves una pirámide, ves un cerro verde con una iglesia encima.
La iglesia de Nuestra Señora de los Remedios fue construida por los españoles en el siglo XVI
en la cima de lo que ellos pensaban que era un cerro natural.
No se dieron cuenta, o no quisieron darse cuenta, de que debajo de esa colina había una pirámide colosal
que se había ido cubriendo de vegetación durante siglos.
La pirámide fue construida en varias etapas a lo largo de más de mil años,
desde aproximadamente el tercer siglo antes de Cristo hasta el noveno siglo después de Cristo.
Cada nueva civilización que llegaba a Cholula construía una nueva pirámide encima de la anterior,
como si fueran capas de cebolla.
Primero los olmecas hexicalancas, luego los toltecas chichimecas,
luego otros grupos que los arqueólogos todavía no han identificado del todo.
Los arqueólogos han excavado más de ocho kilómetros de túneles dentro de la estructura
para estudiar las diferentes fases de construcción,
y lo que han encontrado incluye murales polícromos con escenas de bebedores de pulque,
ofrendas funerarias y evidencia de al menos siete pirámides superpuestas.
Siete pirámides, una dentro de otra, acumuladas durante un milenio,
cubiertas de tierra y con una iglesia colonial en la cima.
Los españoles llegaron a Cholula en 1519,
y según los cronistas, la ciudad tenía más templos que días del año.
Fue una de las ciudades sagradas más importantes de Mesoamérica,
dedicada al dios Quetzalcóatl,
y su pirámide era el centro de peregrinación más grande de toda la región.
Cuando los conquistadores construyeron la iglesia en la cima,
estaban levantando un símbolo de su religión sobre el símbolo de la religión que querían destruir.
No lo sabían, pero debajo de sus pies había una estructura más grande
que cualquiera que hubieran visto en Europa.
Si eso no es difícil de explicar, no sé qué lo será.
10. El Salón de las Columnas de la Quemada
La Quemada está en el estado de Zacatecas, a unos 50 kilómetros al sur de la capital,
y es uno de los sitios arqueológicos más enigmáticos de todo México.
Para empezar, nadie sabe con certeza qué cultura la construyó.
Está en una zona que queda fuera de los límites tradicionales de Mesoamérica,
en la frontera con la región conocida como Áridoamérica,
donde vivían los pueblos nómadas del norte.
Y sin embargo, allá hay una ciudad fortificada con murallas de 4 metros de ancho y 6 de alto,
una cancha de pelota de 70 metros de longitud que es una de las más grandes de México,
una pirámide de 12 metros de altura y un edificio conocido como el Salón de las Columnas,
que tiene 11 columnas de piedra de 6 metros de alto cada una.
Pero lo que más intriga a los arqueólogos son las fosas de fuego.
Son unos enormes hoyos excavados en el suelo de la ciudad,
algunos de varios metros de diámetro, que fueron quemados repetidamente durante siglos.
Los estudios de datación indican que las fosas se usaron entre el año 675 y el 1100 d.C.
¿Para qué servían? Nadie lo sabe.
Hay teorías que hablan de ceremonias de cosecha,
otras de rituales de cambio de estación,
otras de antorchas gigantes para ceremonias nocturnas.
Y una de las fosas, la que está más cerca de la pirámide,
fue encendida justo cuando la ciudad estaba colapsando,
como si fuera una despedida simbólica.
Además, el nombre, La Quemada,
viene de que los conquistadores españoles encontraron las ruinas quemadas
y asumieron que la ciudad había sido destruida por un incendio.
Pero los arqueólogos no están seguros de si ese incendio fue accidental,
intencional o parte de un ritual de abandono.
Todo en La Quemada genera preguntas.
Nada genera respuestas definitivas.
Número 9. Las pirámides circulares de Guachimontones.
Nos movemos a Jalisco, al municipio de Teuchitlán,
a unos 60 kilómetros al oeste de Guadalajara.
Y aquí hay un sitio arqueológico que durante décadas fue ignorado por los académicos
porque no encajaba con ningún patrón conocido.
Las pirámides de Guachimontones son circulares.
La tradición teuchitlán, que floreció entre el 300 a.C. y el 900 d.C.,
construyó una serie de complejos arquitectónicos
formados por pirámides escalonadas circulares rodeadas de plataformas,
también circulares, que forman patios hundidos.
La pirámide principal tiene un diámetro de unos 60 metros y una altura de unos 18 metros.
Desde arriba, el conjunto parece un sistema solar en miniatura,
con la pirámide en el centro y las plataformas orbitando a su alrededor.
Se cree que en la cima de la pirámide se realizaba una ceremonia conocida como
en la que un participante se subía a un poste alto y giraba alrededor de él,
atado con cuerdas, imitando el vuelo de las aves.
Es la misma ceremonia que hoy practican los voladores de Papantla,
pero aquí la evidencia sugiere que se hacía mil años antes.
Lo que nadie puede explicar satisfactoriamente
es por qué esta civilización eligió la forma circular
cuando todas las demás culturas de Mesoamérica usaban la forma rectangular.
¿Tenía una función astronómica?
¿Representaba los ciclos del tiempo?
¿Era una representación del cosmos,
con el eje del mundo en el centro y las órbitas de los astros alrededor?
Los arqueólogos tienen hipótesis, pero ninguna certeza.
Lo que sí se sabe es que la tradición teuchitlán tenía una organización social compleja,
con una jerarquía definida,
que se reflejaba en la distribución de los espacios alrededor de la pirámide.
Las plataformas que rodean el edificio central
servían como residencias o espacios ceremoniales de diferentes niveles sociales,
y su posición relativa a la pirámide indicaba el rango de quien las ocupaba.
Es decir, la arquitectura no solo tenía una función religiosa,
sino también política.
Era una representación física del orden social.
Y el sitio estuvo cubierto de milpas y potreros durante siglos,
porque los lugareños pensaban que los montículos eran formaciones naturales del terreno.
Fue el arqueólogo Phil Weigand quien dedicó décadas de su vida a estudiar guachimontones
y a convencer a la comunidad académica de que esas colinas redondeadas
no eran obra de la naturaleza, sino de una civilización olvidada.
Hoy el sitio está abierto al público y es patrimonio de la humanidad,
pero durante mucho tiempo fue el secreto mejor guardado de la arqueología mexicana.
Ahora nos vamos a Tabasco, al municipio de Comalcalco,
y aquí hay algo que rompe todas las reglas de la arquitectura maya.
Porque mientras todas las ciudades mayas del sureste de México están construidas con piedra caliza,
las pirámides y los templos de Comalcalco están hechos de ladrillo cocido.
Ladrillo.
Como los que se usan en una construcción moderna.
Son la única estructura maya en todo el mundo construida con este material.
Los mayas de Comalcalco usaron ladrillo porque en la llanura costera de Tabasco no hay piedra caliza.
Es pura planicia aluvial, lodo y selva.
Así que tuvieron que inventarse un material de construcción que nadie más usaba en toda Mesoamérica.
Fabricaron millones de ladrillos de arcilla cocida,
los pegaron con una mezcla de concha de ostión molida y cal,
y levantaron pirámides, templos y palacios que se mantienen en pie después de más de 1200 años.
Pero el misterio no está solo en el material.
Está en lo que escribieron en los ladrillos.
Muchos de ellos tienen grabados en la cara interior, la que queda oculta dentro del muro,
con figuras humanas, animales, glifos y escenas que nadie debería poder ver una vez que el ladrillo está colocado.
Es como si los albañiles mayas hubieran dejado mensajes secretos dentro de las paredes,
mensajes que solo se revelarían si alguien demolía el edificio.
Los arqueólogos han catalogado cientos de estos ladrillos grabados,
y algunos de los diseños no corresponden a ningún estilo maya conocido.
Son únicos de comal calco.
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7. El Puente Colgante de Yaxchilán
Yaxchilán es una ciudad maya que se encuentra en la selva de Chiapas,
a orillas del río Usumacinta, en la frontera con Guatemala.
Para llegar, hay que tomar una lancha río arriba, porque no hay caminos.
La selva se traga todo, y cuando llegas,
lo que encuentras entre las raíces de los árboles y el verdor aplastante
son los restos de una de las ciudades mayas más poderosas del periodo clásico,
que tuvo su apogeo entre los años 681 y el 800.
Pero lo que ha dejado a los ingenieros modernos con la boca abierta
son los restos de lo que parece haber sido un puente colgante de 183 metros de longitud
y unos 100 metros de largo que cruzaba el río Usumacinta.
Si esto se confirma, sería el puente colgante más largo del mundo hasta el siglo XV.
Los mayas, sin metal, sin cables de acero, sin poleas industriales,
habrían construido un puente de casi 200 metros sobre un río caudaloso y peligroso,
con cuerdas vegetales, madera y piedra.
Los arqueólogos todavía debaten si lo que queda son realmente los pilares de un puente
o los restos de alguna otra estructura.
Pero los análisis de las fundaciones de piedra a ambos lados del río
y la alineación de los pilares intermedios
sugieren fuertemente que se trataba de un paso elevado sobre el agua.
Si los mayas construyeron ese puente, estamos hablando de una proeza de ingeniería
que el mundo occidental no igualaría hasta muchos siglos después.
6. EL OBSERVATORIO DE MONTE ALBÁN
Monte Albán, en Oaxaca, fue la capital de la civilización zapoteca durante más de mil años.
Está construida en la cima de una montaña que los zapotecas aplanaron artificialmente
para crear una gran plaza de 300 metros de largo por 200 de ancho.
Eso ya es una hazaña descomunal.
Aplanar la cima de una montaña con herramientas de piedra.
Pero en el centro de la plaza hay un edificio que se sale de toda lógica.
Es el edificio J, también conocido como El Observatorio,
y es el único edificio de Monte Albán que no está alineado con los puntos cardinales.
Todos los demás edificios de la plaza están orientados perfectamente norte-sur, oeste-oeste.
El edificio J, en cambio, está girado unos 45 grados respecto al eje de la plaza
y tiene forma de punta de flecha.
Los arqueólogos han determinado que el edificio J está alineado con la estrella Capella
y con el punto del horizonte donde la estrella hacía su primera aparición anual
en la época en que fue construido, alrededor del año 300 a.C.
También tiene un túnel vertical en su interior que permitiría observar el paso del sol por el cenit,
un fenómeno que en la latitud de Oaxaca ocurre dos veces al año.
Los zapotecas usaban estas observaciones para calibrar su calendario agrícola y ceremonial
con una precisión que asombra a los astrónomos modernos.
Además, en las losas exteriores del edificio J hay grabados que representan figuras humanas
en posturas extrañas, a menudo boca abajo o contorsionadas,
con glifos que los investigadores han interpretado como nombres de lugares conquistados.
Algunos arqueólogos creen que estas losas son una lista de pueblos sometidos por Monte Albán,
una especie de memorial de guerra en piedra.
Otros creen que tienen una función astronómica y que las figuras representan constelaciones.
La realidad es que la escritura zapoteca antigua sigue siendo una de las menos descifradas de Mesoamérica
y muchas de las inscripciones de Monte Albán todavía no se pueden leer con certeza.
¿Cómo los zapotecas lograron esas alineaciones con tal precisión?
Sin instrumentos ópticos y sin un sistema de coordenadas,
sigue siendo una de las grandes preguntas de la arqueología mexicana.
Número 5. La pirámide de los nichos del Tajín.
El Tajín está en el norte de Veracruz, cerca de la ciudad de Papantla.
Fue una ciudad que tuvo su esplendor entre los siglos IX y XIII d.C.
y su estructura más famosa es la pirámide de los nichos,
que es una de las construcciones más singulares de toda Mesoamérica.
La pirámide tiene siete cuerpos escalonados
y está cubierta en sus cuatro lados por nichos cuadrados empotrados en la fachada.
En total, la pirámide tiene 365 nichos.
¡365! Como los días del año.
Eso no puede ser casualidad.
La pirámide era, casi con toda seguridad, un calendario de piedra.
Algunos investigadores creen que cada nicho se iluminaba o se ensombrecía de manera diferente
a medida que el sol se movía a lo largo del año, creando un sistema visual para contar los días.
Pero más allá de la función calendárica, la técnica constructiva de la pirámide es asombrosa.
Los nichos no son decorativos.
Son elementos estructurales que requirieron un cálculo preciso de peso, distribución y resistencia.
Cada nicho tiene una cornisa volada que proyecta sombras que cambian con la posición del sol,
generando un efecto visual que hace que la pirámide parezca estar viva moviéndose con la luz.
Número 4. La pirámide dentro de la pirámide de Kukulcán.
Todos conocen la pirámide de Kukulcán en Chichen Itza,
la maravilla del mundo moderno donde cada equinoccio, una serpiente de sombra y luz,
desciende por la escalinata norte.
Pero lo que mucha gente no sabe es que dentro de esa pirámide
hay otra pirámide más pequeña y más antigua.
Y dentro de esa segunda pirámide hay indicios de una tercera estructura aún más antigua.
La pirámide exterior, la que vemos hoy, fue construida alrededor del año 1000 d.C.
Pero debajo de ella, los arqueólogos descubrieron una pirámide anterior,
más pequeña, que data de varios siglos antes.
En la cima de esa pirámide interior encontraron un trono en forma de jaguar rojo,
pintado de rojo y con incrustaciones de jade,
y un chacmol, esa escultura reclinada que sostiene un plato sobre el vientre.
En 2016, utilizando una técnica llamada tomografía muónica,
que usa partículas subatómicas cósmicas para escanear el interior de estructuras sólidas sin dañarlas,
los investigadores descubrieron evidencia de una posible tercera estructura o cavidad
dentro de la pirámide intermedia.
Es como una matriosca rusa, pero de piedra caliza y con más de mil años de antigüedad.
Lo que nadie puede explicar del todo es por qué los mayas decidieron construir pirámides
encima de pirámides más antiguas en vez de demolerlas o construir al lado.
La respuesta más aceptada es que cada nueva pirámide representaba un nuevo ciclo calendárico,
una renovación del tiempo.
Pero los detalles de cómo lo hacían,
cómo calculaban que la nueva estructura no aplastara a la anterior,
cómo mantenían la integridad de los espacios interiores,
eso sigue siendo materia de asombro.
La ciudad de Paquimé.
Nos vamos al norte, al estado de Chihuahua, al municipio de Casas Grandes.
Y aquí hay una ciudad que no se parece a nada de lo que existe en Mesoamérica
ni en lo que era Áridoamérica.
Paquimé es una anomalía.
Una ciudad de adobe con edificios de hasta 7 pisos de altura,
sistemas de canalización de agua caliente y fría,
jaulas para guacamayas traídas desde las selvas tropicales a más de 1.500 kilómetros de distancia
y un diseño arquitectónico que combina elementos mesoamericanos
con influencias del suroeste de los Estados Unidos.
Paquimé tuvo su apogeo entre los años 1200 y 1450 d.C.
La ciudad tenía una población estimada de entre 3.000 y 5.000 habitantes,
lo que la hacía enorme para su época y ubicación.
Sus habitantes importaban guacamayas, conchas marinas, cobre y turquesa de regiones lejanas.
Fabricaban una cerámica polícroma de una calidad extraordinaria
que se ha encontrado en sitios a cientos de kilómetros de distancia.
Lo que nadie puede explicar satisfactoriamente es cómo una civilización tan sofisticada
surgió en medio del desierto de Chihuahua, aparentemente de la nada,
y desapareció en menos de 300 años.
No se sabe qué lengua hablaban,
no se sabe si eran una extensión de las culturas pueblo del norte
o una avanzada de las culturas mesoamericanas del sur.
No se sabe por qué construyeron jaulas para criar guacamayas en el desierto
a miles de kilómetros del hábitat natural de esas aves.
Se han encontrado restos de más de 300 guacamayas en Paquimé,
lo que sugiere que la cría de estas aves no era un capricho sino una industria organizada.
Las plumas de guacamaya eran objetos de lujo en toda Mesoamérica,
usadas en ceremonias y como símbolos de poder.
Pero traer aves tropicales al desierto
y mantenerlas vivas en un clima donde las temperaturas pueden bajar de cero en invierno
requiere un conocimiento y una infraestructura que parecen imposibles para la época.
Además, Paquimé tenía un sistema de canales
que distribuía agua caliente y fría a diferentes partes de la ciudad.
Agua caliente, en el siglo XIII, en el desierto de Chihuahua.
Los arqueólogos creen que aprovechaban manantiales termales cercanos,
pero la ingeniería necesaria para canalizar esa agua
a través de un sistema de distribución urbana es extraordinaria.
Paquimé fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998
y sigue siendo uno de los misterios arqueológicos más grandes del continente americano.
2. La Acrópolis de Toniná.
Toniná está en la selva de Chiapas, cerca de la ciudad de Ocozingo,
y tiene la pirámide más alta de toda Mesoamérica.
No la de Teotihuacán, no la de Tikal, no la de Calakmul.
La de Toniná, 75 metros de altura.
Siete plataformas escalonadas construidas aprovechando la ladera natural de un cerro
con templos, palacios, tumbas y estuco modelado en cada nivel.
Toniná fue una ciudad maya del periodo clásico,
que se distinguió de todas las demás por su agresividad militar.
Mientras las otras ciudades mayas se dedicaban al arte, la astronomía y el comercio,
Toniná se dedicaba a la guerra.
Sus estelas y relieves muestran prisioneros humillados, gobernantes capturados, escenas de sacrificio.
En el año 711 derrotaron y capturaron al gobernante de Palenque,
una de las figuras más importantes de la realeza maya.
Eso fue el equivalente a que un pueblo pequeño de la sierra le ganara una guerra a la capital del imperio.
Los historiadores todavía se preguntan cómo una ciudad relativamente pequeña como Toniná
pudo derrotar a la poderosa Palenque.
Pero lo más inexplicable de Toniná es un mural de estuco modelado
que se encontró en una de las plataformas superiores, conocido como el mural de las cuatro eras.
Este mural representa la cosmología maya de los cuatro soles o cuatro creaciones del mundo,
con esqueletos descarnados, cabezas decapitadas y figuras de dioses del inframundo,
en una composición que los historiadores del arte consideran una de las obras maestras del arte prehispánico.
Mide unos 4 metros de alto por 16 de largo y estaba enterrado bajo escombros,
protegido durante más de mil años por el colapso de la estructura que lo contenía.
Cuando los arqueólogos lo destaparon, los colores todavía estaban vivos.
Rojos, azules, ocres, como si alguien los hubiera pintado la semana pasada,
mil años bajo tierra y los colores intactos.
Si eso no te pone la piel chinita, revísate el pulso.
Número 1. La alineación astronómica de Xochicalco.
Y para terminar, nos vamos a Morelos, a unos 38 kilómetros al suroeste de Cuernavaca.
Xochicalco es una ciudad-fortaleza que se levanta sobre una serie de cerros artificialmente modificados
con terrazas, plazas, canchas de pelota y pirámides.
Fue construida alrededor del año 650 d.C., justo cuando Teotihuacán estaba cayendo,
y parece ser un punto de encuentro de múltiples tradiciones culturales.
Maya, Zapoteca, Teotihuacana y del occidente de México.
Pero lo que convierte a Xochicalco en el número uno de esta lista es su observatorio subterráneo.
Es una cueva natural que fue modificada por los habitantes de la ciudad para crear un tubo vertical,
un conducto que va desde la superficie hasta una cámara subterránea.
Dos veces al año, cuando el sol pasa exactamente por el cénit,
es decir, cuando está justo encima, un rayo de luz entra por ese tubo
y proyecta un círculo perfecto de sol en el piso de la cámara.
El fenómeno dura unos 15 minutos, y durante esos minutos el interior de la cueva
se ilumina con una luz dorada que parece sobrenatural.
Los habitantes de Xochicalco usaban este observatorio para calibrar su calendario con una precisión asombrosa.
El paso cenital del sol ocurre en la latitud de Xochicalco exactamente el 15 de mayo y el 28 de julio.
Esos eran los días en que el rayo de luz entraba perfecto.
Y a partir de esa fecha podían calcular los solsticios, los equinoxios, los ciclos agrícolas
y los ciclos ceremoniales con una exactitud que rivaliza con los instrumentos modernos.
¿Cómo lograron esa precisión sin lentes, sin telescopios, sin instrumentos ópticos de ningún tipo?
El tubo que excavaron en la roca tiene un ángulo exacto que corresponde a la latitud geográfica del sitio.
Un error de un grado y la luz no entraría.
Un error de medio grado y el círculo en el piso saldría distorsionado.
Pero no hay error. La luz entra perfecta. El círculo es perfecto.
Y lleva más de 1.300 años funcionando sin mantenimiento, sin ajustes, sin que nadie le cambie una pieza.
Xochicalco fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999.
Además del observatorio, el sitio tiene una pirámide principal decorada con relieves de serpientes emplumadas
que combinan estilos de varias culturas mesoamericanas,
como si los constructores de Xochicalco hubieran reunido el conocimiento de múltiples civilizaciones en un solo lugar.
Algunos arqueólogos creen que Xochicalco fue una especie de centro académico o diplomático
donde se reunían representantes de diferentes pueblos para compartir conocimientos astronómicos y calendáricos.
Si eso es cierto, estamos hablando de la primera universidad de América,
construida mil años antes de que los europeos supieran que este continente existía.
Y con eso, cerramos este recorrido por 15 estructuras antiguas de México
que siguen generando más preguntas que respuestas.
Desde la pirámide circular que quedó sepultada bajo la lava,
hasta el observatorio subterráneo que sigue midiendo el tiempo con precisión milimétrica.
Desde las cabezas colosales que alguien arrastró 80 kilómetros por la selva,
hasta los ladrillos grabados que los mayas escondieron dentro de los muros para que nadie los viera.
Desde la pirámide más grande del mundo disfrazada de cerro con iglesia,
hasta la ciudad de Adobe en el desierto donde criaban guacamayas tropicales,
este país nuestro tiene debajo más de lo que tiene arriba.
Y cada vez que los arqueólogos creen que ya entendieron algo,
la Tierra les devuelve una sorpresa que les demuestra lo contrario.
Porque México no es un país que revele sus secretos fácilmente.
Hay que ganárselos, hay que cavar, hay que tener paciencia.
Y sobre todo, hay que tener la humildad de admitir que hay cosas que simplemente no sabemos.
Yo soy un viejo, y los viejos nos preocupamos.
Cuídense mucho.
