Los Secretos Ocultos bajo el Palacio de Bellas de Artes de CDMX

Relatos Históricos
20 seguidores
2 Visualizaciones de video·12 ago 2026
Únete a nuestro contenido exclusivo: / @historiaincomprendida
Encuéntranos en:
Instagram ► / historiaincomprendida
Facebook ► / historiaincomprendida
Newsletter: https://www.historiaincomprendida.com
Los Secretos Ocultos bajo el Palacio de Bellas de Artes de CDMX. En este video vamos a recorrer todos esos secretos, desde lo que hay bajo sus cimientos hasta la leyenda que los propios trabajadores cuentan del palco 33.
Generado por IA·Puede contener errores
¿Sabías que debajo del piso de mármol del Palacio
hay entierros humanos mexicas?
Una fuente del siglo XVII
y la tumba de la mujer que fundó un convento
hace más de 400 años.
¿Por qué en el palco 33 de Bellas Artes
se escucha un violín por las noches
y nunca hay nadie tocándolo?
En el corazón de la Ciudad de México
se levanta un edificio que resume
varios siglos de historia, ambición,
arte y transformación nacional.
El Palacio de Bellas Artes
no es solo uno de los monumentos más reconocibles del país.
Cada detalle del recinto
conserva algo de las tensiones,
aspiraciones y contradicciones de México.
Pero sus secretos no están
únicamente bajo tierra.
También se esconden en su estructura de acero,
en los símbolos prehispánicos,
en su telón de cristal,
en los murales que sobrevivieron a la censura
y en las leyendas que circulan entre sus pasillos.
En este video vamos a recorrer
todos esos secretos,
desde lo que hay bajo sus cimientos,
hasta la leyenda que los propios trabajadores cuentan del palco 33.
Antes de meternos a fondo,
no te olvides de suscribirte a nuestro canal
y activar las notificaciones
para mantenerte al día
con nuestras actualizaciones.
El terreno perteneció
al convento de Santa Isabel,
siglo XVII.
Mucho antes de que el Palacio de Bellas Artes
dominara su zona del centro histórico,
el terreno estuvo ocupado por el convento
de Santa Isabel.
Esta comunidad religiosa fue fundada en 1601
con el nombre de La Visitación
de María Santísima a su prima Santa Isabel
y quedó constituida
como un convento de monjas clarisas
de la orden franciscana.
Sus espacios incluían iglesia, claustros,
huertas, celdas y áreas destinadas
a las labores de las religiosas.
Durante más de dos siglos,
el conjunto formó parte del paisaje de la capital
de la Nueva España.
Sin embargo, tras las leyes de reforma,
en 1861, las monjas fueron
trasladadas y la propiedad quedó
fraccionada para su venta. Algunos edificios
tuvieron usos, entre ellos una fábrica
de sedas. A comienzos del siglo
XX, el gobierno de Porfirio Díaz
adquirió el predio y demolió sus construcciones
para levantar el Teatro Nacional.
Boarri halló los muros del convento
y el sepulcro de la fundadora
Alex Cavar. Cuando comenzaron
las excavaciones para levantar el nuevo
Teatro Nacional, el subsuelo recordó
que allí ya había existido otro mundo.
El arquitecto italiano Adamo Boarri
encontró restos de los muros del antiguo
convento de Santa Isabel, demolido a
comienzos del siglo XX.
Entre las estructuras apareció también una lápida
que señalaba el sepulcro de Catalina de
Peralta, la mujer que había cedido su casa
y su fortuna para fundar la
comunidad religiosa. Fotografías
de la época muestran a los trabajadores
junto al hallazgo, rodeados por fragmentos
de la construcción conventual.
La tumba confirmó que la fundadora había sido
sepultada dentro del conjunto que promovió
desde finales del siglo XVI.
Así, antes de colocar la monumental
estructura de acero y mármol, las obras
de Boarri tropezaron literalmente con las
huellas materiales de la extensa historia colonial
escondida bajo aquel antiguo
terreno. Bajo el palacio hay
tres épocas de ocupación, una fuente
del siglo XVII y entierros humanos.
Los vestigios bajo el palacio
de Bellas Artes no corresponden únicamente
al convento. Las
investigaciones arqueológicas han identificado
tres grandes etapas de ocupación.
Una prehispánica, otra
virreinal y una posterior, relacionada
con los cambios urbanos del siglo XIX
y la construcción del recinto moderno.
En el nivel mexica aparecieron restos
de viviendas, objetos cotidianos
y entierros humanos colocados bajo los pisos,
una práctica funeraria de la
época. La etapa colonial
dejó cuartos, patios, pasillos,
cerámica y una fuente del siglo
XVII, perteneciente al convento
de Santa Isabel. Algunos materiales
revelan, además, el contacto entre
tradiciones indígenas, españoles
y asiáticas, como piezas de porcelana
de la dinastía Ming.
Arqueólogos del INA rescataron el convento
en 1993 y 2009
a 2010. Buena parte
de ese pasado volvió a salir a la luz
gracias a intervenciones realizadas por
arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología
e Historia, el INA.
En 1993, la construcción
del estacionamiento subterráneo permitió
desarrollar el rescate Santa Isabel.
Allá aparecieron restos de habitaciones,
patios, pasillos, una fuente
y numerosos objetos.
Más tarde, durante obras de instalaciones
hidráulicas entre los años 2009 y 2010
en el lado oriental del palacio,
otro equipo recuperó nuevas evidencias
bajo la coordinación de Monserrat, a la vez
Ortúzar y Juan Carlos Campos Varela.
Las excavaciones
produjeron una colección abundante de
cerámica y utensilios vinculados con la vida
cotidiana conventual. La primera
piedra la puso Porfirio Díaz en
1905, pero las obras arrancaron
en 1904.
La construcción del nuevo Teatro Nacional
comenzó en 1904, aunque la ceremonia
oficial para colocar la primera piedra
ocurrió el 2 de abril de 1905.
El acto fue encabezado por el
entonces presidente mexicano Porfirio Díaz
como parte del ambicioso programa
de modernización urbana de su gobierno.
El edificio debía reemplazar al
antiguo Teatro Nacional y estar
terminado en cuatro años, a tiempo para las
celebraciones del Centenario de la Independencia
en 1910. Sin embargo,
aquel calendario resultó imposible.
Las dificultades técnicas del terreno,
el aumento de los costos, los problemas
presupuestarios y, posteriormente,
la Revolución Mexicana prolongaron la obra
durante tres décadas.
El arquitecto original fue el italiano
Adamo Buari.
El responsable del proyecto original fue Adamo
Buari, un arquitecto italiano nacido en
Ferrara, antes de recibir el encargo
del nuevo Teatro Nacional. Ya había trabajado
en México y participado en edificios
destacados del Porfiriato.
Para diseñar el recinto,
Buari viajó por Europa y estudió
teatros modernos para combinar soluciones
técnicas avanzadas con una apariencia
monumental. Su propuesta recurrió
a una estructura metálica, revestimientos
de mármol y una decoración exterior asociada
principalmente con el árnubo,
aunque incorporó referencias clásicas y elementos
inspirados en la cultura mexicana.
Buari dirigió el proyecto desde sus
primeras etapas en 1904
y logró completar gran parte del exterior.
Sin embargo, los problemas financieros,
el hundimiento del edificio y la
inestabilidad causada por la revolución,
frenaron el avance. En 1916
regresó a Europa, dejando inconcluso
el teatro que después sería transformado
en Palacio de Bellas Artes.
El ingeniero Gonzalo Garita abandonó
el proyecto tras un conflicto con Buari.
Buari no trabajó solo
durante las primeras fases. El ingeniero mexicano
Gonzalo Garita, especialista en
cimentaciones, participó en la selección del terreno
y en el diseño de la base del edificio.
Aunque ya habían colaborado en el Palacio Postal,
su relación terminó en conflicto
y Garita abandonó el proyecto.
No se sabe con certeza la causa,
aunque una versión sostiene que el mexicano discrepaba
del uso de mármol propuesto por Buari,
debido al peso que añadiría sobre el suelo
blando de la Ciudad de México.
Después, la empresa estadounidense Milliken Brothers
asumió mayor control de la estructura
metálica y la cimentación.
En 1907 comenzaron a observarse señales
de hundimiento. La salida de Garita
ha alimentado la idea de que sus advertencias
técnicas fueron ignoradas.
La estructura de acero la calcularon
los estadounidenses Birkmeier
y Milliken Brothers.
La monumental apariencia del Palacio
de Bellas Artes depende de un esqueleto metálico
diseñado con participación estadounidense.
El ingeniero William H. Birkmeier,
establecido en Nueva York y especialista
en estructuras de acero, realizó
los cálculos y especificaciones del armazón.
La fabricación y buena parte
del montaje quedaron en manos de Milliken Brothers,
una empresa neoyorquina dedicada
a obras de acero estructural.
Sus piezas conformaron columnas,
vigas, armaduras y cubiertas
capaces de sostener el enorme peso
de los mármoles y las cúpulas.
Esta tecnología, avanzada para comienzos
del siglo XX, permitió aboar y proyectar
espacios amplios y una sala teatral
monumental sin depender exclusivamente
de muros portantes.
Sin embargo, la solidez de la estructura
no eliminó el principal desafío del edificio,
levantar miles de toneladas sobre el suelo
blando y húmedo del centro de la Ciudad de México.
La fachada es de mármol
de Carrara sobre tres edificios
juxtapuestos. Aunque parece
un volumen único, la composición exterior
fue concebida por Boari como tres edificios
juxtapuestos. Cada cuerpo
corresponde a una función distinta,
pero todos quedan integrados mediante
una fachada monumental, recubierta principalmente
con mármol blanco de Carrara,
procedente de Italia. También se
emplearon mármoles mexicanos en partes de la construcción.
El conjunto se organiza alrededor
de un cuerpo central, coronado por la gran
cúpula y volúmenes laterales que equilibran
visualmente el edificio.
Columnas, arcos, esculturas y relieves
producen una transición entre la arquitectura
clásica y las formas curvas del
Art Nouveau. El mármol
otorgó luminosidad y una apariencia
solemne al antiguo Teatro Nacional,
pero también incrementó considerablemente su peso
y terminó relacionado con los problemas técnicos
que acompañaron su construcción
y su hundimiento progresivo.
La Revolución Mexicana detuvo la obra
por casi dos décadas.
El Teatro Nacional debía inaugurarse para las
celebraciones del Centenario de la Independencia
en 1910, pero el proyecto
quedó muy lejos de cumplir ese plazo.
Los problemas de cimentación,
el hundimiento y la falta de recursos
ya habían ralentizado los trabajos
cuando estalló la Revolución Mexicana.
La inestabilidad política y económica
redujo todavía más el financiamiento.
Hasta que la construcción fue suspendida en
1916. Ese mismo año,
Boari abandonó México y regresó a Europa.
Durante mucho tiempo, la estructura
inconclusa permaneció en el centro de la capital
como un gigantesco recordatorio
de las ambiciones del porfiriato interrumpidas
por la guerra. Hubo intentos
parciales de reactivar las obras,
pero la terminación definitiva no recibió
impulso suficiente hasta comienzos de la
década de 1930. Para entonces,
el país, el gobierno y la función imaginada
para el edificio habían cambiado
profundamente. Federico Mariscal
lo terminó y cambió el interior
a Ardeco. Cuando el gobierno
decidió concluir el edificio,
la responsabilidad recayó en el arquitecto
mexicano Federico Mariscal.
En 1930, durante la
presidencia de Pascual Ortiz Rubio,
se emitió el acuerdo para terminarlo, y los
trabajos se reactivaron en los años siguientes
con apoyo del secretario de Hacienda, Alberto
J. Pani. Mariscal respetó
buena parte del exterior Art Nouveau diseñado
por Boari, pero transformó el interior
conforme a una estética Art Deco, más
geométrica y cercana a la sensibilidad de la
década de 1930.
Además, incorporó materiales,
motivos decorativos y referencias mexicanas
que distinguieron la nueva etapa del proyecto.
También adaptó el plan para la edificación.
Ya no sería únicamente un gran teatro,
sino un complejo dedicado a diversas manifestaciones
artísticas.
Cambio de nombre de Teatro Nacional a Palacio
de Bellas Artes. El cambio de nombre
reflejó una transformación mucho más
profunda que una simple decisión administrativa.
Durante el porfiriato,
el proyecto había sido concebido como el Nuevo
Teatro Nacional, un recinto destinado
principalmente a la ópera y a espectáculos
escénicos. Sin embargo, cuando Mariscal
retomó la construcción en la década de
1930, el México posrevolucionario
buscaba darle una función cultural más
amplia. El inmueble incluiría salas
de exposiciones, museos, espacios
para conferencias y áreas dedicadas
a las artes populares, además de su
escenario principal. Por eso comenzó a ser
llamado Palacio de Bellas Artes.
La nueva denominación presentaba al edificio
como una institución destinada a reunir
distintas expresiones artísticas y a servir
como símbolo cultural del estado surgido
de la Revolución. De este
modo, el Palacio Inconcluso de Porfirio Díaz
fue resignificado antes de abrir sus
puertas al público mexicano.
Costó 25 millones
de pesos, muy por encima del presupuesto
original. El proyecto
fue mucho más costoso de lo previsto cuando
comenzó a construirse y el gasto creció
enormemente durante las tres décadas de obras.
Para 1913, el Antiguo Teatro
Nacional ya había consumido alrededor de
12 millones de pesos mexicanos.
Cuando finalmente abrió en 1934,
su costo total alcanzaba aproximadamente
25 millones, una suma
que provocó críticas en la prensa de la época.
El prolongado calendario,
las modificaciones del diseño,
los problemas de cimentación, la importación
de mármol y otros materiales, además
de la reanudación de los trabajos después de
años de abandono, contribuyeron al aumento.
El resultado fue uno de los
proyectos públicos más ambiciosos y caros
de México. Su presupuesto terminó contando
también la historia de dos gobiernos
y una revolución.
Se inauguró el 29 de septiembre de
1934.
Después de 30 años de trabajos,
interrupciones y cambios de proyecto,
el Palacio de Bellas Artes fue
finalmente inaugurado el 29 de
septiembre de 1934.
La ceremonia estuvo encabezada por
Abelardo L. Rodríguez, entonces
presidente de México, quien presentó el recinto
como una institución de cultura nacional
vinculada con el programa del Estado
Postrevolucionario. La función
inaugural incluyó La Verdad Sospechosa,
obra del dramaturgo novohispano
Juan Ruiz de Alarcón, interpretada
por una compañía encabezada por la actriz María
Teresa Montoya. También participaron
la Orquesta Sinfónica de México y su director
Carlos Chávez. El público
pudo recorrer exposiciones de pintura,
escultura, arte popular y libros
como muestra de que el nuevo edificio
no funcionaría solamente como teatro.
La inauguración cerró la larguísima
construcción iniciada bajo Porfirio Díaz
y abrió una etapa en la que el recinto
se convirtió en referencia fundamental
para la cultura mexicana.
Se construyó sobre el antiguo
lago de Texcoco, por eso se hunde.
El Palacio de Bellas Artes
se levanta sobre una zona que antiguamente
formó parte del lago de Texcoco.
Bajo el centro de la Ciudad de México existen
capas de arcillas blandas y saturadas
de agua que se comprimen con facilidad
al recibir grandes cargas. Y el problema
se agravó porque el edificio combina una estructura
de acero con mármol, materiales que aumentaron
su peso. Desde las primeras
etapas de construcción se detectaron
descensos, desniveles y dificultades
para mantener estable la obra. Sin embargo,
decir que el palacio simplemente se hunde
por estar sobre un lago resulta
incompleto. El comportamiento del
suelo también está relacionado con la extracción
de agua subterránea y con el hundimiento
regional que afecta a la capital. Aunque
el recinto cuenta con una cimentación diseñada
para distribuir su carga, continúa descendiendo
junto con el terreno que lo rodea.
El hundimiento se detectó en
1907 y ha descendido casi
3 metros. Los problemas
de estabilidad aparecieron muy pronto en la obra.
En 1907, apenas 3 años
después de iniciada la construcción, comenzaron
a registrarse movimientos en la cimentación
del entonces Teatro Nacional.
El descenso no ocurrió de manera
uniforme. Distintas zonas se dieron
a velocidades diferentes, lo que obligó a
nivelar, reforzar y vigilar continuamente
la estructura. Los sismos
de 1911 agravaron la situación
y una década después, para
1921, algunas mediciones señalaban
un hundimiento de 1.80 metros.
Con el paso de las décadas, el descenso
acumulado llegó a acercarse a los 3 metros.
Sin embargo, esta cifra debe
manejarse con cuidado. Especialistas
han advertido que no existe una medición histórica
única y completamente comparable.
Lo comprobable es que el palacio
continúa bajando junto con el suelo del centro
histórico, afectado por la compactación
de arcillas y la extracción de agua subterránea
de manera constante.
Boar inyectó casi 2.000 toneladas
de cal y cemento para estabilizar el
suelo. Boar intentó combatir
el hundimiento con una solución ambiciosa para
a su tiempo, endurecer el subsuelo mediante
inyecciones de materiales.
Entre 1910 y 1912
se introdujeron alrededor de
1.859 toneladas de cal,
cemento y mezclas líquidas bajo la cimentación,
con la intención de rellenar los huecos,
compactar las capas blandas
y formar una base más resistente.
El procedimiento exigió perforar distintos
puntos y bombear el material a presión,
como si se tratara de crear raíces
artificiales debajo del edificio.
La intervención logró disminuir temporalmente
ciertos movimientos, pero no resolvió
el problema de fondo. El palacio
seguía apoyado sobre arcillas compresibles
y sometido a una carga enorme. Además,
el terreno circundante también continuó
descendiendo.
El interior mezcla mármoles mexicanos
de varias regiones. El exterior
del palacio puede estar asociado con el
mármol italiano de Carrara, pero el interior
revela una selección mucho más diversa de
piedras. Federico Mariscal combinó
materiales mexicanos para adaptar el recinto
a la identidad cultural del país,
por revolucionario. En el vestíbulo
destacan las columnas de mármol rojo procedente
de Querétaro, acompañadas por
la escalinata central de mármol negro
y por escaleras laterales de granito noruego.
Dentro de la sala
principal hay mármoles de tonos crema
provenientes de Yautepec y Morelos, así como
variedades verdosas de Oaxaca,
utilizadas alrededor del arco del leproseño
y en otros elementos decorativos.
El contraste entre colores,
vetas y acabados refuerza la geometría
art deco del interior. Atravesar
bellas artes es también como recorrer un pequeño
catálogo geológico. Piedras de
distintas regiones fueron reunidas para construir
una imagen moderna y deliberadamente mexicana
de lujo monumental del país.
La cortina telón de cristal Tiffany,
206 tableros y casi
un millón de piezas. Uno de los
objetos más sorprendentes de la sala principal
no es una pintura, sino una enorme
cortina rígida de cristal. Moari
encargó su fabricación a la Casa Louise Tiffany
de Nueva York, especializada en
vitrales y objetos decorativos.
El telón está formado por 206
bastidores y tableros metálicos que
sostienen cientos de miles de pequeñas piezas de
cristal opalescente, cada una
de aproximadamente 2 centímetros por lado.
En conjunto se acercan
al millón. Las piezas fueron colocadas
como un gran rompecabezas sobre un
mortero especial, hasta formar una superficie
de 12.5 metros de alto por
14.5 de ancho. La estructura
alcanza unos 32 centímetros de
espesor y pesa cerca de 22 toneladas.
Más que bajar como
una tela, se desplaza verticalmente
como una compuerta, en una operación que
tarda alrededor de 90 segundos,
y requiere un mecanismo especial preciso.
El telón representa los volcanes Popocatépetl
e Iztaccíhuatl.
La imagen del telón convierte el escenario
en una ventana hacia el antiguo Valle de México.
En el fondo aparecen el Popocatépetl
y el Iztaccíhuatl, los volcanes que dominaban
con claridad el horizonte de la capital
a comienzos del siglo XX.
Frente a ellos se extiende un lago, un cielo
despejado y vegetación elegida para
representar distintas regiones mexicanas.
De un lado aparecen cactáceas vinculadas
con los paisajes secos del norte.
Del otro, abetos, azaleas
y bugambiles asociados con zonas más húmedas.
La composición reproduce la vista
que podía contemplarse desde las ventanas
del Palacio Nacional, cuando Boari
preparaba el proyecto. Por eso el telón
conserva un paisaje difícil de observar en la actualidad,
tras el crecimiento urbano
y la contaminación atmosférica.
Cada vez que se eleva, aquella representación
desaparece para dejar al descubierto
el escenario de la sala principal.
El telón era en realidad
un sistema contra incendios y costó
95.000 monedas de plata.
Aunque hoy se admira como una obra decorativa,
el telón nació principalmente
como un dispositivo de seguridad.
A finales del siglo XIX
y comienzos del XX, los incendios teatrales
eran especialmente temidos porque
las escenografías, las cuerdas y los
cortinajes podían arder con rapidez.
Boari decidió separar el escenario
de la zona del público mediante una barrera
resistente al fuego. Por eso la cortina
posee una doble pared metálica,
una cara de lámina acanalada de zinc
y otra de lámina bronceada, donde se fijaron
los cristales refractarios al calor.
En caso de incendio, la copuerta podía descender
y aislar el fuero para impedir que las llamas
alcanzaran la platea.
La pieza fue exhibida en Nueva York en 1911
y enviada a México por barco en 1912.
Su costo original ascendió
a 95.000 monedas de plata mexicanas.
Se disputa
quién diseñó el paisaje del telón.
El Dr. Attle.
La autoría del paisaje
del telón ha generado versiones contradictorias.
Durante años se afirmó que Gerardo
Murillo, pintor y vulcanólogo mexicano
conocido como el Dr. Attle, había
realizado el dibujo de los volcanes.
La atribución parecía lógica.
Murillo estudió intensamente el Popocatépetl
y el Iztaccíhuatl, y convirtió
los paisajes volcánicos en uno de los temas
centrales de su obra. Algunas descripciones
del palacio todavía señalan que
él preparó la imagen.
Sin embargo, la información institucional del recinto
explica otro proceso. Moari concibió
la idea. El artista húngaro, Gesa
Amarotti, desarrolló un primer proyecto
en 1908, pero fue Harry
Stoner, escenógrafo y pintor enviado por
la Casa Tifari, quien concretó el diseño
definitivo. Diego Rivera repintó
aquí su mural censurado por los Rockefeller.
En 1934,
el artista Diego Rivera volvió a pintar
en México una obra que había causado escándalo.
Dos años antes, la familia Rockefeller
le había encargado un mural para el Rockefeller
Center de Nueva York. Rivera
representó los avances científicos,
la lucha social y modelos políticos, pero
incluyó el rostro de Vladimir Ilyich Lenin,
dirigente de la revolución rusa.
Nelson Rockefeller pidió retirarlo,
pero el pintor se negó y la obra, titulada
El hombre en la encrucijada, fue
cubierta y después destruida.
Rivera reconstruyó esta composición en el
Palacio de Bellas Artes bajo un nuevo título.
El hombre controlador del universo
no realizó una copia exacta, sino
una versión modificada, que conservó la
imagen de Lenin y añadió otras figuras
políticas. El mural quedó instalado
en uno de los pisos superiores y
convirtió al recinto mexicano en el lugar donde
sobrevivió, reinterpretada una
imagen censurada en Estados Unidos.
Alberga la mayor colección del
muralismo mexicano, 17 murales
de 7 artistas.
El Museo del Palacio de Bellas Artes
conserva una de las concentraciones más importantes
del muralismo mexicano,
17 obras realizadas por 7 artistas
nacionales entre 1928
y 1963.
La colección reúne
trabajos de Diego Rivera, José Clemente
Orozco, David Alfaro Siqueiros,
Rufino Tamayo, Jorge González Camarena,
Roberto Montenegro,
y Manuel Rodríguez Lozano.
Pero no todos fueron pintados directamente para
el edificio. Algunos llegaron después,
trasladados para protegerlos o integrarlos
al recorrido permanente.
Distribuidos principalmente entre el segundo
y el tercer piso, los murales permiten
seguir distintas etapas del movimiento,
desde la narrativa histórica y política
de sus grandes fundadores,
hasta propuestas más experimentales de mediados del siglo XX.
En conjunto,
convierten al Palacio en algo más que un teatro.
También funciona como un museo donde la historia moderna
de México está contada sobre muros
monumentales ante los ojos de sus visitantes.
Orozco pintó
Catarsis en sólo 40 días
para la inauguración.
Para la inauguración del Palacio,
José Clemente Orozco recibió un encargo urgente,
pintar un mural monumental
en apenas 40 días.
La solicitud provino
de Antonio Castro Leal,
director del Departamento de Bellas Artes
de la Secretaría de Educación Pública.
Orozco aceptó y trabajó en una composición
que inicialmente fue conocida como
La Eterna Lucha de la Humanidad por un Mundo Mejor,
aunque después pasó a llamarse Catarsis.
Terminada entre 1934
y 1935,
la obra muestra una escena violenta
dominada por máquinas, armas, multitudes
y figuras humanas enfrentadas.
En lugar de celebrar el progreso,
muestra sus consecuencias destructivas
y la degradación moral asociada con la guerra,
la industrialización y el conflicto social.
Los cuatro Pegasos
de Agustín Querola dieron un largo
periplo, Zócalo incluido.
Los cuatro grupos escultóricos
de Pegasos que actualmente rodean la explanada
tuvieron un recorrido mucho más largo
de lo que parece.
Guari encargó las piezas al escultor español Agustín Querol,
quien representó al caballo mitológico
acompañado por figuras humanas.
Guari cumplió su plan original
y en 1912 fueron montados en la parte
superior del edificio, donde permanecieron
casi una década.
En 1921 tuvieron que bajarlos
porque su peso agravaba el hundimiento
y de ahí fueron instalados en la Plaza de la Constitución,
el Zócalo capitalino, donde
estuvieron aproximadamente siete años.
Más tarde pasaron al cruce de las Avenidas Juárez
y San Juan de Letrán, actualmente el eje
central Lázaro Cárdenas.
Finalmente, en 1934, fueron
ubicados frente al Palacio de Bellas Artes.
Allí dejaron de ser remates elevados
para convertirse en esculturas cercanas
al público, y parte inseparable
de la imagen exterior del recinto, desde su
inauguración oficial.
La cúpula la corona un águila devorando
una serpiente, obra de Ghesa Marotti.
La gran cúpula del palacio
no termina simplemente en un punto ornamental.
En su parte más alta aparece un águila mexicana
con las alas extendidas, devorando
una serpiente mientras se posa sobre un opal.
El conjunto fue diseñado por
Ghesa Marotti, artista húngaro que
colaboró con Guari en distintos elementos
decorativos del proyecto.
La figura retoma el emblema nacional
inspirado en el relato de la Fundación de México
Tenochtitlán, pero lo integra a una
composición arquitectónica de influencia europea.
Debajo del águila, la
cubierta combina cerámica vidriada en tonos
amarillos, anaranjados y verdes,
además de enervaduras metálicas que
remarcan su volumen.
Debido a su exposición constante a la lluvia,
contaminación, cambios de temperatura y
movimientos estructurales, las cúpulas han
requerido trabajos especializados de restauración.
Esconde mascarones
prehispánicos de Tlaloc y Chac,
integrados al Art Deco.
El interior Art Deco del Palacio de Bellas
Artes incorpora referencias prehispánicas
que pueden pasar inadvertidas entre mármoles,
lámparas y formas geométricas.
Mariscal integró mascarones inspirados
en Tlaloc, dios mexica de la lluvia,
y Chac, unidad maya relacionada también
con el agua y las tormentas.
Sus rasgos aparecen estilizados en relieves,
capiteles y elementos decorativos,
no como reproducciones arqueológicas exactas,
sino adaptados al lenguaje moderno
La elección conectaba el nuevo programa
cultural del edificio con símbolos indígenas,
diferenciando lo del proyecto europeo
concebido originalmente durante el Porfiriato.
En algunos espacios,
estas figuras conviven con serpientes,
grecas y otros motivos mesoamericanos.
El resultado es una mezcla intencional
de técnicas y materiales modernos,
acompañados por imágenes del pasado prehispánico.
Entre las criaturas talladas en la fachada
existe una figura personal.
Buari tenía una perra zéter llamada Aida,
bautizada como la ópera de Giuseppe Verdi,
que solía acompañarlo durante los trabajos
del Teatro Nacional. Según el relato,
el animal murió mientras avanzaba el proyecto.
Buari decidió recordarla
y pidió al escultor italiano Fiorenzo Gianetti
que incorporara su rostro
entre los mascarones ornamentales de una entrada.
A diferencia de otras cabezas de animales
relacionadas con la fauna mexicana
o con el programa decorativo general,
esta representaba a una compañera real del arquitecto.
El homenaje quedó integrado discretamente
en la piedra, sin placa ni inscripción
que explicara su origen.
Para muchos visitantes parece solamente
otra criatura ornamental, cuando en realidad
es una pequeña memoria privada escondida
dentro de una de las fachadas públicas
más reconocibles de México.
Es un mausoleo cultural. Aquí se ha velado
a los grandes de México y el escándalo de Frida.
Además de escenario y museo,
Bellas Artes funciona como un gran espacio
de despedida nacional.
Desde el siglo XX, su vestíbulo ha sido
escenario de homenajes póstumos a escritores,
músicos, pintores, actores
y otras figuras centrales de la cultura mexicana.
Uno de los más polémicos
ocurrió tras la muerte del artista Frida Kahlo
el 13 de julio de 1954.
Durante el velorio,
el artista Arturo García Bustos
colocó sobre el féretro una bandera
del Partido Comunista Mexicano,
organización que entonces estaba ilegalizada.
Rivera se negó a retirarla,
pese a que se había solicitado
evitar que la ceremonia se convirtiera
en un acto político.
El episodio provocó críticas oficiales
y terminó con el despido de Andrés I. Duarte,
entonces director del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Entre los trabajadores
y visitantes del Palacio de Bellas Artes
circula la leyenda sobre un músico
que nunca aparece en el programa.
Se dice que, durante la noche,
pueden escucharse notas de violín procedentes
del palco 33 de la sala principal.
Aunque al revisar el lugar,
nunca se encuentra una persona responsable
del sonido.
Algunas versiones identifican al fantasma
como un violinista fallecido
en circunstancias misteriosas.
Otras hablan de un director de orquesta
que observaba los ensayos desde aquel palco
y tocaba su instrumento cuando detectaba errores.
Después de morir, habría continuado
juzgando a músicos y directores.
Según la superstición, cuando se escucha
una melodía suave, indica aprobación,
mientras que los sonidos estridentes
anuncian descontento.
Los empleados del recinto
han alimentado el relato al contar que escucharon
música durante rondas nocturnas.
Y si bien no existen pruebas que confirmen,
una presencia sobrenatural, la historia del palco
33, forma parte del folklore
contemporáneo del Bellas Artes moderno.
El Palacio de Bellas Artes
reúne épocas, estilos y disciplinas
que, en apariencia,
podrían parecer incompatibles.
Su exterior conserva la monumentalidad
europea imaginada a comienzos del siglo XX,
mientras que su interior incorpora
símbolos indígenas y la estética
del México postrevolucionario.
En sus salas conviven la ópera,
la música, la danza, el teatro
y algunos de los murales más importantes del país.
Incluso sus problemas de hundimiento,
sus interrupciones y sus cambios de propósito
forman parte de una historia marcada
por la adaptación y la permanencia mexicana.
Con el paso del tiempo,
Bellas Artes se transformó en uno de los espacios
donde México celebra, interpreta
y despide a sus figuras culturales.
Allí se han presentado grandes artistas,
se han conservado obras fundamentales
y se han realizado homenajes que forman parte
de la memoria colectiva.
Por eso su importancia va más allá
de su belleza arquitectónica.
El Palacio es un archivo vivo de la identidad nacional,
construido no solamente con acero,
mármol y cristal, sino también con las historias,
conflictos y expresiones artísticas
que han definido al México moderno.
Esperamos que este video
te haya sido útil.
Si tienes algo que agregar, por favor,
compártelo con nosotros en la sección de comentarios.
Dale me gusta a este video
y envíale el enlace a tus familiares y a tus mejores amigos
para que también sepan más
sobre los secretos ocultos bajo el Palacio de Bellas Artes
de Ciudad de México.
Si eres nuevo en nuestro canal,
no olvides suscribirte.
No se te olvide seguirnos en todas nuestras redes sociales
que van a estar aquí abajo en la descripción.
Recuerda, un pueblo que no conoce su historia
está condenado a repetirla.
