Y si NO somos la primera civilización AVANZADA. En este video exploraremos distintas hipótesis, investigaciones y hallazgos que nos dan pistas sobre un posible pasado con una civilizaciones mucho más desarrollada de lo que podemos imaginar.
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This video examines the \"Silurian Hypothesis,\" exploring whether industrial civilizations existed before humans. It analyzes how geological processes erase physical evidence, leaving only chemical anomalies. Additionally, it reviews archaeological discoveries—from prehistoric monuments and submerged cities to ancient Amazonian urbanism—that challenge traditional timelines of human development and social complexity.
¿Y si no somos la primera civilización avanzada?
¿Sabías que dos científicos, uno de la NASA y otro de la Universidad de Rochester,
se sentaron en 2018 a calcular si podríamos detectar una civilización industrial anterior a la nuestra,
y descubrieron que, si esa civilización fuera lo bastante antigua, probablemente no podríamos?
¿Sabías que hace 56 millones de años el planeta se calentó entre 5 y 8 grados
y dejó en las rocas una huella casi idéntica a la que dejaría una civilización que quema combustibles fósiles?
Y hay algo todavía más inquietante, la fosilización es tan rara que, según los investigadores,
el Homo Sapiens podría no aparecer nunca en el registro fósil del futuro,
es decir, podríamos desaparecer sin que quede nada que nos identifique.
La historia de la humanidad parece estar escrita en ruinas, fósiles, herramientas y antiguos textos,
pero esa imagen es engañosa.
La Tierra borra, transforma y oculta buena parte de lo que ocurre sobre su superficie.
Los continentes cambian, los mares avanzan, los desiertos reverdecen,
las selvas cubren ciudades y los materiales más frágiles desaparecen sin dejar rastro.
Incluso una sociedad compleja podría reducirse, con el paso de miles o millones de años,
a unas pocas alteraciones químicas difíciles de distinguir de los procesos naturales.
En este vídeo exploraremos distintas hipótesis, investigaciones y hallazgos
que nos dan pistas sobre un posible pasado con una civilización mucho más desarrollada de lo que podemos imaginar.
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La hipótesis Siluriana
Los científicos de la NASA y la Universidad de Rochester
calcularon en 2018 si podríamos detectar una civilización industrial anterior a la nuestra.
Para investigar si pudo existir una civilización industrial antes que la nuestra,
no basta con imaginar ciudades ocultas bajo tierra.
Primero hay que comprender cómo funciona el registro geológico.
La superficie terrestre cambia constantemente, la erosión desgasta las construcciones,
los sedimentos entierran los restos y el movimiento de las placas tectónicas destruye o recicla partes de la corteza.
Después de millones de años, incluso una gran ciudad podría desaparecer casi por completo.
En 2018, Gavin Schmidt, climatólogo del Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA,
y Adam Frank, profesor de Física y Astronomía de la Universidad de Rochester,
estudiaron precisamente este problema.
Su trabajo recibió el nombre de Hipótesis Siluriana.
No se trataba de afirmar que hubiera existido una especie inteligente anterior a los seres humanos,
sino de preguntarse qué evidencias dejaría una civilización industrial,
y si esas señales podrían reconocerse mucho tiempo después.
El nombre del estudio procede de los Silurianos, una especie ficticia de reptiles inteligentes,
presentada en 1970 en la serie británica Doctor Who.
Schmidt y Frank consideraron en su análisis que las pruebas más duraderas quizá no serían edificios ni herramientas,
sino cambios químicos conservados en las rocas, alteraciones en los isótopos del carbono,
aumentos de temperatura, modificaciones en los sedimentos o concentraciones inusuales
de materiales producidos por una actividad industrial.
Sin embargo, muchas de estas señales también pueden aparecer por causas naturales.
La hipótesis y su abordaje, aunque interesante, no demuestra que haya existido otra civilización.
Su principal conclusión es más cautelosa.
Cuanto más antigua fuera, más difícil resultaría distinguir su huella entre los grandes cambios naturales del planeta.
Menos del 1% de la superficie de la Tierra está urbanizada,
y la fosilización es tan rara que nuestra propia especie podría no aparecer nunca en el registro fósil.
Cuando pensamos en una civilización perdida,
solemos imaginar que sus ciudades, carreteras y esqueletos permanecerían enterrados hasta ser descubiertos.
Sin embargo, el registro geológico funciona de una manera mucho más selectiva.
La fosilización requiere condiciones especiales.
Un organismo debe quedar cubierto con rapidez,
protegido de la descomposición y sometido a procesos químicos
que permitan conservar alguna parte de su cuerpo,
así que la mayoría de los seres vivos desaparece sin dejar una huella reconocible.
Los estudios de Schmidt y Frank explican que esta conservación también depende del ambiente.
Los restos sobreviven con mayor facilidad en regiones áridas o sistemas fluviales que en bosques tropicales,
donde la humedad y la actividad biológica aceleran su destrucción.
Con referencia de todos los dinosaurios que vivieron durante aproximadamente 165 millones de años,
solo se han encontrado unos pocos miles de ejemplares casi completos.
Según los investigadores, una especie de existencia relativamente breve, como el Homo sapiens,
podría, en teoría, no aparecer nunca en una muestra futura del registro fósil.
Las ciudades tampoco cubren tanto territorio como parece.
Aunque hoy modificamos el planeta a escala global,
las zonas urbanizadas ocupan menos del 1% de su superficie.
Además, cuanto más antiguo sea un terreno,
menor es la porción que permanece expuesta y disponible para excavaciones.
En el fondo oceánico, la situación es todavía más extrema.
La corteza se recicla mediante la tectónica de placas,
por lo que prácticamente no existen sedimentos marinos anteriores a unos 170 millones de años.
Por eso, Schmidt y Frank concluyeron que,
al buscar una civilización de más de 4 millones de años,
las posibilidades de encontrar edificios, objetos o fósiles de sus habitantes serían muy pequeñas.
Su rastro más probable no estaría concentrado en unas ruinas,
sino disperso en la química del planeta.
Somos Homo sapiens desde hace 300.000 años,
pero la civilización tiene apenas 6.000.
Los fósiles de Hebel y Urhold retrasaron nuestro origen 100.000 años.
La historia de nuestra especie es muchísimo más larga que la historia de las ciudades,
los estados y la escritura.
Las primeras sociedades que solemos identificar como civilizaciones
aparecieron hace alrededor de 6.000 años.
Sin embargo, los seres humanos anatómicamente vinculados con nuestra especie
existen desde hace aproximadamente 300.000 años.
Eso significa que, durante más del 95% de nuestra existencia,
no hubo grandes centros urbanos, documentos escritos
ni el tipo de monumentos comparables con los que asociamos a las sociedades históricas.
Durante mucho tiempo, los fósiles más antiguos atribuidos al Homo sapiens
tenían alrededor de 200.000 años y procedían de África Oriental.
Esta cronología cambió en 2017, cuando un equipo internacional
presentó nuevos análisis de restos encontrados en Hebel y Urhold,
un yacimiento situado en Marruecos.
La datación por termoluminiscencia les asignó una antigüedad aproximada
de 315.000 años, con un margen de error de 34.000.
Los fósiles incluían restos de al menos 5 individuos
y mostraban una combinación particular.
Sus rostros, mandíbulas y dientes se parecían a los de humanos modernos,
pero sus cráneos conservaban características más primitivas.
El hallazgo retrasó el origen conocido de nuestra especie unos 100.000 años
y también modificó la manera de imaginar su aparición.
En lugar de surgir de forma repentina en un único punto de África Oriental,
el Homo sapiens pudo desarrollarse gradualmente mediante poblaciones
distribuidas por distintas regiones del continente.
Esto no demuestra la existencia de civilizaciones desconocidas hace cientos de miles de años,
pero sí deja clara una diferencia importante.
Poseer una anatomía humana moderna no equivale a vivir en una sociedad urbana o industrial.
Entre el origen biológico de nuestra especie y el surgimiento de la civilización,
existe un enorme periodo del que apenas conservamos fragmentos.
El dibujo más antiguo del mundo tiene 73.000 años y se hizo con un lápiz de ocre.
Adelanta a 30.000 años el pensamiento simbólico humano.
En 2011, mientras estudiaban materiales procedentes de la Cueva de Blombos,
en la costa de Sudáfrica, los arqueólogos identificaron algo aparentemente sencillo,
una pequeña lasca de piedra con varias líneas rojizas.
Sobre su superficie aparecían nueve trazos que formaban un patrón cruzado,
parecido a una cuadrícula incompleta.
Las pruebas microscópicas y químicas mostraron que las marcas habían sido realizadas intencionalmente,
con una punta de ocre rojo, utilizada de una manera semejante a un lápiz.
La pieza tiene aproximadamente 73.000 años
y fue presentada en 2018 como el dibujo abstracto más antiguo conocido.
Hasta entonces, las evidencias comparables eran unos 30.000 años más recientes.
En este caso, la distinción entre dibujo y grabado es importante.
En un grabado, las líneas se producen al cortar o raspar una superficie.
En este caso, alguien aplicó pigmento sobre la piedra.
Los bordes del diseño también indican que el patrón original
probablemente continuaba más allá del fragmento conservado.
La cueva de Blombos ya había proporcionado otros indicios de conducta compleja.
Allí se encontraron piezas de ocre grabadas, cuentas elaboradas con conchas
y un conjunto de herramientas utilizado para preparar pigmentos hace aproximadamente 100.000 años.
El nuevo hallazgo mostró que sus habitantes fabricaban y almacenaban ocre
y también lo empleaban para crear diseños deliberados.
Los científicos no pueden determinar qué significaban exactamente aquellas líneas.
Podían ser una decoración, una marca de identidad, una representación simbólica
o simplemente parte de un patrón más grande.
Por eso sería exagerado interpretarlas como escritura.
Pero sí demuestran planificación, control manual y la capacidad de reproducir una forma abstracta
mucho antes de las ciudades o los alfabetos.
Los humanos cruzaron mar abierto para llegar a Australia hace 65.000 años,
la primera gran travesía marítima de la historia.
Australia no podía alcanzarse caminando desde Asia, ni siquiera durante los periodos glaciales,
cuando el nivel del mar era mucho más bajo.
Aunque Australia, Nueva Guinea y Tasmania formaban entonces una gran masa terrestre llamada Sahul,
sus primeros habitantes tuvieron que atravesar importantes extensiones de agua.
La llegada humana al continente representa, por tanto,
una de las evidencias más antiguas de navegación y organización colectiva a larga distancia.
En 2017, un equipo dirigido por el arqueólogo Chris Clarkson
publicó los resultados de nuevas excavaciones en Mudhead Bebe,
un abrigo rocoso del norte de Australia, situado en tierras del pueblo Mirar.
Los investigadores identificaron tres capas densas de objetos
y utilizaron datación por luminescencia estimulada ópticamente
para determinar cuándo habían quedado enterrados los granos minerales del sedimento.
Sus resultados situaron el comienzo de la ocupación humana
hacia aproximadamente 65.000 años.
Entre los objetos recuperados había herramientas de piedra,
piedras de moler, hachas con bordes pulidos y ocres triturados,
además de minerales brillantes posiblemente usados como pigmentos.
El conjunto muestra que aquellos grupos no llegaron únicamente con instrumentos básicos,
sino que tenían tecnologías variadas y sabían procesar materiales para diferentes usos.
La travesía necesaria para alcanzar Sahul
pudo incluir un paso marítimo cercano a los 100 kilómetros.
No sabemos cómo eran sus embarcaciones porque, probablemente,
se fabricaron con madera, fibras u otros materiales perecederos.
Tampoco conocemos las rutas exactas ni cuántas personas participaron.
Sin embargo, una población capaz de completar el viaje
debía localizar tierra más allá del horizonte,
construir medios de transporte,
reunir provisiones y coordinar a varias personas.
Mad Head Baby no conserva los barcos, pero sí el resultado del viaje.
Su antigüedad demuestra que grandes desplazamientos marítimos
ocurrieron decenas de miles de años antes de las primeras civilizaciones urbanas.
Hace 476.000 años, alguien cortó una muesca y ensambló dos troncos en Zambia,
la construcción de madera más antigua del mundo, anterior al Homo Sapiens.
La madera debió ser uno de los materiales más utilizados
por los primeros seres humanos y sus parientes.
Servía para producir mangos, lanzas, recipientes, refugios y herramientas.
Sin embargo, casi nunca se conserva durante cientos de miles de años
porque los hongos, los insectos y los microorganismos la descomponen con rapidez.
Esta ausencia puede crear una imagen engañosa.
Como las herramientas de piedra sobreviven mejor,
parece que la tecnología prehistórica estaba compuesta casi exclusivamente por piedra.
Una excepción extraordinaria apareció en las cataratas de Galambo, en Zambia.
Durante unas excavaciones realizadas en 2019,
los arqueólogos encontraron varios objetos de madera
preservados en sedimentos saturados de agua.
La humedad permanente había limitado el oxígeno disponible y retrasado su descomposición.
Entre los hallazgos destacaban dos grandes troncos colocados transversalmente.
Uno de ellos tenía una muesca cortada de manera intencional para que ambas piezas encajaran.
Los sedimentos fueron analizados mediante técnicas de luminescencia
que permiten calcular cuánto tiempo ha pasado
desde que ciertos minerales estuvieron expuestos por última vez a la luz.
El conjunto más antiguo fue fechado en 476.000 años,
con un margen de aproximadamente 23.000.
Esto lo convierte en la evidencia conocida más antigua del uso estructural de la madera.
También se recuperaron objetos posteriores, de entre 390.000 y 324.000 años,
como una cuña, un palo para excavar, un tronco cortado y una rama con muescas.
Los investigadores no saben si los dos troncos formaban parte de una plataforma,
una pasarela, los cimientos de un refugio o alguna estructura relacionada con el agua.
Tampoco pudieron identificar qué especie humana los construyó,
pero su antigüedad es anterior a los fósiles más antiguos conocidos de Homo sapiens.
El Sahara ha reverdecido unas 230 veces en 8 millones de años,
fases fértiles marcadas por el bamboleo orbital de la Tierra cada 21.000 años.
El Sahara no siempre fue el inmenso desierto que conocemos.
A lo largo de millones de años, el norte de África atravesó repetidas fases húmedas
durante las cuales aumentaron las lluvias.
Se expandieron los lagos y grandes extensiones de arena
fueron sustituidas por sabanas, pastizales y vegetación.
Los registros geológicos han permitido identificar unas 230 de estas etapas,
conocidas como periodos húmedos del norte de África,
durante los últimos 8 millones de años.
La causa principal se encuentra en los movimientos de la Tierra.
Nuestro planeta no gira alrededor del Sol de manera completamente estable.
La orientación de su eje cambia lentamente,
como ocurre con un trompo que comienza a bambolearse.
Este movimiento, denominado precesión,
sigue ciclos de aproximadamente 21.000 años
y modifica la cantidad de radiación solar
que recibe cada hemisferio durante las distintas estaciones.
Cuando los veranos del hemisferio norte reciben mayor energía solar,
a diferencia de temperatura entre la Tierra y el océano,
fortalece el monzón africano.
Más humedad procedente del Atlántico penetra entonces en el continente
y las lluvias avanzan hacia regiones que hoy son extremadamente áridas.
La forma de la órbita terrestre, conocida como excentricidad,
también influye en la intensidad de estos episodios,
al igual que la extensión de las grandes capas de hielo.
El estudio publicado en 2023
reprodujo 20 fases húmedas ocurridas durante los últimos 800.000 años.
Los resultados también mostraron
que algunas no llegaron a desarrollarse plenamente durante las glaciaciones,
porque las masas de hielo enfriaban el hemisferio norte
y debilitaban el monzón.
Estos cambios tuvieron consecuencias directas
para los seres humanos y otros animales.
Durante los periodos verdes,
el Sahara dejaba de funcionar como una barrera
y se convertía en un corredor transitable
entre distintas regiones de África.
Por eso, cualquier búsqueda de asentamientos antiguos
debe considerar que territorios actualmente inhóspitos pudieron ser,
en otras épocas, lugares fértiles y habitables.
El mar subió 120 metros al terminar la glaciación
y se tragó Deutschland,
un territorio habitado que unía Gran Bretaña con Europa.
Durante la última glaciación,
enormes cantidades de agua permanecían atrapadas en las capas de hielo.
El nivel de los océanos era mucho más bajo
y regiones que hoy están sumergidas formaban parte de los continentes.
Una de ellas era Deutschland,
una extensa llanura que ocupaba una parte del actual mar del norte
y conectaba Gran Bretaña con Europa continental.
Deutschland no era un simple puente terrestre
utilizado para cruzar de un lugar a otro.
Tenía ríos, lagos, bosques, marismas y estuarios
que ofrecían abundantes peces, aves,
frutos y animales de caza.
Durante miles de años estuvo habitado por neandertales
y, posteriormente, por grupos de cazadores-recolectores del Mesolítico.
Los investigadores consideran que pudo ser una de las regiones más atractivas
y densamente pobladas del noroeste europeo.
Al terminar la glaciación, hace unos 11.700 años,
el planeta comenzó a calentarse y los hielos se derritieron.
El nivel del mar ascendió alrededor de 120 metros a escala mundial.
En Deutschland, el avance del agua continuó durante milenios.
En una etapa, llegó a subir un promedio aproximado de 1,8 metros por siglo.
Poco a poco, la llanura se fragmentó.
Gran Bretaña quedó separada del continente
y las zonas más elevadas se convirtieron en islas.
Hacia el año 6100 a.C.,
un gran tsunami provocado por un deslizamiento submarino
frente a Noruega agravó el proceso.
Actualmente, los investigadores reconstruyen aquel paisaje
mediante estudios sísmicos,
núcleos de sedimentos y objetos recuperados por pescadores.
Entre los hallazgos hay herramientas de piedra,
puntas de hueso y restos humanos.
Ya hay poblados confirmados bajo el mar.
Atlit Yam, en Israel, 7.000 a.C.,
a 12 metros de profundidad.
Y Pavlopetri, en Grecia,
la ciudad hundida más antigua conocida.
La posibilidad de encontrar asentamientos bajo el océano
no es una especulación.
Varios poblados prehistóricos y ciudades antiguas
han sido localizados en zonas que alguna vez estuvieron sobre tierra firme.
Dos de los ejemplos más conocidos son
Atlit Yam, frente a la costa de Israel,
y Pavlopetri, en Grecia.
Atlit Yam fue un poblado neolítico
habitado hace unos 9.000 años,
aproximadamente durante el séptimo milenio a.C.
Sus restos se encuentran frente a la costa del Monte Carmelo,
a profundidades que alcanzan alrededor de 12 metros.
El lugar estuvo ocupado por una comunidad
que combinaba la agricultura, ganadería y pesca.
Los arqueólogos han encontrado viviendas,
tumbas humanas, herramientas,
restos de alimentos y pozos revestidos con piedras.
También apareció una estructura formada
por grandes bloques dispuestos alrededor de un espacio central.
Los pozos son especialmente valiosos
porque permiten calcular dónde se encontraba el nivel del mar
cuando el poblado estaba habitado.
A medida que las aguas avanzaron,
el agua salada contaminó las fuentes
y la comunidad terminó abandonando el lugar.
Posteriormente, el mar cubrió el asentamiento
y ayudó a conservar materiales orgánicos
que rara vez sobreviven en tierra firme.
Pavlopetri, por su parte,
se encuentra bajo aguas poco profundas
frente a la costa de Laconia, en el sur de Grecia.
Conserva calles, edificios, patios y tumbas
pertenecientes a una población ocupada
durante la Edad del Bronce.
Es descrita habitualmente como
la ciudad sumergida más antigua conocida,
aunque esta clasificación se refiere
a un asentamiento urbano identificable,
no al poblado submarino más antiguo de cualquier tipo.
Gobekli Tepe y Karajan Tepe,
pilares de hasta 16 toneladas
levantados hacia el 9600 a.C.
antes de la agricultura, la cerámica,
la rueda y la escritura.
Durante mucho tiempo se pensó que los seres humanos
comenzaron a levantar grandes monumentos
después de establecer aldeas agrícolas permanentes.
Según esa secuencia,
primero habrían aprendido a cultivar,
después habrían producido excedentes de alimentos
y solo entonces podrían haber organizado
a suficientes trabajadores
para construir centros ceremoniales.
Gobekli Tepe obligó a reconsiderar esa explicación.
Este yacimiento se encuentra
cerca de la ciudad de Sanlyurfa,
en el sureste de la actual Turquía.
Sus estructuras más antiguas comenzaron
a levantarse hacia el 9600 a.C.,
al inicio del Neolítico Precerámico.
Allí, grupos de cazadores-recolectores
dirigieron recintos circulares y ovalados,
formados por grandes pilares de piedra caliza
en forma de T.
Algunos alcanzan varios metros de altura
y están decorados con relieves de zorros,
serpientes, jabalíes, aves y otros animales.
Sus constructores no disponían
de herramientas metálicas, cerámica,
vehículos con ruedas ni escritura.
Tampoco existe evidencia de que practicaran
una agricultura plenamente desarrollada
cuando comenzaron las primeras construcciones.
Trabajaron la piedra con instrumentos de silex
y trasladaron los pilares desde canteras cercanas.
Los dos pilares centrales del llamado recinto D,
los mayores del yacimiento, miden 5,5 metros
y se estiman entre 10 y 16 toneladas.
En la cantera quedó, además,
un pilar inacabado de unos 7 metros
que habría pesado cerca de 50 toneladas.
Se agretó durante la extracción
y sus constructores lo abandonaron ahí,
donde sigue.
Carajantepe, ubicado en la misma región,
forma parte de un conjunto de yacimientos
conocidos como Taztepeler o colinas de piedra.
Allí también se han localizado pilares
en forma de T, esculturas humanas
y espacios excavados directamente en la roca.
Estos descubrimientos indican que Gobekli Tepe
no era necesariamente un caso aislado,
sino parte de una tradición cultural más amplia.
Los arqueólogos todavía debaten
si estos lugares fueron templos,
poblados con áreas rituales
o centros utilizados periódicamente
por distintas comunidades.
Un láser reveló en 2024
más de 6.000 plataformas y ciudades de 2.500 años
ocultas bajo la selva amazónica.
Seguimos descubriendo civilizaciones enteras.
Hasta hace pocas décadas,
era común imaginar que la selva amazónica precolombina
había estado habitada principalmente
por pequeñas comunidades dispersas.
Se suponía que sus suelos poco fértiles
y su vegetación densa
impedían mantener grandes asentamientos.
Sin embargo,
las recientes investigaciones arqueológicas
están mostrando un paisaje muy diferente.
En enero de 2024,
un equipo dirigido por el arqueólogo francés
Stéphane Rostein
publicó el análisis de una extensa red de asentamientos
localizada en el valle del río Upano,
en la Amazonía ecuatoriana.
Rostein investigaba la región
desde la década de 1990
y ya había identificado montículos artificiales.
Pero la verdadera escala del conjunto
apareció al utilizar tecnología LIDAR,
siglas en inglés de detección y medición mediante luz.
El sistema se instala en un avión
y emite millones de pulsos láser hacia el terreno.
Algunos atraviesan los pequeños espacios entre las hojas
y alcanzan el suelo.
Al medir cuánto tardan en regresar,
los investigadores elaboran un modelo tridimensional
y eliminan digitalmente la vegetación.
De esta manera,
se cartografiaron unos 600 kilómetros cuadrados.
Las imágenes revelaron
más de 6.000 plataformas rectangulares de tierra
sobre las cuales se habrían levantado viviendas y edificios.
También aparecieron plazas,
campos agrícolas,
canales de drenaje
y una extensa red de caminos rectos.
Algunas vías alcanzaban 15 metros de ancho
y conectaban distintos núcleos de población.
Los asentamientos más antiguos comenzaron a construirse
hace aproximadamente 2.500 años
y la ocupación de la región
se prolongó durante cerca de un milenio.
El LIDAR no encontró una civilización desconocida
en un solo vuelo.
Confirmó y amplió décadas de excavaciones,
pero reveló que las estructuras visibles desde el suelo
representaban apenas una fracción
del paisaje transformado.
Civilizaciones enteras dejaron textos
que hoy nadie sabe leer.
La escritura del himno,
el inial A
y el disco de festos
siguen sin descifrarse
tras más de un ciclo.
La escritura suele considerarse
una de las mayores herramientas
para conservar la memoria de una civilización.
Sin embargo,
encontrar un texto antiguo
Para descifrar una escritura desconocida,
los especialistas necesitan
un corpus suficientemente amplio,
patrones repetidos y,
en el mejor de los casos,
una inscripción bilingüe
que presente el mismo mensaje
en una lengua conocida.
Cuando faltan estas claves,
los signos pueden permanecer indescifrables
durante generaciones.
Eso sucede con la escritura
de la civilización del Valle del Hindo,
utilizada en el sur de Asia,
con el inial A
de la civilización minoica de Creta
y con los signos impresos
sobre el llamado disco de festos.
Aunque los tres sistemas
suelen agruparse
entre las escrituras no descifradas,
no constituye necesariamente
un mismo tipo de problema.
El disco de festos, por ejemplo,
es un objeto aislado
y su breve inscripción
ofrece muy poco material
para realizar comparaciones.
El inial A, por su parte,
fue utilizado principalmente en Creta
entre aproximadamente 1800
y 1450 a.C.
Aparecen tablillas administrativas,
vasijas y objetos religiosos.
Los investigadores
reconocen signos numéricos,
medidas y algunos símbolos
relacionados con productos
como vino, aceite, trigo o animales.
También pueden asignar
valores fonéticos tentativos
a ciertos caracteres
porque muchos fueron adaptados
posteriormente al inial B,
una escritura que sí pudo descifrarse
y que representaba
una forma antigua del griego.
Pero al aplicar esos sonidos
al inial A,
las palabras resultantes
no corresponden
a ninguna lengua identificada.
El problema principal
es la escasez de textos.
El corpus legible
reúne alrededor de 1.400 inscripciones
y apenas 7.400 signos.
Más de un siglo después
de su redescubrimiento en 1900,
sabemos que los minoicos
registraron transacciones,
ofrendas y recursos,
pero todavía no podemos leer
sus mensajes completos.
Sus documentos sobrevivieron.
La lengua necesaria para comprenderlos,
en cambio,
se perdió en el tiempo.
La supererupción del Tova
hace 74.000 años
expulsó 2.800 kilómetros cúbicos
de material
y pudo dejar a la humanidad
de menos de 10.000 individuos.
Hace unos 74.000 años,
el lago Tova,
en la isla indonesia de Sumatra,
fue escenario
de una de las mayores erupciones
volcánicas conocidas
del Cuaternario.
El evento expulsó
alrededor de 2.800 kilómetros cúbicos
de material,
cubrió amplias regiones con ceniza
y dispersó por la atmósfera
partículas microscópicas
de vidrio volcánico
que alcanzaron territorios
situados a miles de kilómetros.
Durante años,
se propuso que la erupción
produjo un invierno volcánico
prolongado
y redujo la población humana mundial
a menos de 10.000 individuos.
Según esta hipótesis,
nuestra especie
habría atravesado
un grave cuello de botella,
una disminución tan intensa
que redujo considerablemente
su diversidad genética.
La idea se hizo popular
porque parecía conectar
una catástrofe geológica
con ciertos patrones
observados en el ADN humano.
Pero esa explicación
está muy cuestionada
en la actualidad.
Diversos análisis genéticos
no han encontrado
un cuello de botella
que coincida claramente
con la erupción.
Tampoco se detectaron
en África Oriental
las condiciones
de invierno volcánico extremo
que predecían
los primeros modelos.
Algunas estimaciones, además,
pudieron exagerar
en uno o dos órdenes de magnitud
la cantidad de dióxido de azufre
lanzada a la atmósfera.
La arqueología
ofrece una imagen
igualmente compleja.
En Paray, Cold Point,
en Sudáfrica,
se identificaron
partículas de toba
en capas que contienen
actividad humana anterior,
contemporánea
y posterior a la erupción.
Lejos de desaparecer,
la ocupación aumentó
y aparecieron
innovaciones tecnológicas.
En Sinfa Ametema 1,
en Etiopía,
también existen evidencias
de continuidad humana
y adaptaciones
a un ambiente más seco,
como la pesca
en pozos estacionales.
Toba debió causar
graves consecuencias
en algunas regiones,
pero no hay pruebas sólidas
de que casi exterminara
nuestra especie.
Hace 41.000 años,
el escudo magnético
de la Tierra
cayó al 10% de su fuerza
y las auroras
llegaron al Ecuador.
La Tierra está rodeada
por un campo magnético
generado principalmente
por el movimiento
del hierro líquido
en su núcleo externo.
Este campo forma
la magnetósfera,
una especie de escudo
que desvía buena parte
de las partículas cargadas
procedentes del Sol.
Sin él,
una mayor cantidad
de radiación
podría penetrar
en la atmósfera
y alcanzar la superficie.
Hace alrededor
de 41.000 años,
ese escudo atravesó
una alteración conocida
como la excursión
de Lacham.
No fue una inversión
permanente de los polos,
sino un cambio temporal
durante el cual
el campo magnético
se debilitó,
modificó su orientación
y después recuperó
su configuración habitual.
En su momento
de menor intensidad,
descendió hasta cerca
del 10%
de su fuerza actual.
El episodio
se prolongó aproximadamente
desde hace 41.000
hasta hace 39.000 años,
aunque la recuperación
del campo
pudo tomar
alrededor de 1.300 años.
Al debilitarse
la magnetósfera,
las partículas solares
dejaron de concentrarse
únicamente cerca
de los polos.
Las zonas donde
podían producirse auroras
se desplazaron
hacia latitudes
mucho más bajas.
Estos resplandores
habrían sido visibles
en gran parte de Europa,
el norte de África
e incluso
regiones próximas
al Ecuador.
Para las poblaciones
humanas,
el cielo nocturno
debió mostrar
un aspecto
completamente distinto.
Hace 56 millones
de años,
el planeta se calentó
entre 5 y 8°C
en un evento que
dejó una huella
casi idéntica
a la que dejaría
una civilización industrial,
el máximo térmico
del Paleoceno-Eoceno.
Hace unos 56 millones
de años,
en la transición
entre las épocas geológicas
del Paleoceno
y el Eoceno,
la Tierra experimentó
uno de los calentamientos
más rápidos
de su historia profunda.
El episodio,
conocido como
Máximo térmico
del Paleoceno-Eoceno,
elevó la temperatura
media global
entre 5 y 8°C
y alteró
profundamente los océanos,
los ecosistemas
y el ciclo del carbono.
La señal principal
aparece en sedimentos
marinos y terrestres
de distintas partes
del mundo.
En ellos se observa
una caída brusca
de la proporción
del isótopo carbono-13
respecto al carbono-12.
Esto indica
que enormes cantidades
de carbono relativamente ligero
entraron en la atmósfera
y los océanos.
Los isótopos de oxígeno
conservados en fósiles
microscópicos
también revelan
un fuerte aumento
de la temperatura,
tanto en las aguas
superficiales
como en las profundidades
oceánicas.
Esta combinación
resulta especialmente
interesante
para la hipótesis
siluriana.
Si una civilización
industrial quemara
grandes reservas
de combustibles fósiles,
también provocaría
un rápido aumento
de gases de efecto
invernadero,
calentamiento global,
acidificación oceánica
y una alteración
de los isótopos
del carbono.
Millones de años después,
su huella podría
aparecerse,
al menos en términos
generales,
a la del máximo térmico
del paleoceno-eoceno.
Pero la semejanza
no constituye evidencia
de una industria antigua.
Hace 56 millones de años
no existían seres humanos
y no se ha encontrado
ningún objeto,
estructura o material
que indique
una civilización tecnológica.
Los científicos estudian
explicaciones naturales,
entre ellas
una intensa actividad
volcánica,
la liberación de metanos
y cambios en los depósitos
de carbono.
El episodio duró
alrededor de 200.000 años,
una escala enorme
para nosotros,
pero relativamente breve
desde el punto
de vista geológico.
La ciencia cuenta hoy
con herramientas
que hace apenas unas décadas
habrían parecido magia.
Gracias a estos avances,
sabemos que nuestros antepasados
navegaron mares,
construyeron estructuras complejas,
transformaron territorios
y desarrollaron formas
de pensamiento simbólico,
mucho antes de la aparición
de las primeras ciudades conocidas.
Pero cada descubrimiento
también revela los límites
de nuestra mirada.
La fosilización es excepcional,
la mayor parte
de los materiales se destruye,
las costas antiguas
están bajo el agua
y algunas escrituras
permanecen incomprensibles,
incluso cuando sus textos
han sobrevivido.
Además,
las grandes catástrofes
y alteraciones climáticas
pueden producir señales parecidas
a las que dejaría
una sociedad industrial.
Tal vez nunca encontremos pruebas
de una civilización anterior
porque nunca existió,
o quizá porque el planeta
ya borró casi todas sus huellas.
La respuesta sigue abierta,
no por falta de imaginación,
sino porque reconstruir
el pasado profundo
es una de las tareas
más difíciles de la ciencia.
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de si no somos
la primera civilización avanzada.
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Recuerda,
un pueblo que no conoce su historia
está condenado a repetirla.