Qué pasó en la Tierra tras la extinción de los mamuts y la megafauna corregido. Pero ¿por qué razón se vieron afectados los suelos? ¿A qué se debió esta ola de extinciones sin comparación? ¿Cambios climáticos? ¿Intervención humana?
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This video examines the mass extinction of megafauna during the late Pleistocene and early Holocene, focusing on the Americas and Australia. It analyzes the debate between climate change and human activity as primary drivers and explores the profound ecological consequences, such as the disruption of nutrient cycles, altered landscapes, and the existence of evolutionary anachronisms.
¿Qué pasó en la Tierra
tras la extinción de los mamuts
y la megafauna?
Es cierto que sin los mamuts
hoy no existiría el aguacate.
Si los caballos nacieron en Norteamérica,
¿por qué los españoles tuvieron que traerlos
de vuelta miles de años después?
Y el último mamut,
que murió hace apenas 4.000 años
en una isla frente a Siberia,
¿quién lo mató?
Antes del Pleistoceno tardío
habían ocurrido varias extinciones.
Sin embargo,
la ocurrida entre este periodo
y el inicio del Holoceno
alcanzó magnitudes sin precedentes.
Especialmente en Sudamérica,
Norteamérica y Australia.
Y dejó consecuencias
que hasta la actualidad
han sido difíciles de superar
en los ecosistemas
de estas regiones del planeta.
Estas extinciones afectaron incluso
los nutrientes de los suelos.
Pero, ¿por qué razón
se vieron afectados los suelos?
¿A qué se debió esta ola
de extinciones sin comparación?
¿Cambios climáticos?
¿Intervención humana?
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Al final del Pleistoceno
se extinguió la mayor parte
de la megafauna en América
y Australia.
Hacia el final del Pleistoceno
fueron muchos los animales
que se extinguieron.
Entre las pérdidas más severas
están las de Norteamérica,
donde animales que superaban
los 44 kilogramos se extinguieron.
Se calcula que entre 37
y 38 géneros de mamíferos,
incluyendo más del 70%
de su megafauna,
desaparecieron para siempre.
Se entiende por megafauna
un grupo de animales
cuyo peso corporal
es superior a 44 kilogramos.
Aquí están incluidos mamuts,
mastodontes y gonfoterios,
de los que se calcula
un peso de más
de 4.500 kilogramos.
En el caso de América del Sur
también tuvieron lugar
extinciones sustanciales
durante el Pleistoceno tardío.
Cerca de 50 géneros
de megafauna desaparecieron.
Se calcula que aquí
desaparecieron cerca
del 83% de animales.
Por su parte,
incluso antes que en América,
unas dos docenas de géneros
de grandes mamíferos,
reptiles y aves,
se extinguieron en Saúl,
que era la masa continental
que se formó
cuando se unieron
en el transcurso de épocas
de bajo nivel del mar
en el Pleistoceno,
Australia,
Nueva Guinea
y Tasmania.
Por otra parte,
entre 100.000
y 50.000 años antes
del presente,
se extinguió el elefante
de colmillos rectos
en toda Eurasia,
mientras que entre 50.000
y 16.000 años antes
del presente,
se extinguieron
el antílope asiático
de cuerpo pesado,
el rinoceronte interglacial,
Estefanortinus,
el hipopótamo
y el oso gabernario,
Ursus espelaus,
en tanto que entre
16.000 y 11.500 años
antes del presente,
desaparecieron de Europa
la hiena manchada
y, más tarde,
el rinoceronte helanudo
y los mamuts continentales.
Asimismo,
después de 11.500 años
antes del presente,
se extinguió
el ciervo gigante,
Megaloceros,
cuyo último grupo
sobrevivió en Siberia occidental
hasta aproximadamente
7.700 años del presente.
Vale mencionar
que el güey almisclero
desapareció
en gran medida
de Europa y Eurasia
al final del Pleistoceno
y solo ha sobrevivido
en el Ártico americano.
La extinción en África
tuvo un porcentaje menor,
apenas 21% de la megafauna
se extinguió
hacia el final del Pleistoceno.
Los caballos
se originaron en Norteamérica,
pero se extinguieron allí
y volvieron
cuando llegaron los españoles.
Los caballos,
burros y cebras
hacen parte del género
Ecus,
un linaje que integraba
la ecología natural
de Norteamérica.
Allí evolucionaron
al tiempo que lo hacían
las praderas.
El desarrollo
de los équidos
en Norteamérica
es un hecho que está respaldado
por la evidencia fósil.
Hace entre
54 y 34 millones de años,
durante el Eoceno,
apareció el Eofipus,
que fue el primer équido.
El Eoipus
era un pequeño animal forestal
que logró adaptarse
al ambiente pantanoso
de aquel periodo.
La mayor parte
de los fósiles
de este équido
se han encontrado
en la cuenca del río Wynn,
en Wyoming,
en Norteamérica.
Hubo otras evoluciones
en la misma medida
que las praderas lo hacían,
hasta que la evolución
llevó a la aparición
de los géneros
para Hippus
y Merichippus
durante el Mioceno,
hace entre 24
y 5.3 millones de años.
Después evolucionó
y dio paso al Ecus,
un caballo
que llegó hace
unos 4 millones de años
durante el Plioceno.
Y todos los équidos modernos
pertenecen al género Ecus.
Los primeros Ecus
tenían un clásico
cuerpo de caballo
y una altura aproximada,
de 1,35 metros
a la cruz.
Grandes manadas migratorias
de especies de Ecus
llegaron hasta a Sudamérica,
Europa,
Asia,
África,
hace aproximadamente
2.6 millones de años.
Pero una oleada de extinciones
se produjo
hace unos 10.000 años,
durante el Pleistoceno tardío.
Estas extinciones,
producidas,
al parecer,
por los cambios climáticos
y la caza indiscriminada,
acabaron con la mayor parte
de los grandes mamíferos
no solo en Norteamérica,
sino también en Sudamérica.
Así,
en decenas de millones de años
no se hallaron,
por primera vez,
equinos en el continente americano.
Y Cristóbal Colón
llevó los primeros caballos
al Caribe en 1493,
pero su regreso
al continente norteamericano
ocurrió en 1519,
cuando Cortés desembarcó
en Veracruz
y a las llanuras del norte
con la expedición de Coronado
en 1540.
Muchos de estos caballos
reintroducidos se escaparon
y terminaron por recuperar
su estado salvaje.
Incluso se proliferaron
por las mismas llanuras
de la porción de tierra
que alguna vez
los vio aparecer.
Sudamérica perdió
aproximadamente el 83%
de su megafauna.
En términos de diversidad
de los grandes mamíferos,
Sudamérica experimentó
una pérdida del 83%
de la fauna de finales
del Pleistoceno
y principios del Holoceno.
Esto incluye esta parte
del continente americano
como una de las regiones
más afectadas en el planeta.
Se estima que 50 géneros
de la especie animal
se perdieron
en esta parte del mundo.
Ejemplo de esto
fueron los grandes genartros,
en los que se incluyen
los gliptodontes,
los perezosos gigantes terrestres
como el Megaterium,
caballos nativos
como el Ipidion
o el Ecus Neogeus,
que eran équidos prehistóricos
que se adaptaron
a las llanuras de Sudamérica.
El mastodonte,
que lejanamente está emparentado
con los elefantes modernos.
Los toxodontes,
grandes herbívoros sudamericanos
de aspecto similar
al rinoceronte,
pero sin parentesco cercano con él.
Y los felinos de gran tamaño,
como el jaguar gigante
del Pleistoceno
y el gato felino
dientes de sable,
entre los que está
el Smilodon Populator.
Australia perdió
hasta el 88%
de sus grandes especies.
Un aproximado del 88%
de la megafauna desapareció
en Australia
hace entre 50.000
y 40.000 años,
aproximadamente.
Con esto se estima
que la extinción
de la megafauna australiana
ocurrió antes
que la de América.
Entre la megafauna extinta
se encuentra
el marsupial más grande
conocido,
el Eadiprotodon.
Este marsupial,
de acuerdo con los hallazgos
más antiguos,
data de hace 1.77 millones
a 780.000 años,
aunque según esos hallazgos,
la mayoría de los especímenes
datan después
De todos los fósiles
de mamíferos de Australia,
este fue el primero
del que se tuvo nombre
y su peso podía alcanzar
los 2.800 kilogramos.
Otro de los animales
extintos en Australia
en aquellos años
fue el león marsupial,
un depredador
que pudo tener ejemplares
con una altura
de 75 centímetros
y un peso
de 160 kilogramos.
Otra de las principales
especies extintas
fue el canguro gigante,
cuyo peso rondaba
los 200 kilogramos
y podía alcanzar
los 2 metros de altura.
El hengyornis también está
entre las principales
especies extintas
en Australia.
Se trata de un ave célebre
que no volaba
y cuya altura
podía superar
los 2 metros.
En América
y en Australia
ya no hay mamíferos terrestres
de más de una tonelada.
Los megamamíferos
eran aquellos animales
cuya masa corporal
era superior
a los 1.000 kilogramos.
Estos inmensos animales
se extinguieron al 100%
en América
durante el final
del Pleistoceno
y el inicio del Holoceno
y cerca de un 65%
de las especies
de grandes mamíferos
se extinguieron
en todo el mundo.
Los animales
de más de 1.000 kilogramos
no se encuentran
en América,
sino en África y Asia.
Prueba de esto
son las jirafas,
los hipopótamos
y los rinocerontes.
Los mamíferos
nativos más grandes
que hay en Norteamérica
no sobrepasan
el umbral
de los 1.000 kilogramos.
El más pesado
es el bisonte americano.
Los machos
de bisonte de bosque
llegan a superar
los 1.000 kilogramos,
pero ninguna especie nativa
se acerca a las cifras
de la megafauna extinta.
En Australia
tampoco quedan
mamíferos nativos
de más de 1.000 kilogramos.
Desaparecieron
hace 46.000 años,
aproximadamente.
El más grande
que existe actualmente
es el canguro rojo,
cuyo peso está
muy por debajo
de los 1.000 kilogramos,
ronda entre los 85
y 90 kilogramos,
para ser exactos.
La extinción
coincidió repetidamente
con la llegada
de los humanos.
Hablar con precisión
sobre la causa
de las extinciones
de la megafauna
del ecuaternario
es un asunto arriesgado.
Hasta ahora,
los expertos
se debaten
entre dos opciones,
incluso entre una fusión
entre ambas.
Los cambios climáticos
y la intervención
del ser humano.
El sitio web
a World World In Data
expone lo siguiente.
Nuestros ancestros
contribuyeron a la extinción
de muchos de los mamíferos
más grandes del mundo,
la megafauna.
Esto ocurrió
durante un evento
conocido como
la extinción
de la megafauna
del cuaternario,
QME.
En África,
la extinción
de la megafauna
fue de 21%,
y fue donde
los humanos evolucionaron.
Y en el transcurso
de bastante tiempo,
los homínidos
habían interactuado
con los mamíferos.
En Eurasia,
fue de 35%,
pero esta no fue
la misma realidad
que se vivió
en Australia,
Norteamérica
o Sudamérica.
Estos lugares
fueron los más afectados
con las extinciones
de megafaunas.
Australia perdió
el 88%,
Norteamérica
el 72%,
y Sudamérica
el 83%.
Y hay muchas posibilidades
de que estas extinciones
estén vinculadas
con la llegada
de los humanos
a estas partes del mundo.
Esto pudo deberse
a la caza excesiva
en estos lugares.
Al llegar a Australia,
Norteamérica
o Sudamérica,
los humanos tuvieron
interacciones nuevas
con la megafauna
que vivía en estos sitios.
La evidencia apunta
que se habrían dedicado
a cazar de forma selectiva,
a ejemplares
mucho más grandes.
La literatura académica
propone que nuestros
antepasados llegaron
a Australia
hace entre 65.000
y 50.000 años.
Y luego,
entre hace unos 15.000
a 13.000 años,
cruzaron hasta
el continente americano,
aunque también se cree
que la llegada a América
fue antes,
de entre 21.000
y 23.000 años.
Se tiene la hipótesis
de que el alto crecimiento
demográfico
y las actividades humanas
tuvieron influencia
en la biodiversidad
de los mamíferos,
incluso antes
del Pleistoceno Terminal.
El clima probablemente
debilitó a algunas poblaciones,
pero la presión humana
impidió que se recuperaran.
Los cambios climáticos,
de acuerdo con la evidencia,
también podrían haber provocado
una disminución inicial
en las poblaciones
de grandes mamíferos
y también la de la diversidad
de plantas,
aunque estas últimas
se habrían recuperado
al inicio del Holoceno.
Los motivos
de estas extinciones
varían de acuerdo
con el taxón y la región.
En el caso de Norteamérica,
los cambios climáticos globales
impactaron de manera significativa
en los ecosistemas.
Nature,
basado en un estudio,
expone
que el cambio climático
afectó al ecosistema local
de Texas
en el límite Pleistoceno-Holoceno,
pero el cambio climático
por sí solo
podría no explicar
la desaparición de la megafauna
al final del Pleistoceno.
En Norteamérica,
uno de los eventos climáticos
señalados
es el enfriamiento
del Younger Dryas
hace unos 12.900 años,
pero ese evento
no explica las extinciones australianas
ocurridas más de 30.000 años antes.
De manera que serían
por lo menos dos de los factores
que causaron esta ola de extinciones,
los cambios climáticos
y la intervención humana.
Incluso esta última causa
evitó que esa megafauna
se recuperara
porque la tasa de reproductividad
de los grandes mamíferos
era lenta.
No solo se trataba
de gestaciones largas,
sino también
de que las crías eran pocas
y tenían una tardía madurez sexual,
así que demográficamente
una recuperación
era bastante difícil
si se le suma la caza.
5 millones de seres humanos
en el mundo
hacia el 8000 a.C.
Cerca de 5 millones de personas
había en el mundo
hacia el año 8000 a.C.
durante la extinción cuaternaria
de megafauna,
conocida también
por sus siglas en inglés
Q.M.E.,
y que de forma selectiva
impactó a grandes mamíferos,
esto de acuerdo
con el registro fósil.
Esos 5 millones de humanos
provocaron también daños
a otras especies
a través de, por ejemplo,
la caza selectiva de megafauna,
Lo hicieron asimismo
al transformar los paisajes
con el uso del fuego,
lo que cambió
la naturaleza de la vegetación
y afectó, en consecuencia,
a las poblaciones de animales
que eran oriundas
de esos hábitats.
Además,
los humanos introdujeron
en un amplio conjunto
de espacios
especies de animales
no domesticados
y esto ocasionó
una gran cantidad
de impactos secundarios.
Entre los animales
que introdujeron
están las ratas,
los agutíes
y las arigüellas.
El mamut lanudo
no desapareció por completo
al terminar la Edad de Hielo.
Aún cuando al final
de la Edad de Hielo
desapareció la mayoría
de las especies
de la megafauna del Pleistoceno,
el mamut lanudo
fue una gran excepción.
Y es que logró sobrevivir
en pequeñas poblaciones insulares,
muy especialmente
frente a la costa de Siberia,
en la isla Brangel,
lugar en el que quedó aislado
durante unos 6.000 años más,
hasta hace 4.000 años.
Esto se sabe
gracias a estudios
sobre los procesos evolutivos.
¿Por qué se extinguieron
los mamuts?
¿Quién mató al último mamut?
Dar una respuesta certera
no es posible hasta ahora,
aunque gracias a una investigación
realizada en 2021
con base en ADN ambiental antiguo,
se plantea que posiblemente
se deba a la velocidad
del cambio climático,
lo que evitó
que el mamut lanudo
pudiera tener el tiempo suficiente
para adaptarse a la transformación
que había sufrido el entorno.
También se ha sugerido
como un factor adicional la caza,
aunque no hay evidencia
de que haya sido el humano
el responsable
de que el mamut
se haya extinguido,
pues llegó a la isla Brangel
unos cuatro siglos
después de que este ejemplar
de la megafauna se extinguió.
Se ha descartado
que la extinción
se haya debido
a que el mamut
pasó por un cuello
de botella genético.
La desaparición
de estos animales
cambió continentes enteros.
Las extinciones
no implicaron
los mismos cambios
en todas las regiones.
Por ejemplo,
la selva tropical mixta,
en Australia,
se transformó
en vegetación esclerófila,
lo que significó
un cambio a gran escala.
En tanto,
en el hemisferio norte,
el bioma más extenso
del Pleistoceno,
la estepa del mamut,
desapareció.
Este bioma
era un conjunto diverso
de ejuncias,
hierbas y pastos.
Esta estepa,
parcialmente,
se había mantenido
gracias al pastoreo
y también a otras actividades
de los bisontes,
mamuts y camélidos.
Sobre las extinciones
en Norteamérica,
hay una especie
de controversia.
Existe, por ejemplo,
la versión
de que estas extinciones
provocaron que Alaska
tenga suelos
con pocos nutrientes,
tanto que no tiene
la capacidad
de sustentar a caballos,
mamuts y bisontes.
No obstante,
se cree que esto
ha sido una mala interpretación
y que fue al revés,
que la extinción
de esta megafauna
fue lo que hizo
que los suelos
tengan tan pocos nutrientes,
sobre todo por la pérdida
del estiércol
como abono.
En Sudamérica,
cuando había megafauna,
las sabanas arboladas
eran más abiertas
y herbáceas.
La heterogeneidad
del paisaje
en esta región del mundo
pudo haber sido alterada.
Por otra parte,
se estima que hasta
un 29%
de la cobertura arbórea
de las sabanas
de América del Sur
sería menor
si la megafauna
no se hubiera extinguido.
Asimismo,
Siberia,
cuando era habitada
por los mamuts,
tenía un suelo
mucho más fértil
que el que tiene en la actualidad.
Los mamuts
mantenían grandes praderas
al derribar árboles,
pisotear el suelo
y dispersar nutrientes.
Los mamuts,
debido a sus hábitos
de pastoreo,
mantenían las praderas,
pero tras su extinción,
esas praderas
se convirtieron
en bosques de abedules
y los nutrientes
no se dispersaban
en los suelos.
Y es que los mamuts
derribaban árboles
a su paso.
Esos nuevos bosques
pudieron provocar
incendios forestales
que, a su vez,
habrían inducido
un cambio climático.
Eran muy numerosas
las especies
de la megafauna
que mantenían
la productividad
del ecosistema
que habitaban.
En la Amazonía,
se estima que
el transporte lateral
de nutrientes
realizado por grandes animales
cayó en más del 98%.
Esta ola de extinciones
fue drástica
y dejó un impacto
considerable
en la biogeoquímica
de nutrientes
del suelo del ecosistema,
pues los grandes animales
extintos
tenían una función
extremadamente trascendental
en la transferencia
horizontal de nutrientes
por medio de los paisajes.
Por ejemplo,
cuando desapareció
la megafauna amazónica,
disminuyó en más del 98%
el flujo lateral
del nutriente
limitante fósforo.
Esto hace
que los árboles
crezcan con cierta lentitud
en la cuenca oriental
del Amazonas.
Y en parte
del Amazonas occidental,
la falta de sodio
limita la vida animal.
Esos nutrientes
son esenciales
para el suelo
y, en ocasiones,
los ríos pueden arrastrarlos
a los bosques.
Pero lo habitual
era que los animales
de gran tamaño
los transportaran en su cuerpo
y los depositaran
en el suelo
a través de los excrementos.
Hay que decir
que los animales pequeños
cumplen esta función,
pero a distancias cortas,
de manera que no
solo hubo una pérdida
de animales,
sino también
de los nutrientes
que estos transportaban.
Y a pesar
de los miles de años
que han transcurrido
desde aquellas extinciones,
el suelo de la Amazonía
no se ha podido recuperar
y, según estimaciones,
es posible
que en los próximos milenios
sigan disminuyendo
en la Amazonía
y en el resto
de las regiones afectadas,
muy a pesar del uso
de fertilizantes
en la agricultura,
pues esta actividad humana
no concentra los nutrientes,
mientras que la megafauna
los distribuía
a grandes distancias.
Y los animales
de gran tamaño
de la actualidad
hacen esa distribución
también de manera reducida.
La extinción
de la megafauna
redujo las distancias
de dispersión
de las semillas grandes.
De acuerdo
con un estudio
basado en simulaciones
y publicado
en la revista Ecography
de la Nordic Society Oikos,
los frugívoros
de gran tamaño extintos
dispersarían frecuentemente
semillas grandes
a más de mil metros,
mientras que
los frugívoros
de menor tamaño
tienen más probabilidades
de depositar las semillas
a unos pocos cientos
de metros.
Esas mismas simulaciones
han permitido estimar
que la megafauna extinta
dispersaba semillas
a distancias
hasta 10 veces
más largas
que las que realizan
los mamíferos
de menor tamaño
que existen
en la actualidad.
Y esa dispersión
tras la extinción
del Pleistoceno
se redujo en Sudamérica
en por lo menos
dos tercios.
Todavía vivimos
dentro de las consecuencias
de aquella extinción.
Muchas plantas
tienen frutos
cuyas semillas
caen en un sitio
determinado
y allí germinan.
Esas semillas
están diseñadas
para ser esparcidas
por animales
de gran tamaño,
como los que pertenecían
a la megafauna
del Pleistoceno.
Algunas de esas plantas
posiblemente pudieron
extinguirse
relativamente poco después
de que lo hicieran
sus dispersores.
Las que sobrevivieron
al no ser esparcidas
porque esos animales
ya no existen,
presentan
un anacronismo evolutivo.
Este es el caso,
por ejemplo,
de las cícadas australianas,
cuyos posibles dispersores
eran los marsupiales gigantes
y las aves terrestres gigantes,
como el Hengiornis.
Esta planta
produce semillas grandes
recubiertas por una capa externa
carnosa.
Otro ejemplo australiano
es el Idiot Fruit,
también denominado
dinosaurio verde.
Las semillas de este fruto
no tiene hoy
un dispersor conocido.
En Norteamérica
está en el árbol
del café de Kentucky,
Gymnocladus ediochus
y la acacia de tres espinas,
solo por mencionar dos.
Vale mencionar
que la acacia de tres espinas,
además de tener
un fruto anacrónico,
ha conservado
grandes espinas ramificadas
y de las que se tiene
la hipótesis
de que surgieron
para defenderse
de herbívoros
que se extinguieron.
Por ejemplo,
el mastodonte americano.
Esto sería una muestra
de anacronismo
evolutivo defensivo.
Hay otros casos
en los que,
según se estima,
los frutos de ciertos árboles
perdieron
a sus consumidores originales,
pues estos árboles
dejan caer
sus enormes frutos
cuando aún no están maduros
o cuando recién lo están.
Es muy probable
que sus consumidores originales
no los arrancaban
de las ramas,
sino que los recogían
del suelo.
La pérdida de la megafauna
hizo que aumentaran
los incendios
en todo el mundo.
Cuando los megaherbívoros
se extinguieron
al final del Pleistoceno,
los incendios
podrían haber aumentado
de forma generalizada
en el mundo.
Y es que es muy probable,
como lo han permitido
observar
los sistemas modernos,
que durante el Pleistoceno,
la herbivoría
de la megafauna
probablemente haya reducido
la hojarasca
y la carga de combustible.
Sin embargo,
como le expone
un estudio publicado
en la revista científica
Los análisis conjuntos
de carbón fósil
y registros de esporomiela
indican que
los LQE
podrían haber aumentado
la actividad de incendios
en Madagascar,
América del Norte
y Australia.
No obstante,
si bien hay evidencia
que respalda
esta hipótesis científica,
no hay unanimidad
entre todos los expertos
en el tema,
puesto que también
hay posibilidades
de que esos incendios
hayan aumentado
por la intervención humana.
Se dejaron
de transportar nutrientes
a gran escala
como lo hacía
la megafauna.
La revista científica
Proceedings
of the National Academy
of Science
of the United States
of America
PNAS
expone los resultados
de un estudio
que no solo abarca
la extinción
de la megafauna terrestre,
sino también
los declives poblacionales
más recientes
en el ecosistema marino.
Y sobre la base
de ese estudio
informa lo siguiente.
La capacidad
de transformar nutrientes
desde zonas
de alta concentración
se redujo al 6%
de los valores anteriores
en tierra y océano.
El movimiento vertical
de fósforo
por parte
de los mamíferos marinos
se redujo
en un 77%.
Y el transporte
de fósforo
del mar a la tierra
por parte
de las aves marinas
y los peces anádromos
se redujo
en un 96%,
interrumpiendo así
una eficiente bomba
de distribución
de nutrientes
que antes existía
desde las profundidades marinas
hasta el interior
de los continentes.
Le debemos
el aguacate
a los mamuts
El aguacate
es una de las frutas
que más obsesión
provoca entre los seres humanos,
pero es cierto
que no existiría
sin la intervención
de la megafauna.
¿Y si hace 7.500 años
no lo hubiera salvado
la intervención humana?
El aguacate
habría aparecido
hace aproximadamente
400.000 años
en lo que es México.
No obstante,
era una fruta
más redondeada
que no solo tenía
una semilla más pequeña,
sino también
una piel más fina
que la que tiene actualmente.
Y su dispersión
por todo el territorio
fue posible
gracias a la megafauna.
¿Cómo lo hacían?
Pues devoraban
toda la fruta,
incluida la semilla.
Luego esparcían
la simiente
por medio de sus heces.
Así dieron lugar
a tres variedades
de esta fruta,
el aguacate mexicano,
el guatemalteco
y el antillano.
Estos enormes animales
tenían la suficiente altura
para arrancar
los aguacates
directamente de las ramas,
pero tras su extinción
ya la semilla
no se continuó
distribuyendo
a grandes distancias.
Esto último
solo fue posible
gracias a la intervención humana,
pues sin la megafauna
y lo que hacían,
los humanos tuvieron
que buscar
nuevas fuentes de alimento.
Así,
comenzaron a cultivar
el aguacate.
Sin duda,
a pesar de que no existen
desde hace 46.000 años
en Australia
y desde hace entre
12.000 y 13.000 años
en América,
la megafauna contribuyó
significativamente
a moldear gran parte
del ecosistema
que conocemos.
Aunque es innegable
que su extinción
ha dejado también
muchos estragos,
especialmente
en lo que se refiere
a los nutrientes
de los suelos.
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