La increíble historia de cómo el café conquistó el mundo

Raquel de la Morena
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15 Visualizaciones de video·5 ago 2024
¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Conocéis la apasionante historia
del café? ¿Sabíais que cuando llegó a Europa algunos sacerdotes católicos
intentaron prohibirlo asegurando que era “una amarga invención de Satanás”?
Cuenta la leyenda que, hace más de mil años, a un joven cabrero etíope llamado Kaldi le
gustaba tocar la flauta mientras pastoreaba a sus cabras por las montañas. Dejaba que se alejaran
libremente para buscar alimento y, cuando quería que regresaran para reagruparlas, tocaba con su
flauta una nota especialmente aguda que las cabras reconocían como su señal de llamada.
Pero, un día, cuando las llamó con su flauta, sus cabras no acudieron. Sorprendido, marchó en su
busca y las encontró en un bosquecillo de arbustos que nunca había visto: unas balaban sin parar,
otras corrían de aquí para allá, algunas se alzaban sobre sus patas traseras y parecían
bailar... e incluso había un par que se embestían con fiereza. ¿Qué les ocurría a sus cabras? ¿Por
qué se comportaban de una manera tan extraña? Kaldi se dio cuenta de que las cabras se comían
las hojas y las bayas rojas de aquellos arbustos misteriosos. ¿Serían venenosos? Las cabras, por
suerte, no enfermaron, aunque al joven pastor le costó mucho llevárselas de allí. Al día siguiente,
cuando volvió a llevar a pastar a sus cabras, estas se fueron directas hacia el arbusto.
Intrigado, Kaldi probó a masticar él también aquellas hojas y bayas. Al cabo de un rato,
estaba dando botes igual que sus cabras, cantando y componiendo en su mente nuevas canciones. Se
sentía feliz y lleno de energía, y corrió a contarles a su padre y los demás miembros de su
aldea el hallazgo de aquellos arbustos mágicos. Todos experimentaron los mismos efectos y,
como los consideraron beneficioso, pronto su consumo se integró en la cultura etíope.
Como habréis imaginado, esos arbustos de la leyenda eran cafetos y, en realidad, nadie
sabe exactamente cómo ni cuándo se descubrieron las propiedades de sus hojas y frutos y empezaron
a cultivarse. En lo que sí hay consenso es en que fue en Etiopía, concretamente en la provincia de
Kaffa, en las tierras altas de Abisinia, donde los cafetos crecen silvestres. Al principio,
los etíopes simplemente masticaban las hojas y las bayas, lo que, aunque no era una experiencia
agradable, les aportaba el estímulo provocado por la sustancia psicoactiva que contenían:
la cafeína. Más adelante, desarrollaron nuevos métodos para consumirla. La etnia oromo,
por ejemplo, aprendió a moler los granos y mezclarlos con grasa animal para preparar una
bolitas energéticas que les resultaban muy útiles durante las expediciones guerreras o de caza.
El cafeto no tardó en cruzar el mar Rojo. Probablemente fue durante el siglo VI, cuando los
etíopes invadieron Yemen y gobernaron allí durante cinco décadas. En aquella región del sur de Arabia
los miembros de una congregación de religiosos sufíes comenzaron a cultivar cafetos y a elaborar
un vino a partir de la pulpa de las bayas de café fermentadas. Empleaban aquella bebida dulce,
llamada qishr, durante las ceremonias religiosas. Alrededor del siglo XV, a alguien se le ocurrió
tostar los granos, molerlos y hacer una infusión con ellos. Esa bebida es la que llamamos café.
Los sufíes fueron, probablemente, los primeros que dieron un uso práctico al café, ya que lo
bebían para permanecer despiertos durante sus oraciones nocturnas. A finales del siglo XV los
peregrinos musulmanes propagaron el café más allá de la península arábiga, llevándolo hasta Persia,
Egipto y Turquía. Su consumo no tardó en popularizarse en el mundo islámico,
de modo que ya en el siglo XVI surgieron las primeras cafeterías. En ellas la gente encontró
un nuevo lugar de esparcimiento en el que podían charlar, escuchar música, jugar al ajedrez, hacer
negocios o componer versos mientras estimulaban sus mentes con el oscuro brebaje, que mezclaban
con especias como la canela o el cardamomo. El café estaba vinculado a la diversión. Demasiado,
para el gusto de las autoridades. En el año 1511, cuando el gobernador de La Meca, Khair Bey,
se enteró de que circulaban unos versos satíricos que se burlaban de él, y que estos habían sido
escritos en una cafetería, decidió que aquella bebida era una mala influencia para el pueblo,
al igual que el vino o el hachís, y prohibió su consumo. Sin embargo, el sultán de El Cairo,
que tenía autoridad sobre el gobernador y era un gran amante del café, revocó el edicto,
argumentando que se trataba de un producto de gran valor comercial.
En Constantinopla, la actual Estambul, el gran visir Köprülü también lo prohibió a mediados del
siglo XVI. En aquella ciudad, si te pillaban bebiendo café, las autoridades te daban una
paliza. Y si tu afición por la cafeína y el riesgo eran tan grandes que reincidías en el delito,
te metían en una bolsa de cuero y te arrojaban al Bósforo. A pesar de ello,
el café siguió bebiéndose en Constantinopla de manera clandestina y, con el tiempo,
su consumo se arraigó con tanta fuerza que las autoridades dejaron de castigar el incumplimiento
de la prohibición. En Turquía aquella bebida llegó a ser tan importante que
una mujer tenía derecho a solicitar el divorcio si su marido no le proporcionaba café a diario.
No es de extrañar que los turcos jugasen un papel destacado en la historia del café. En el año 1536,
cuando aún eran el Imperio otomano, ocuparon Yemen y comenzaron a exportar café desde allí a
todo los rincones de su imperio. Lo hacían desde el puerto de Moka, por lo que ese fue el nombre
que se dio a todo el café procedente de aquella zona. Desde Moka lo llevaban a Suez, y de Suez,
en camellos, hasta Alejandría, donde lo adquirían los comerciantes venecianos, quienes introdujeron
su consumo en Europa. Como se trataba de un producto exótico que solo ellos proporcionaban,
los otomanos obtenían grandes beneficios con él,
de modo que procuraron proteger su monopolio durante el mayor tiempo posible.
Pero... Hacia el año 1650, un peregrino musulmán llamado Baba Budan, logró sacar de Yemen de manera
clandestina siete semillas de cafeto y las llevó hasta el sur de la India, concretamente a las
montañas de Mysore, donde siguen cultivándose actualmente. Por otro lado, en 1658,
unos marinos neerlandeses lograron hacerse con un cafeto en el puerto árabe de Adén, en Yemen,
y sus brotes acabaron plantados en la colonia neerlandesa de Ceilán, la actual Sri Lanka. Para
1699, también se cultivaban cafetos en Sumatra, Timor, Bali y otras islas de la Indias orientales.
Hay que tener en cuenta que el café no puede ser
cultivado en cualquier sitio. Requiere de temperaturas suaves todo el año,
por lo que se cultiva en regiones tropicales y ecuatoriales, donde no hay invierno como tal.
A principios del siglo XVII, cuando el consumo de café comenzó a extenderse por Europa,
las autoridades religiosas cristianas se vieron
ante el mismo dilema que habían tenido los líderes musulmanes un siglo antes:
¿debían prohibir aquella bebida estimulante que agudizaba el ingenio y favorecía el pensamiento?
Algunos sacerdotes católicos creían que era una amenaza para el consumo de vino, que
muchos monjes producían y que, según ellos, había sido santificado por Cristo. Así que empezaron a
difundir que el café era “una amarga invención de Satanás”. Según afirma el investigador
estadounidense Mark Pendergrast en su libro 'El café: historia de la semilla que cambió el mundo',
hacia el año 1600, los consejeros del papa Clemente VIII le aconsejaron que prohibiera
el café, esa sospechosa invención de Satanás que les vendían los infieles desde el otro
lado del Mediterráneo con intenciones tan oscuras como el propio brebaje. Sin embargo,
tras probarlo, el papa exclamó: “¡Vaya!, esta bebida satánica es tan deliciosa que sería
una pena dejar que los infieles tuvieran su uso exclusivo. Embaucaremos a Satán,
bautizándola y convirtiéndola en una bebida auténticamente cristiana”. De ese modo, el
café fue simbólicamente bendecido para su consumo entre los católicos.
En cambio, los protestantes, en el norte de Europa, se mostraron menos receptivos hacia la
nueva bebida. En 1611, un grupo de terratenientes alemanes ejercieron medidas de presión para
prohibir su comercialización, lo que ralentizó la expansión del café en los Estados alemanes del
norte, de mayoría protestante, durante más de un siglo. A mediados del XVIII, el rey Federico II de
Prusia despenalizó su consumo. A cambio, eso sí, de gravarlo con un gran impuesto: era un producto
con demasiado potencial como para no lucrarse con él. No obstante, aquel monarca, más recordado como
Federico el Grande, también publicó un manifiesto a favor de la bebida más tradicional de su tierra:
“Resulta indignante –proclamaba el rey– notar el aumento en la cantidad de café consumida por mis
súbditos, y la igual cantidad de dinero que, como consecuencia, sale del país. Mi pueblo
debe beber cerveza. Su Majestad fue criado con cerveza, lo mismo que sus antepasados”.
Si hoy en día siguen apareciendo cada poco tiempo noticias contradictorias acerca de si el café es
positivo o negativo para la salud, imaginaos las dudas acerca del producto que había en el siglo
XVII, cuando el café era una sustancia desconocida que comenzaba a dar sus primeros pasos en Europa.
De hecho, al principio –en gran parte debido a su elevado precio– se consideraba una medicina que,
de vez en cuando, se permitían tomar las clases altas. Y, como tal, eran los
médicos los que opinaban sobre él, dando pie a todo tipo de afirmaciones pseudocientíficas. Así,
un médico francés se apresuró a afirmar que el café seca el líquido encefalorraquídeo y las
circunvoluciones cerebrales, dando como resultado agotamiento general, parálisis e impotencia”. En
Marsella, en 1679, un grupo de médicos alertó con preocupación de que el café estaba reemplazando
a una sustancia mucho más saludable: “Notamos con horror que esta bebida –escribieron– suele
desacostumbrar casi por completo a la gente del placer del vino”. Un par de décadas más tarde,
sin embargo, un médico parisiense encontró una sorprendente aplicación médica del café:
usarlo como enema para suavizar el intestino grueso y refrescar la piel. Como hemos dicho,
solo eran disparates del siglo XVII; no tratéis de hacerlo en casa.
Muy curioso fue el experimento realizado en Suecia por orden del rey Gustavo III para averiguar si
el café era bueno o malo para la salud. En el siglo XVIII, la nueva bebida se puso de moda
entre las clases altas, que comenzaron a beberlo en grandes cantidades, al igual que hacían con el
té. El mismo año en que nació el monarca, 1746, su padre y predecesor en el trono, Adolfo Federico,
preocupado por la salud de sus súbditos, promulgó un edicto en contra del “consumo excesivo del té
y el café”, a los que gravó con elevados impuestos. A quien no los abonaba, le caía
una multa y le confiscaban las tazas y los platos. Si querían beber café, ¡que lo hicieran en vaso!
Pero el consumo no decayó. Ni siquiera cuando se prohibió por completo el café.
Al poco de ser coronado rey, Gustavo III, decidido a demostrar a la población que el café era una
amenaza para la salud pública, ordenó que se llevara a cabo un experimento con dos hermanos
gemelos que habían sido juzgados y condenados a muerte. Les ofrecieron cumplir cadena perpetua
en lugar de ser ejecutados con la condición de que uno de los gemelos se bebiera cada día tres tazas
de café durante el resto de su vida. El otro gemelo, para comparar, se bebería tres tazas
de té diarias. Para supervisar el experimento, se designó a dos médicos, que debían informar de los
resultados al monarca. ¿Cuál fue el resultado? Al parecer, ambos médicos murieron antes que los
prisioneros a los que estudiaban, quienes vivieron incluso más que Gustavo III, asesinado en 1792 de
un disparo en la espalda durante un baile de máscaras. Por si os lo estáis preguntando, lo
mataron conspiradores políticos, no fanáticos del café. El experimento prosiguió tras la muerte del
rey. ¿Y cuál de los dos gemelos vivió más tiempo? Pues fue el que tomaba café. Aunque se desconoce
con qué edad murió, tuvo que ser muy avanzada, porque su hermano, el que tomaba té, falleció
con 83 años. En 1820 se levantó definitivamente la prohibición de consumir café y, en la actualidad,
Suecia es el sexto país del mundo donde más café se consume: casi dos tazas al día por persona.
Solo lo superan, por este orden, Finlandia –donde beben de media cuatro tazas al día–,
Noruega, Islandia, Dinamarca y Países Bajos. Está claro que a los nórdicos les apasiona el café.
Por cierto, algunos de vosotros, sobre todo si soléis tomar café,
os estaréis preguntando qué dicen hoy los expertos sobre el impacto que un consumo regular de esta
bebida tiene en nuestra salud. ¿El café es bueno o malo para nuestro cuerpo? Seguramente
muchos tenéis la idea de que el consumo de café puede aumentar el riesgo de arritmias cardiacas,
ya que se considera un excitante, pero, muy al contrario, como veremos ahora,
la ciencia considera al café, en general, un aliado de la salud cardiovascular.
La Agencia Internacional para la Investigación sobre el Cáncer, que forma parte de la
Organización Mundial de la Salud, la OMS, realizó hace unos años un estudio sobre si el consumo de
café estaba asociado con una mayor o menor mortalidad. La investigación se llevó a cabo
con más de medio millón de participantes de 10 países europeos, y, para vuestra tranquilidad, los
resultados, publicados en 2017, sugieren que el consumo de café está asociado “con un menor riesgo
de muerte por diversas causas, y en particular por enfermedades digestivas y circulatorias”.
Otro estudio, este publicado en 2022 en el 'European Journal of Preventive Cardiology',
también llegó a la conclusión de que tomar café molido, instantáneo y descafeinado,
entre dos y tres tazas al día, está relacionado con una mayor esperanza de
vida y un menor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares en comparación con aquellas
personas que no consumen nada de café. Dicha investigación incluyó a más de 449.000 personas,
de entre 40 y 69 años, que al inicio del estudio no sufrían arritmias ni enfermedades
cardiovasculares. La mediana de seguimiento de estos individuos fue de doce años y medio.
La cafeína, según aclara el autor del estudio, el profesor Peter Kistler, del Instituto
Baker de Investigación Cardíaca y Diabetes de Melbourne, es el componente más conocido del café,
pero en realidad esta bebida “contiene más de 100 componentes biológicamente activos” y,
según sus palabras, es probable que esos compuestos “fueran los responsables de las
relaciones positivas observadas entre el consumo de café, las enfermedades
cardiovasculares y la supervivencia”. “Nuestros hallazgos indican”, añadió el profesor Kistler,
“que no se debe desalentar el consumo de cantidades moderadas de café de todo tipo,
sino que se puede disfrutar como una conducta saludable para el corazón”.
Las investigaciones médicas empiezan a hallar pruebas bastante consistentes de que el café,
gracias a sus efectos antioxidantes y antiinflamatorios, puede incrementar
nuestra longevidad y mejorar nuestra calidad de vida. Según la OMS, un adulto sano puede consumir
entre tres y cuatro tazas de café al día, hasta 400 miligramos de cafeína, sin que eso suponga
un riesgo para nuestra salud. Eso sí, cuidado con el azúcar que le echáis, porque ya sabéis que no
es nada recomendable para vuestra salud pasarse con la ingesta de azúcar en vuestra dieta. ¿Y qué
café sería la opción más saludable? El filtrado, y mucho mejor si elegimos granos de tueste natural.
Parecen buenas noticias para los que bebéis café, ¿verdad? Pero, por supuesto,
tened en cuenta que en cuestiones médicas, como en todo en esta vida, nunca se debe generalizar,
así que si sufrís arritmias o cualquier otra enfermedad o estáis tomando medicamentos,
os recomendamos que le consultéis a un experto en medicina si el consumo de café, en vuestro caso,
podría perjudicar vuestra salud. Tampoco está de más explicar que los niños no deben tomar cafeína
y que las mujeres embarazadas o que intentan quedarse embarazadas, así como las que están dando
el pecho a sus bebés, deberían tratar con sus médicos la posibilidad de suprimir la cafeína o,
al menos, reducirla a una cantidad inferior a los 200 miligramos diarios, ya que hay estudios
que señalan que un mayor consumo materno de cafeína está asociado con un mayor riesgo
de restricción del crecimiento fetal e incluso podría aumentar el riesgo de sufrir un aborto.
En una investigación publicada en 2023 por científicos de la Agencia Internacional para
la Investigación del Cáncer, que depende de la OMS, observaron una posible asociación
entre el consumo materno de café y/o bebidas con cafeína durante el embarazo y el periodo de
lactancia con un mayor riesgo de que el pequeño pudiera desarrollar leucemia aguda infantil,
uno de los tipos de cáncer más comunes en niños. Los resultados no fueron concluyentes y hay que
llevar a cabo más estudios al respecto, pero no está de más tenerlo en cuenta. En cualquier caso,
como os hemos dicho antes, debéis plantear todas vuestras consultas
siempre a un experto médico, que será quien mejor podrá ayudaros a resolver esas dudas.
Pero regresemos a la Francia del siglo XVII, concretamente a la capital, París. En 1689,
un inmigrante siciliano llamado Francesco Procopio dei Coltelli abrió su famoso Café
Procope. Estaba situado justo enfrente del teatro de la Comédie-Française, que había sido fundada
nueve años antes por un decreto de Luis XIV para fusionar las dos compañías teatrales parisinas
que existían entonces: la del Hôtel Guénégaud y la del Hôtel de Bourgogne. El caso es que,
gracias a aquella ubicación privilegiada, el Café Procope se convirtió en punto de
reunión de actores y dramaturgos, primero, y de filósofos y revolucionarios más adelante.
Voltaire y Rousseau lo frecuentaban y se cuenta –aunque no hay modo de saberlo con certeza– que
la idea de crear la 'Enciclopedia' nació allí de una conversación entre Jean Le Rond d'Alembert y
Denis Diderot, quien escribió allí algunos de los artículos de aquella obra. También
tomaba café allí Benjamin Franklin cada vez que visitaba París. En su novela epistolar
'Cartas persas', publicada en 1721, Montesquieu aludió al café Procope, con este párrafo:
“El café se consume mucho en París: hay un gran número de tabernas donde se distribuye.
En algunas de estas casas se cuentan noticias, en otras se juega al ajedrez. Hay uno donde el
café se prepara de tal manera que da espíritu a quien lo toma: de todos los que salen de él,
no hay quien no crea que tiene cuatro veces más espíritu que cuando entró”.
Tal vez aquel modo especial de preparar el café que mencionaba Montesquieu fuese el que
comenzó a estilarse en Francia poco años antes: mezclado con leche. Según la marquesa de Sévigné,
aquella forma de servir el café era “lo más maravilloso del mundo”, y pronto los franceses
se acostumbraron a tomar 'café au lait' con el desayuno, más agradable al paladar que el fuerte
y negro café al estilo turco. Aunque no a todos les gustaba el café suavizado con leche. Honoré
de Balzac, por ejemplo, lo tomaba en forma de un mejunje casi sólido, más engrudo que bebida.
Pulverizaba los granos tostados y los ingería vertiendo en ellos una mínima cantidad de agua,
normalmente con el estómago aún vacío. ¿El motivo? La estimulación mental y creativa,
que describió con las siguientes palabras: “Todo se agita. Las ideas se ponen en movimiento,
como batallones de un ejército grandioso en su legendario campo de batalla, y comienza la
lucha. Los recuerdos atacan con sus brillantes banderas en alto; la caballería de la metáfora
se despliega en un magnífico galope. Las figuras, las formas y los personajes se yerguen;
la tinta se esparce sobre el papel... y el trabajo de todos los días comienza y termina
con torrentes de esa agua negra, como la batalla se inicia y concluye con la negra pólvora”.
Conforme avanzaba el siglo, el perfil de la clientela intelectual que se reunía en los
cafés parisinos comenzó a mutar en paralelo al clima político. En el Café Procope los literatos
y filósofos dieron paso a los revolucionarios: Danton, Marat, Robespierre... Allí se exhibió
por primera vez el gorro frigio, símbolo de la libertad y el republicanismo.
¿Pudo influir el consumo de café en la revolución intelectual que precedió a la revolución social y
política? Algunos historiadores, como el reputado Jules Michelet,
opinaron que la llegada del café a Francia “creó nuevas costumbres e incluso modificó el
temperamento humano”. Desde luego, el consumo de vino descendió, y las cafeterías ofrecían,
como hemos mencionado, un punto de encuentro donde los intelectuales intercambiaban ideas y
debatían con la mente estimulada por la cafeína en lugar de tenerla embotada por el alcohol.
Más llamativo incluso que el origen del Café Procope, que por cierto continúa abierto en París,
lo fue el de la primera cafetería de Europa central, la Blauen Flasche –es decir, Botella
Azul–, abierta en Viena en 1683, supuestamente por el polaco Jerzy Kulczycki, héroe de guerra.
Pocos meses antes, en julio de aquel año, el ejército otomano, que había iniciado una guerra
contra el Sacro Imperio Romano Germánico, sitió Viena con 120.000 hombres, el ejército musulmán
más numeroso que se había visto desde los tiempos de Saladino. El conde de Starhemberg,
al mando de la defensa de la ciudad, necesitaba un mensajero capaz de atravesar las líneas turcas
para llegar hasta sus aliados polacos. Kulczycki se presentó voluntario para la peligrosa misión.
Había vivido en el mundo árabe durante muchos años y, ataviado con un uniforme turco,
logró pasar desapercibido y contactar con el rey polaco Jan III Sobieski, quien llegó justo
a tiempo de salvar a la ciudad y obligar a los turcos a levantar el sitio tras una dura batalla.
En su apresurada retirada, los otomanos abandonaron todo tipo de enseres,
animales y provisiones, entre los que había casi quinientos kilos de unos granos extraños
que los vieneses tomaron por pienso para camellos. Y como en Viena no tenían camellos,
decidieron quemarlos. Pero en cuanto Kulczycki percibió el aroma que salía de aquella hoguera,
detuvo horrorizado la quema. Él, que había vivido con los turcos y estaba familiarizado
con el tueste y la elaboración del café, sabía bien qué era aquello y el valor que podía tener.
Dado que no querían el contenido de aquellos sacos para nada, se ofreció a llevárselos
él como recompensa por su hazaña. Y se los entregaron. Con todo aquel café en su poder,
abrió la cafetería Blauen Flasche. Aunque debemos señalar que este último punto,
el de que Kulczycki fundó aquella cafetería, que tradicionalmente se había considerado cierto,
ha sido puesto en duda en los últimos años por algunos historiadores, del mismo modo
que existe un debate acerca de si aquel héroe del asedio de Viena era de origen polaco o ucraniano.
Antes hemos comentado que, en los Estados alemanes, el café fue acogido inicialmente con
reticencia en la zona norte, de mayoría protestante. A pesar de ello,
la bebida se hizo tan popular y polémica que incluso Johann Sebastian Bach le compuso una
obra dedicada a ella, la humorística 'Cantata del Café', de la que os hablaremos con detalle
en el megavídeo de más de dos horas que estamos preparando sobre el músico. En aquella cantata,
un comerciante rico le prohíbe a su hija que tome café, ya que la considera una bebida perniciosa,
pero, pese a todas las amenazas, la joven no dará su brazo a torcer. “¡Si no puedo tomar
mi pequeña taza de café tres veces al día, no soy más que un trozo reseco de cabrito asado!”,
afirmaba la protagonista de la cantata. Otro compositor alemán inmortal, Beethoven, también
era un gran amante del café, y se cuenta que para prepararse cada taza molía exactamente 60 granos.
En Inglaterra, un judío libanés de apellido Jacobs abrió la primera cafetería del país
en el año 1650, en la Universidad de Oxford. Medio siglo más tarde,
ya eran más de dos mil las cafeterías inglesas. Al igual que sucedería poco después en Francia,
aquellos lugares se convirtieron en foco de ideas liberales y no tardaron en competir de tú a tú
con las tabernas. El 29 de diciembre de 1675, el rey Carlos II, preocupado por la creación
y distribución de panfletos antimonárquicos en las cafeterías, proclamó la supresión de estas,
que entraría en vigor doce días más tarde, el 10 de enero del 76. Sin embargo, las protestas
de la población fueron tan intensas que al rey no le quedó más remedio que recular por miedo
a un alzamiento, y retiró la prohibición dos días antes de que entrara en vigor.
Según comentaba un articulista británico de la época, la introducción del café había
sido positiva para la sociedad, ya que, en sus propias palabras:
“Antes los primeros aprendices y los empleados solían recurrir a la cerveza
o al vino para el trago mañanero, lo que, debido al mareo que esas bebidas causan,
los volvía poco aptos para el desempeño de su trabajo. En cambio ahora acostumbran a
desempeñar el papel de buenos compañeros gracias a la civilizada manera de beber que ofrece el café”.
Pero no todo el mundo opinaba igual. Las mujeres londinenses publicaron un texto titulado 'Petición
de las Mujeres contra el Café', en el que acusaban a la nueva bebida de la falta de rendimiento
sexual de sus maridos. “Encontramos últimamente –escribieron– una notable decadencia de aquel
auténtico vigor inglés. Jamás los hombres usaron pantalones tan grandes ni llevaron en ellos menos
temple. El uso excesivo de ese moderno, abominable y pagano licor llamado café ha convertido
a nuestros esposos en eunucos e inutilizado a nuestros mejores galanes”. Según aquellas mujeres,
el café tampoco había mermado el consumo de alcohol, a juzgar por su descripción de la jornada
habitual de los varones: “Pasan la mañana en una taberna hasta que alguno de ellos está borracho
como una cuba; entonces se van a la cafetería y beben para volver a estar sobrios. Luego regresan
a la taberna y se van otra vez tambaleándose para ponerse sobrios una vez más con el café”.
Para alegría de aquellas mujeres, el té acabó desplazando al café como la bebida preferida en
Inglaterra, debido, entre otros factores, a que en la India, la joya del imperio colonial británico,
se cultivaba mucho más té que café y a que el té era mucho más sencillo de preparar:
no hacía falta tostarlo, molerlo ni consumirlo fresco.
Sería precisamente por oposición al triunfo del té entre los británicos por lo que el consumo de
café se asentaría en las colonias norteamericanas. La primera cafetería se abrió en Boston en 1689,
y sería en aquella misma ciudad, en una mezcla de taberna y cafetería llamada Green Dragon, donde
se reunirían hombres como John Adams, Paul Revere, John Hancock o James Otis, algunos de los primeros
instigadores de la rebelión contra los británicos. Y fue allí donde se planeó el famoso motín del té.
La venta de té a las colonias americanas era monopolio de la Compañía Británica de
las Indias Orientales, a la cual los colonos boicoteaban comprando el té a los neerlandeses
de manera clandestina. En 1765, Londres aprobó la Ley del Sello,
un nuevo impuesto directo para las trece colonias norteamericanas que fue visto como un abuso
intolerable, como un intento del Parlamento Británico de socavar la autonomía colonial.
A pesar de que la Ley del Té de 1773 redujo notablemente el precio del té importado
legalmente, cuando a finales de noviembre de aquel mismo año llegó al puerto de Boston el Dartmouth,
el primero de varios barcos cargados de té de la Compañía Británica de las Indias Orientales,
se reunieron asambleas multitudinarias de colonos
enfurecidos que impidieron que la mercancía fuera desembarcada.
En la noche del 16 de diciembre, entre 30 y 130 miembros de un grupo de patriotas
americanos llamados los Hijos de la Libertad, algunos de ellos disfrazados de nativos mohawk
para ocultar su identidad, asaltaron el Darthmouth y otros dos barcos que habían
llegado poco después con más té –el Eleanor y el Beaver– y arrojaron por la borda sus cargamentos.
Aunque es probable que muchos de los participantes e instigadores
de aquella acción fueran contrabandistas de té neerlandés y actuaran movidos por
intereses económicos –ya que ahora que el té legal era barato perderían su modo de vida–,
el motín del té de Boston está considerado un acontecimiento precursor de la guerra
de Independencia de los Estados Unidos. ¿Por qué motivo? Porque ayudó a acelerar
e intensificar el apoyo colonial a la revolución. No consumir té se convirtió
en un gesto patriótico y el café se coronó como la bebida preferida de los independentistas.
Merece la pena contar también la historia del oficial de marina francés Gabriel Mathieu de
Clieu, gracias al cual comenzó a cultivarse café en América en la década de 1720. Y es que,
aunque como hemos mencionado antes, en 1689 ya se había abierto la primera cafetería en Boston,
todo el café era importado, principalmente desde África. Aún no se cultivaba en el Nuevo Mundo.
En 1714 los neerlandeses obsequiaron al rey francés Luis XIV con una planta de café de la
especie arábica, de la que algunos especímenes descendientes se cultivaron en el Real Jardín
de Plantas Medicinales de París. Aquí debemos explicar que existen dos variedades principales
de café: las procedentes del cafeto arábigo y del cafeto robusta. La especie original y la más
cultivada es la arábica, llamada así porque es la que, procedente de Etiopía, comenzó a cultivarse
en la península arábiga. Aunque requiere condiciones más exigentes para crecer, representa
el 75% de la producción mundial, y se caracteriza por tener un sabor más complejo y sutil que la
variedad robusta, que es originaria del Congo y es mucho más resistente y menos exigente a la hora de
ser cultivada. La robusta también tiene un sabor mucho más intenso y ácido, y sus granos contienen
el doble de cafeína que la arábica; además, es menos aromática. Aunque el café de variedad
arábica es el preferido de la gran mayoría de los consumidores, el café robusta es con el que
se fabrican casi todos los cafés instantáneos y los molidos baratos para cafeteras de filtro.
¿Por dónde íbamos? Ah, sí, la planta de café que le habían regalado a Luis XIV. Pues bien,
diez años más tarde, Gabriel Mathieu de Clieu, un capitán de la infantería de marina treintañero,
fue destinado a la isla de Martinica. Antes de partir, gracias a la ayuda de monsieur Chirac,
médico personal del rey, logró hacerse con una planta de café del Real Jardín y embarcó con ella
en una travesía llena de aventuras. Su barco estuvo a punto de ser capturado por un navío
corsario, casi se hunde durante una tormenta y permaneció un mes prácticamente parado en
la zona de calmas ecuatoriales. De Clieu tuvo que compartir su ración diaria de agua dulce
con la planta para lograr que sobreviviera a la dura travesía, pero finalmente lograron llegar a
Martinica, donde la plantó y se reprodujo. Aunque son muchos quienes consideran que
gran parte de la producción mundial de café actual deriva de aquella planta aventurera,
hay indicios de que otras plantas parecidas llegaron de manera paralela a América
en fechas similares o incluso un poco anteriores,
como la que plantaron los neerlandeses en Surinam –antiguamente conocida como Guayana Holandesa–,
probablemente en 1718, desde donde pasó a cultivarse también en la vecina Guayana Francesa
Por su parte, los portugueses llevaron las primeras plantas a Brasil en 1727.
Aunque sobre esto también hay una leyenda: la del sargento mayor Francisco de Melo Palheta,
enviado por las autoridades portuguesas de Brasil a mediar en una disputa fronteriza entre
la Guayana Holandesa y la Francesa. Se cuenta que la verdadera intención de Melo Palheta era hacerse
con algunas semillas de las codiciadas planta de café que ambas Guayanas custodiaban celosamente.
En Cayena, la capital de la Guayana Francesa, el enviado de Brasil logró seducir a la esposa
del gobernador de la ciudad, madame D'Orvilliers. Una vez concluidas las negociaciones fronterizas,
se celebró un banquete de despedida, y al finalizar este madame D'Orvilliers le
entregó a su amante un ramo de flores entre las que se camufló una plántula de café. Gracias a
ella –según la leyenda– el café pudo comenzar a cultivarse en Brasil, que un siglo más tarde
se convertiría en el principal productor mundial... gracias a la explotación de dos
millones de esclavos. Se estima que, a lo largo de la historia, unos cinco millones de esclavos
africanos, más de la mitad del total de los que llegaron a América, fueron a parar a Brasil.
Porque el cultivo de café es muy laborioso y requiere de mucha mano de obra, y cuando los
europeos empezaron a cultivarlo en sus respectivas colonias tropicales, desde luego no pensaban ser
ellos los que sudaran bajo el sol. Para eso estaban los esclavos. Pongamos el foco, por
ejemplo, en la isla de La Española, actualmente ocupada por la República Dominicana, en el este,
y Haití, en el oeste. Pues bien, en el siglo XVIII, mientras que la parte oriental era una
provincia de España –la capitanía general de Santo Domingo–, la zona occidental de la isla era una
colonia francesa llamada Saint-Domingue que, hacia 1788, cultivaba la mitad de la producción mundial
de café, una mercancía que dejaba unos márgenes de beneficio muy elevados... si empleabas mano de
obra esclava, por supuesto. Para mantener aquella elevadísima producción de café, y la no menos
enorme producción de azúcar, en Saint-Domingue había medio millón de esclavos africanos
sometidos a un salvaje e inhumano régimen de explotación por apenas 30.000 colonos blancos.
Sí; esa idea que se os acaba de pasar por la cabeza también se les ocurrió a los esclavos.
Aprovechando el estallido de la Revolución francesa en 1789 y el desorden político
posterior en la metrópoli, los esclavos de Saint-Domingue hicieron lo propio en 1791:
comenzaron a matar a sus amos, quemaron la mayor parte de las plantaciones y sumieron a la
colonia en una guerra civil. Después de más de una década de vaivenes políticos, el primer cónsul de
Francia, Napoleón Bonaparte –a quien, por cierto, le gustaba tomar café mientras jugaba al ajedrez–,
envió a un cuñado suyo, Charles-Victoire-Emmanuel Leclerc –estaba casado con Pauline Bonaparte–,
para que recuperara el control de la colonia al mando de un ejército de 31.000 soldados.
De ellos perecieron 23.000, incluidos veinte generales y el propio Leclerc,
que sucumbió a la fiebre amarilla. Para que os hagáis una idea del plan de reestructuración de
recursos humanos que planeaba llevar a cabo Leclerc antes de enfermar, en una carta que
envió a Napoleón le sugería lo siguiente: “Hay que suprimir a todos los negros de las montañas,
hombres y mujeres, conservando solo a los niños menores de doce años, exterminar a la mitad
de los negros de las llanuras y no dejar en la colonia ni un solo mulato que lleve charreteras”.
La derrota de los franceses condujo a la proclamación del Primer Imperio de Haití. Cuando
Napoleón se enteró de la pérdida de sus soldados exclamó: “¡Maldito café! ¡Malditas colonias!”.
Ya avanzado el siglo XIX, a medida que aumentaban los territorios dedicados
al cultivo de café –especialmente en Brasil y Colombia–, creció también la producción mundial,
lo que abarató progresivamente el precio del café y contribuyó a que su consumo
se extendiera aún más entre las clases trabajadoras de Europa y Estados Unidos.
A lo largo de todo ese siglo, el XIX, los procesos de descolonización y abolición de la esclavitud en
América transformaron el cultivo del café en una actividad comercial justa para los agricultores
que contribuyó al progreso económico y la igualdad de todos los grupos sociales... No, qué va; ojalá
hubiese sido así. La canción siguió siendo la misma, aunque fuera interpretada bajo banderas con
otros colores y se bailara con otros grilletes. En casi todos los nuevos Estados del centro y el
sur de América los terratenientes y oligarcas siguieron explotando a la mano de obra nativa,
a veces como esclavos de facto, bajo un régimen de servidumbre por deuda en el que estaban obligados
a trabajar para saldar dicha deuda. Y lo peor de todo es que no son pocas las regiones cafetaleras
donde aún pervive ese tipo de explotación, donde los recolectores de las plantaciones
no son capaces de realizar sus compras fuera de la hacienda en la que trabajan a causa de sus
largas jornadas laborales o por limitaciones como la falta de transporte. De ese modo,
el único lugar donde pueden adquirir alimentos y otros productos básicos
es en un establecimiento que pertenece al hacendado que los emplea. Al percibir un
salario bajo y tener que pagar precios abultados por la falta de competencia,
acaban empobrecidos o incluso endeudados pese a trabajar largas jornadas.
No obstante, en la actualidad la mayoría de los productores de café no son grandes terratenientes,
sino pequeños agricultores y sus familias. Según datos de la OIT,
la Organización Internacional del Trabajo, un organismo especializado de las Naciones Unidas,
al menos 25 millones de personas en los países productores dependen directamente del café para
su sustento. De media, los productores de café perciben tan solo entre un 7 y un 10% del precio
de venta al consumidor. En Brasil, reciben solo el 2%. Por ello, cuando el precio del café cae
en los mercados internacionales, algunos se ven obligados a reducir los costes laborales
empleando todas las manos disponibles en su familia, incluidas las de los niños.
La explotación infantil es una de las lacras de la industria cafetera. Dado que se requiere
una gran cantidad de trabajadores durante la cosecha en comparación con el resto del año,
los contratos laborales estacionales suelen ser la norma. Los propietarios de las plantaciones
contratan –pero a menudo sin registrarlos legalmente– a un gran número de trabajadores
temporeros, quienes pueden llevar a sus familias para ayudar a ganar un salario a destajo. La
composición general de la fuerza laboral varía según el país, pero la OIT afirma que los niños
constituyen una proporción cada vez mayor de los trabajadores en las plantaciones de café.
Por supuesto, con los niños en las plantaciones, el gran ascensor social, la educación, se frena,
lo que perpetúa la frágil situación económica de las familias de los recolectores y pequeños
productores. Pero no se puede juzgar a los padres por ello, cuando la subsistencia de sus familias
está en juego. En muchas regiones cafeteras, el trabajo infantil está tan asumido que las
vacaciones escolares coinciden con la temporada de recolección. ¿No se puede hacer nada más?
La auténtica solución, y la más justa, pasaría por lograr que los caficultores ganaran un porcentaje
mayor sobre el precio de venta final. El café es el segundo producto que más dinero
mueve en las Bolsas a nivel mundial. Solo lo supera el petróleo. El 40% de la población
mundial consume café de manera regular. ¡Más de 2.000 millones de tazas al día! De hecho,
es el producto más consumido del planeta después del agua.
Si estás cultivando un producto con semejante demanda, ¿por qué eres pobre? La respuesta
principal, como todo agricultor sabe, son los intermediarios. Primero están los compradores
locales que adquieren las cosechas, luego los transportistas, los tostadores, los exportadores
y los distribuidores en el país de destino, como las tiendas y cafeterías. Estas últimas se
quedan más o menos con la mitad de lo que pagas por un café. Por supuesto, no son beneficios,
solo ingresos: las tiendas y cafeterías tienen sus propios costes, que no son pocos.
Pero aparte de todos esos intermediarios entre el productor y el consumidor final,
en el precio del café también influyen los especuladores que obtienen beneficios
comprando y vendiendo contratos en los mercados de futuros de las principales
bolsas internacionales. Los especuladores no necesitan el café que están comprando o vendiendo;
solo les interesa que haya fluctuaciones en el mercado para poder ganar dinero al
comprar contratos de cosechas futuras cuando su precio estimado está subiendo y venderlos
más tarde a un precio superior del que ellos pagaron. Por lo general,
venderán cuando vean que su precio ya no sube más o empieza a descender.
Estos juegos especulativos afectan a los precios del café en los mercados, donde, por supuesto,
también participan los coberturistas, que representan a las partes involucradas realmente
en la cadena de suministro del café, desde los productores hasta los exportadores y tostadores,
quienes pueden estar interesados en adquirir contratos a futuro para protegerse de posibles
fluctuaciones drásticas de los precios. Cuando, por ejemplo, una empresa que se dedica
a tostar café sospeche que se va a producir un desabastecimiento de granos por largas temporadas
de lluvias en Brasil, tenderá a realizar compras anticipadas para garantizar su abastecimiento y
no tener que pagar un dineral más adelante por el café si se confirma que la cosecha ha sido
muy escasa. En una situación así, los precios tenderán a subir; por contra, si hay tranquilidad
y se espera que el precio de una materia prima se mantenga estable, su precio tenderá a bajar,
porque los compradores no tendrán la necesidad urgente de asegurarse el suministro. Por un lado,
estos mercados bursátiles son útiles para los productores, tostadores y comercializadores de
café porque encuentran liquidez y seguridad en las transacciones. Pero cuando el volumen de
las inversiones en café es muy alto –lo que puede suceder por juegos especulativos–, el
precio internacional del café baja, lo que genera inestabilidad e incertidumbre entre los pequeños
productores de café, que pueden encontrarse con que el precio de venta de su cosecha es inferior
a los costes de producirla. Y entonces deben abaratar costes en la mano de obra y entran
en el ciclo que ya hemos mencionado, en el que la mano de obra infantil es un engranaje recurrente.
¿Se puede romper este círculo vicioso? Sí, si todos los actores de la cadena de valor del
café se pusieran de acuerdo para crear mecanismos de estabilización de precios. En 1962, la mayoría
de los países productores de café y casi todos los países desarrollados consumidores de café
firmaron el Convenio Internacional del Café –el ICA, por sus siglas en inglés– para estabilizar
los precios mundiales del café mediante cuotas obligatorias de exportación. Ese sistema logró
mantener los precios del café altos a pesar de las grandes fluctuaciones de la producción mundial:
da igual si has producido mucho, solo puedes exportar una cantidad determinada. Sin embargo,
las presiones sobre el ICA aumentaron tras la aparición de nuevos proveedores de café.
Como los principales productores no pudieron llegar a un acuerdo sobre cómo asignar las
cuotas de exportación, el Convenio del Café se suspendió en julio de 1989. Tras la suspensión,
los precios del café cayeron un 40%. En 2007 se renovó y volvió a entrar en vigor en 2011.
Pero en 2018, Estados Unidos, el principal consumidor mundial, se retiró del Convenio.
Por último, en la incierta y precaria situación que sufren los pequeños caficultores también
juegan un papel fundamental los grandes compradores, empresas que, por su tamaño,
se permiten adquirir volúmenes enormes de café que pueden almacenar y sacar al mercado cuando
les conviene, lo que afecta a los precios a la baja. Actualmente, teniendo en cuenta la inflación
acumulada, las grandes multinacionales, que en muchos casos cubren todas las etapas intermedias
de la cadena de suministro del café, desde la adquisición local hasta la venta al consumidor
final, pasando por el tueste y el transporte, compran el café a los pequeños productores a
precios inferiores a los que se pagaban en 1983. Si esas compañías, que en algunos casos se llevan
más de un 92% del precio final de venta, tuviesen la voluntad de pagar a los caficultores un precio
más justo, las condiciones de vida de estos podrían ser muy diferentes. ¿Llegará el día
en que las multinacionales decidan reducir una pequeña fracción de sus ingresos para mejorar
la situación de millones de personas en los países productores?
Por soñar, que no quede.
¿Y vosotros? ¿Qué opináis de la historia del café? ¿Os estáis
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