¿Qué ocurrió realmente en la Tregua de Navidad de la Gran Guerra?

Raquel de la Morena
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333 Visualizaciones de video·29 dic 2024
¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Conocéis la historia de la improvisada tregua de
Navidad que logró interrumpir la Primera Guerra Mundial? ¿Sabíais
que cantar el villancico 'Noche de Paz' juntos, cada quien desde su trinchera,
sirvió para romper el hielo entre los soldados de ambos bandos?
Los días 24 y 25 de diciembre de 1914, tuvo lugar en los campos de batalla de Francia y Bélgica,
un histórico momento de paz y fraternidad humana que detuvo brevemente la masacre despiadada de la
Primera Guerra Mundial. Brotó de manera espontánea desde las filas de los dos bandos enfrentados,
de la iniciativa de unos hombres que prefirieron cantar, charlar e intercambiar regalos en lugar
de matarse unos a otros como les ordenaban sus superiores. Fue un asombroso fogonazo de esperanza
en medio de un conflicto que se cobraría la vida de más de 15 millones de personas.
Lo primero que es necesario aclarar es que la conocida como tregua de Navidad no tuvo
carácter oficial ni se produjo en un único lugar. Fue en diferentes puntos del frente
donde los soldados de bandos enemigos confraternizaron en mayor o menor grado
durante las fechas aledañas a la Navidad de 1914. De hecho, en el frente oriental,
también se produjeron encuentros en tierra de nadie entre los combatientes rivales,
al parecer iniciados por oficiales austrohúngaros y secundados por los rusos con agrado.
Todavía hoy perduran los debates acerca de diversos aspectos de lo que sucedió realmente,
como el tipo de actividades que llevaron a cabo de manera conjunta soldados de ambos
bandos o en qué sectores concretos del frente se produjo la tregua, pero por lo general se
estima que unos 100.000 soldados decidieron no usar sus armas aquella Navidad. Es decir,
dos tercios de las tropas desplegadas sobre el terreno. Eso sí, no se trató de un alto
el fuego universal: en muchas zonas se siguió combatiendo y, al menos en un par de lugares,
quienes trataron de confraternizar con sus enemigos fueron rechazados a balazos por estos.
La Primera Guerra Mundial había comenzado hacía apenas cinco meses. A principios de diciembre,
el papa Benedicto XV solicitó a los bandos contendientes que establecieran una tregua
navideña, pero su petición fue rechazada. El alto el fuego que se llevó a cabo brotó desde
las tropas que se encontraban en el frente, sin obedecer a ninguna instancia superior,
si bien es cierto que en los días anteriores a la Navidad ya se había calmado la actividad
bélica en algunas partes del frente occidental debido a que las lluvias habían inundado las
trincheras de ambos bandos y los contrincantes se concedían mutuamente periodos de alto el fuego
que a todos les convenían para dedicarse a hacer más habitables sus posiciones.
El 24 de diciembre, los germanos comenzaron a colocar toscos arbolitos navideños sobre sus
trincheras y a adornarlos con velas encendidas. Sus hogares, sus familias, se encontraban muy
lejos, pero ellos estaban dispuestos a celebrar la Navidad incluso allí, en el campo de batalla.
En la trinchera enemiga también echaban de menos a los suyos. No sabemos exactamente
cómo ocurrió, pero se suele contar que en un sector del frente ubicado en Flandes,
desde las trincheras del bando alemán empezó a sonar una canción interpretada por los propios
soldados. En aquel silencio momentáneo, libre del silbido de las balas y los atronadores cañones,
aquella reconfortante melodía parecía pedir en un susurro al menos una noche de paz... Porque ese
era el título del villancico que habían empezado a cantar los germanos. Sus enemigos británicos
enseguida reconocieron la melodía y se unieron cantando, en su idioma, el mismo villancico.
'Noche de paz' es uno de los villancicos navideños más famosos de la historia, pero desde luego no el
primero. Como os contamos en nuestro vídeo acerca de la poeta novohispana sor Juana Inés de la Cruz,
los villancicos son composiciones musicales que proliferaron en la península ibérica a partir del
siglo XV, a principios del Renacimiento, aunque sus orígenes están en la Edad Media; de manera
que se trata de uno de los signos de identidad de la cultura musical del mundo hispano. Al principio
se trataba de canciones populares de carácter profano, con estribillo, normalmente de temática
amorosa, aunque a partir de la segunda mitad del siglo XVI cambiaron el tema central por los temas
religiosos y, con el tiempo, pasaron a vincularse de manera casi exclusiva con la Navidad.
¿Por qué se les llamaba villancicos? Viene de la palabra “villanos”. Aunque hoy en día,
el significado más común que le solemos atribuir a ese término es el de “ruin,
indigno o indecoroso”, “rústico o descortés”, en la primera acepción del 'Diccionario de la
lengua española' veremos que también significa “vecino o habitador del estado llano –es decir,
de las gentes del pueblo– en una villa o aldea”, para distinguirlos de nobles o
hidalgos. Y es que estas canciones populares breves y sencillas normalmente las creaban y
cantaban las gentes del pueblo, del campo, que eran, como hemos dicho, los “villanos”.
La canción de Navidad más antigua data del siglo IV. Se titula 'Jesus Refulsit Omnium',
que se puede traducir como “Jesús: luz de todas las naciones” o “Jesús lo ilumina todo”, y la
compuso un francés: el obispo, escritor, padre y doctor de la Iglesia san Hilario de Poitiers.
Otros expertos, en cambio, consideran que el primer villancico navideño de la historia tal
y como hoy los entendemos es uno que vio la luz en la ciudad española de Toledo en
el siglo XV. De autor anónimo, se titula 'Bien vengades, pastores'. Se sabe que lo
cantaban los niños del coro de la catedral de Toledo hacia mediados de ese siglo XV durante
los maitines navideños –llamados así, maitines, porque se rezan al amanecer–.
'Bien vengades, pastores' fue el primero de muchísimos villancicos navideños que,
a partir de entonces, se compusieron, no solo en los países de habla hispana –seguro que muchos
conocéis el 'Arre, borriquito', 'Los peces en el río', 'La marimorena', 'Esta noche es Nochebuena',
'El tamborilero'...– , sino en prácticamente todo el planeta para amenizar las Navidades.
Y sin duda uno de los más famosos es aquel del que os hemos hablado
al principio y que sonó durante la llamada tregua de Navidad:
'Noche de paz'. De origen austriaco, ha sido traducido a más de 300 idiomas. Se representó
por primera vez en la Nochebuena de 1818, en la iglesia católica de san Nicolás de la
localidad de Oberndorf, ubicada a unos 20 km de Salzburgo. Por desgracia, la iglesia ya no está,
pero en su lugar hoy encontramos la Capilla de la Noche de Paz, un monumento al famoso villancico.
'Noche de paz' es obra de un sacerdote católico, Joseph Mohr,
y su amigo Franz Xaver Gruber. Como veremos enseguida, fue una urgencia inesperada,
según algunas fuentes, lo que provocó que este villancico viera la luz.
Pero antes repasemos brevemente la vida de Mohr, el autor de la letra, porque creemos
que os resultará interesante, mentes curiosas, y nos parece justo rendirle este pequeño homenaje.
Nació en Salzburgo en diciembre de 1792, y tuvo una infancia difícil, sumida en la pobreza;
había sido el hijo ilegítimo de Anna Schoiber, una tejedora, y Franz Mohr, un soldado y desertor
que abandonó a la madre y al niño enseguida. El bebé tuvo como padrino de bautismo a un verdugo
de Salzburgo, que, apadrinando a los hijos de madres solteras, trataba de mejorar su reputación.
Enseguida el pequeño Joseph destacó por su inteligencia, y de ello se percató el
vicario y responsable musical en la catedral de Salzburgo, que lo apoyó para que pudiera
llegar a tener estudios superiores. El niño, además, trabajó como cantante y violinista en
los coros de la universidad y en instituciones religiosas. Ingresó en el seminario y en 1815,
con 23 años, se ordenó sacerdote. Para ello precisó un permiso especial por partida doble:
por ser menor de 25 años, que era la edad legal requerida, y por ser una persona nacida fuera
del matrimonio. Al poco tiempo, asumió su primer puesto oficial como párroco asistente
en Mariapfarr, la ciudad originaria de su familia paterna. Fue allí donde un año más tarde, en 1816,
escribió el poema que se convertiría después en la letra de 'Noche de paz'.
Como el clima de Mariapfarr no le era propicio y enfermó por ello, en 1817 las autoridades
eclesiásticas aprobaron enviarlo a Oberndorf, que ofrecía un clima más templado, como ayudante
del párroco. Allí vivió un enfrentamiento con su jefe, Georg Heinrich Nöstler, quien acusó
a Joseph de descuidar sus deberes religiosos, de bromear con personas del sexo opuesto y de cantar
“canciones a menudo poco edificantes”. Mohr, como hizo el resto de sus días, se caracterizaba por
llevar una vida cercana al pueblo, lo que parecía disgustar a Nöstler. Sin embargo,
en Salzburgo, los superiores de ambos consideraron que aquellas acusaciones carecían de fundamento.
Tenían toda la razón. Porque Mohr siempre se mostró muy comprometido
a la hora de ayudar a los más necesitados de la sociedad;
quizás porque él era muy consciente, desde su infancia, de lo que era pasar hambre.
Y aquellos 1817 y 1818 estaban siendo muy difíciles porque aún se sentían
en Austria los efectos del conocido como “año sin verano”, que se había producido
en 1816 como consecuencia de una erupción muy violenta del volcán Tambora, en Indonesia,
un año antes. Dicha erupción había provocado grandes anomalías climáticas en todo el mundo y,
por tanto, la pérdida de cosechas y una gran escasez de alimentos.
Os hemos comentado que el villancico 'Noche de paz' nació fruto de una urgencia,
de un problema. Según algunas fuentes, el órgano de la iglesia de San Nicolás de Oberndorf, que
estaba en muy malas condiciones, se terminó de romper a punto de iniciarse las Navidades de 1818,
de manera que no iban a poderse interpretar los villancicos tradicionales en la misa de
medianoche de Nochebuena –seguro que en muchos de vuestros países la conocéis como Misa del Gallo,
que se celebra en conmemoración del nacimiento de Jesús de Nazaret–.
Eso provocó que Joseph Mohr, en la misma tarde de aquel 24 de diciembre, recorriera los tres
kilómetros que separaban su casa de la de un hombre con el que había trabado una gran amistad
y que vivía en la vecina Arnsdorf. Franz Xaver Gruber. También era muy joven –tenía 31 años,
cinco más que Mohr–, y, además de maestro de escuela, era compositor y organista de
la parroquia. Mohr le llevó el poema que había escrito dos años atrás y le pidió a Gruber que le
pusiera música, para guitarra, porque necesitaba un villancico. Así que, según cuenta la tradición,
en apenas unas horas, Gruber se las apañó para crear la preciosa melodía que acompaña
al poema 'Stille Nacht' de Mohr, y que evoca una canción de cuna –la letra describe a un
niño Jesús durmiendo plácidamente–. Aquella noche del 24 de diciembre de 1818, fueron ellos dos,
los propios autores de la canción, quienes la interpretaron ante los feligreses,
delante del Belén: Mohr hizo la primera voz y tocó la guitarra y Gruber se ocupó de la segunda voz.
Hoy se cree que la necesidad de crear aquel villancico no surgió en realidad porque el órgano
estuviera estropeado, como cuenta la tradición, sino que es más probable que Mohr solo quisiera
una canción original que pudiera tocar con su instrumento favorito, la guitarra. Pese a que Mohr
solo permaneció en Oberndorf hasta 1819, continuó siendo amigo de Gruber hasta el fin de sus días,
que le llegó cuando estaba a punto de cumplir los 56 años debido a una enfermedad respiratoria.
La Unesco incluyó el villancico 'Noche de paz' en su Lista del Patrimonio
Mundial en 2011 en reconocimiento del valor cultural y social universal de
la canción. Seguramente aquellos dos buenos amigos, Mohr y Gruber,
nunca llegaron a imaginar que su villancico se convertiría en uno de los más famosos del
mundo y el único que ha sido capaz de detener una guerra, aunque fuera solo por unas horas.
Demos un salto en el tiempo y regresemos de nuevo a aquel belicoso año de 1914. Tras la Nochebuena,
llegó el día de Navidad, y algunos soldados alemanes alzaron sobre sus
trincheras carteles en los que se podía leer: “Ustedes no disparan,
nosotros no disparamos”. Y eso hicieron. Entre los germanos, muchos hombres habían
estado viviendo en Inglaterra hasta el comienzo de la guerra, cuando retornaron a su país para
unirse al esfuerzo bélico. Por ello, el idioma no supuso una barrera cuando soldados de ambos
bandos comenzaron a salir de las trincheras deseando feliz Navidad a los de enfrente.
Durante todo el día intercambiaron regalos, como cigarrillos, sombreros,
botones de los uniformes o comida. Los británicos les daban a los alemanes chocolate,
carne enlatada, pasteles y wiski, y los germanos les correspondían con salchichas,
galletas y brandi. También intercambiaron periódicos, y un soldado británico
que era barbero aficionado le cortó el pelo a un alemán con su maquinilla.
Ambos bandos aprovecharon la ocasión para recuperar
los cuerpos de sus camaradas difuntos en la tierra de nadie,
algunos de los cuales llevaban semanas allí abandonados. Un testimonio señala que,
en un sector, incluso se llevó a cabo un oficio religioso conjunto por las almas de los caídos.
Aparte de la escena de los soldados de ambos bandos cantando al unísono el mismo villancico,
otra de las actividades más evocadas de la tregua de Navidad es la de los partidos de
fútbol disputados entre enemigos en la tierra de nadie, pero no está claro que realmente llegara a
jugarse alguno. No son pocos los historiadores que defienden que tienen más de leyenda que de
realidad. Los relatos que hacen referencia al fútbol durante la tregua de Navidad en cartas
escritas por los soldados hablan casi siempre de partidos jugados por hombres del mismo bando.
Entre contrincantes, solo parece confirmada una pachanga multitudinaria en la que soldados
británicos y alemanes persiguieron sin reglas un balón que salió de la trinchera germana y,
en otro lugar, el intercambio de patadas a una lata de carne de vaca que hizo las veces
de balón improvisado. Por otro lado, el estado de la tierra de nadie, generalmente repleta de
hoyos y charcos, hace poco probable que se disputara en ella ningún partido como tal.
En algunos sectores la tregua duró hasta Año Nuevo. En otros, las hostilidades se reanudaron
el mismo día de Navidad, por la tarde. Un soldado escocés llamado Alfred Anderson describió cómo
vivió aquel día de Navidad en su sector con las siguientes palabras: “Recuerdo el silencio,
el inquietante sonido del silencio. Todo lo que había oído durante dos meses en las trincheras
era el silbido, el chasquido y el gemido de las balas volando, el fuego de las ametralladoras y
las lejanas voces alemanas. Pero había un silencio sepulcral esa mañana, en todo el campo hasta donde
alcanzaba la vista. Gritamos “Feliz Navidad” aunque nadie se sentía feliz. El silencio terminó
a primera hora de la tarde y la matanza comenzó de nuevo. Fue una breve paz en una guerra terrible”.
Otro soldado británico, Murdoch Wood, afirmó quince años más tarde: “Llegué a la conclusión,
y la sigo manteniendo desde entonces, de que si a los soldados nos hubieran
dejado a nuestro aire, nunca se habría disparado un solo tiro”.
Al año siguiente, los comandantes de casi todas las naciones beligerantes prohibieron
enérgicamente que se acordaran treguas no oficiales en el frente. La prensa francesa
publicó una comunicación del Gobierno en la que se recordaba que confraternizar con
el enemigo se consideraba traición. A partir de 1916... no hizo falta que las autoridades
hicieran nada más: en las trincheras ya nadie estaba dispuesto a dar cuartel a los enemigos.
Para entender por qué aquellos encuentros amistosos de fraternidad humana pudieron
producirse en 1914 y no se volvieron a repetir durante el conflicto, hay que tener
en cuenta que en aquella Nochebuena de 1914, no llevaban ni cinco meses en guerra. En general,
la moral de los soldados de ambos bandos aún era alta, no se encontraban extenuados
física ni mentalmente ni habían perdido a muchos amigos y compañeros por las balas del otro bando.
Aún no odiaban a esa gente de las trincheras de enfrente, o desde luego no tanto como lo harían
en años posteriores. En aquella Navidad de 1914, la gran mayoría de combatientes de ambos bandos
aún tenían la esperanza de que la guerra concluyera pronto para retomar sus vidas.
Al principio del conflicto, en especial desde que se estabilizaron los frentes en noviembre del 14,
en ambos bandos se vieron múltiples ejemplos de un comportamiento no agresivo entre rivales que
recibió el nombre coloquial de “vive y deja vivir”, y la tregua de Navidad no fue sino
el ejemplo más claro y llamativo de esa actitud ante la guerra, ante aquella situación en la que
muchos soldados se sentían más identificados con el soldado que tenían enfrente que con los altos
oficiales de su propio bando. Al fin y al cabo, comprendían perfectamente las penurias que sufrían
los otros, ya que eran similares a las que ellos mismos soportaban, y eso los hacía empatizar.
Así, por ejemplo, algunos soldados, durante sus guardias, optaban por no disparar sobre enemigos
que quedaran expuestos tras sus trincheras mientras realizaban actividades cotidianas,
como, por ejemplo, hacer gimnasia o repartir provisiones entre los soldados de primera
línea. También podían permitir que los rivales se adentraran en la tierra de nadie para retirar
a sus heridos. En ocasiones, incluso llegaban a establecer acuerdos tácitos con el enemigo para
dispararse de manera ritual a determinadas horas y sin apuntar, es decir, para pasar el conflicto
guerreando ante sus superiores pero tratando de minimizar los daños causados y sufridos.
Según el historiador militar canadiense Anthony Kellett, los comandantes de alto
rango eran conscientes de aquella actitud de no agresión y a veces analizaban las estadísticas
de bajas de cada sección de la trinchera para detectarla. Si consideraban que en
alguna unidad imperaba el “vive y deja vivir”, podían ordenarles a sus miembros que llevaran a
cabo incursiones o patrullas para fomentar en ellos el correcto “espíritu ofensivo”.
El 9 de diciembre de 1914, un teniente francés de 24 años llamado Charles de Gaulle, el mismo
que llegaría a convertirse en presidente de la República cuatro décadas más tarde,
escribió en una carta que le parecía “lamentable” el deseo de los soldados
de infantería franceses de dejar al enemigo en paz. Por cierto, unas semanas más tarde,
cuando se produjo la tregua de Navidad, un cabo alemán de 25 años llamado Adolf Hitler
se negó a participar en aquel acto de confraternización con el enemigo. Según recoge
el historiador estadounidense Adam Hochschild, el joven Hitler les reprochó a sus compañeros: “Algo
así no debería ocurrir en tiempos de guerra. ¿No tienen ustedes ningún sentido del honor alemán?”.
Por desgracia, ni siquiera fue necesaria la intervención de los altos mandos para que el
“vive y deja vivir”, al igual que sucedería con la caballerosidad inicial entre los
pilotos de combate –de la que ya os hablamos en nuestro vídeo sobre el Barón Rojo–,
no tardara en desvanecerse, a medida que la guerra se recrudecía y alargaba hasta convertirse en una
carnicería industrializada y sin sentido –si es que en algún momento había sido otra cosa–.
Y es que durante la mayor parte de aquel conflicto la superioridad de las posiciones defensivas, con
kilómetros y kilómetros de trincheras protegidas por alambres de espino y ametralladoras,
era tan abrumadora sobre la infantería atacante que el conflicto se enquistó.
Los generales, poco imaginativos, no veían otro modo de tratar de avanzar que lanzar grandes oleadas de soldados con
la esperanza de que, aunque la mayoría pereciesen en la carga, un número suficiente de ellos lograra
alcanzar y tomar las trincheras enemigas. Algo que en absoluto garantizaba la conquista de nuevos
terrenos, ya que por lo general los rivales no tardaban en contraatacar para expulsar de las
posiciones conquistadas a los atacantes extenuados por el reciente esfuerzo. Además, a partir de 1915
ambos bandos comenzaron a emplear en grandes cantidades terroríficos gases venenosos como
el fosgeno, el gas cloro o el gas mostaza, que, si bien produjeron menos del 1% de las muertes en
combate durante la guerra, provocaron una gran cantidad de bajas al afectar gravemente a los
pulmones de los soldados y producirles quemaduras químicas en los ojos y las vías respiratorias.
En cifras globales, se estima que 85.000 combatientes de todas las nacionalidades
en conflicto perecieron por ataques con gas durante la Primera Guerra Mundial; en cambio,
si incluimos a los heridos, las bajas por sus efectos fueron de más de 1,2 millones de soldados,
de los cuales casi un tercio sufrieron secuelas de larga duración. Pero, sobre todo,
el gas produjo un efecto psicológico devastador, tanto en los que sufrieron su impacto como en el
resto de combatientes, ya que sufrir un ataque con gas era realmente terrible:
inhalar, por ejemplo, una dosis letal de fosgeno –el gas que provocó el 80% de las muertes totales
por armas químicas– te aceleraba el ritmo cardíaco hasta las 120 pulsaciones por minuto,
tu cara se ponía gris, sentías náuseas y tus pulmones, inflamados, secretaban
una gran cantidad de líquido amarillento, lo que te hacía respirar de manera entrecortada,
con continuos espasmos de ahogamiento. Así podías permanecer unas 48 horas hasta que fallecías.
No es de extrañar que el “vive y deja vivir” y la tregua de Navidad
se esfumaran como lejanos espejismos a la par que crecía el odio por quienes te
atacaban con armas como esas para darte una de las peores muertes imaginables.
En resumen, el ser humano es capaz de cometer las mayores atrocidades,
pero también de llevar a cabo acciones tan hermosas como compartir un momento de paz
con sus enemigos en medio de una guerra. La tregua de Navidad es recordada aún hoy, como lo que fue:
un momento de hermandad humana que nos permite conservar la esperanza de que, algún día, todos
seamos capaces de superar nuestras diferencias, ya sean banderas, religiones o ideas políticas,
para que, en lugar de hacernos daño, confraternicemos en paz y armonía.
¿Y vosotros? ¿Qué opináis de la tregua de Navidad? ¿Creéis que
algún día se acabarán por fin las guerras? Me gustaría que nos lo contarais abajo,
en los comentarios. Y si queréis conocer más historias interesantes, suscribíos a nuestro canal.
¡Muchas gracias por estar ahí, mentes curiosas! ¡Nos vemos en el siguiente vídeo!
