Existe una carretera en #México donde susurra el viento y murmuran las piedras. Se llama La Rumorosa y varias son las historias que circulan de sucesos paranormales aquí. En este episodio la recorreré de cabo a rabo para averiguar si lo que suena es la risa de la brisa o el asma del fantasma 👻
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Existe una carretera en México donde susurra el viento y murmuran las piedras.
Se llama La Rumorosa y varias son las historias que circulan de sucesos paranormales aquí.
En este episodio la recorreré de cabo a rabo para averiguar
si lo que suena es la risa de la brisa o el asma del fantasma.
Pero antes, empecemos por donde estábamos.
—¡Amigo! —¡Me despido!
Muchas gracias por absolutamente todo, que te siga yendo genial.
Admiro tu vitalidad y tus ganas con las que experimentas y desarrollas el día a día.
—¡Un placer tenerte por aquí! No es un "adiós", sino un "hasta pronto".
—Noé, me despido. Gracias por los buenos apretones de los tornillos de mi moto, amigo.
¡Continúo ruta! ¡Hasta luego! ¡Adiós!
Después de intensas reparaciones, abandono Tijuana y me dirijo a mi último,
y ahora ya es verdad, sitio en México.
Voy a conocer a una persona sumamente interesante, un abuelo de 110 años.
En el episodio anterior llegué a Tijuana, donde analicé la polémica del muro
desde distintas perspectivas. Muro que me acompañaría a lo largo de la frontera
hasta mi primer destino cerca de Tecate.
Y todavía no sé bien cómo procesar esto del muro. Es la obra humana que más representa
la separación entre dos países que he visto en mi vida. Así somos los humanos,
delimitamos el territorio y decimos: "Esto es nuestro, de aquí para allá, no".
Iba saliendo al extrarradio de Tijuana cuando de repente recordé que del otro lado
también cruzan, pero por motivos distintos.
Estos son los coches que traen norteamericanos del otro lado a los burdeles Honk Kong y a otros,
que son muy famosos aquí en Tijuana. Los cruzan de la frontera, hacen lo suyo y se van.
El día que saque el libro os contaré algunas cosas que no os voy a contar ahora.
No todo se puede mostrar en vídeo, no todo.
El destino final de la ruta y de mi viaje por México sería Mexicali,
pero antes haría dos paradas, la del centésimo décimo abuelo y la de La Rumorosa.
Mirad cómo se extiende el muro kilómetros y kilómetros.
Yo creo que desde la Gran Muralla China no se hacía algo así en el mundo.
Tal vez dentro de unos siglos lo estudien, el Gran Muro Americano.
Realidades del mundo, realidades reales.
Y aunque la percepción de la realidad siempre sea "realativa", lo real es que me encontré con Luis Tejón,
la persona que me llevaría al rancho del abuelo.
—¿Cómo te encuentras? —Bien, bien, aquí, ¿cómo estás?
—Me alegro de verte finalmente. —¡igualmente!
Aquí vamos a tomar mis últimos tacos.
Tacos que comenzaría a echar de menos en cuanto cruzase la frontera.
Bueno, pues estoy detrás de Luis camino de un rancho.
Mi últimos tacos, mi último rancho... Todo está sucediendo como tenía que suceder.
Ahora lo estoy entendiendo. En su manera, tiempo y forma,
en su manera, tiempo y espacio. Tengo la certeza absoluta de que estoy donde debo estar y cuando debo estar.
Mi última noche en México no podía ser de otra manera. ¡No podría ser de otra manera!
¡No podía ser de otra manera!
¡Qué digna última noche! Hay mucha arena mal pisada.
—Está divertido el camino, ¿eh? —¡Estoy todo lleno de polvo!
¡Hasta mañana!
Tras recolectar floridos sueños en el corazón del Cañón Manteca,
me percaté de mi suerte. Había llegado al rancho el día en el que
por diosidencia o destino bajaban de la montaña los buscadores de visión.
Oportunidad que aproveché para preguntarle a Luis sobre su experiencia en esta milenaria ceremonia.
—Pues es un momento en el que uno va a la montaña a ayunar, a ofrendar, ofrecer.
Dice Tata Kachora que uno va ahí para encontrar su propio espíritu.
A poner atención lo que hay en mi corazón, en mi mente.
La búsqueda de visión es una ceremonia de origen lakota que consiste en retirarse
a un lugar aislado de la montaña donde se ayuna por varios días alimento, bebida y palabra.
—Yo tenía intenciones, quería muchas cosas y no las encontré.
Surgió en mí un silencio que apaciguó esos deseos o esas intenciones.
Un silencio que me abrió una puerta a ver diferente, a comenzar a caminar diferente,
a relacionarme diferente. Lloré, reí, oré, me callé, tuve hambre, tuve calor, tuve frío, pedí, me silencié.
Hablé conmigo mismo, con quien me escuchara, y algo fue transformándose en mí.
La utilidad de la búsqueda radica en la transformación de la realidad presente a la posibilidad visionada.
Un mejor caminar para un mejor vivir.
—A mí me hace bien que quienes me rodean estén bien.
A mi comunidad le hace bien que yo esté mejor. Por eso se les recibe así, con flores y con cantos.
Porque es un bien para la comunidad que todos quienes vienen, estén mejor, se les agradece su esfuerzo.
Una vez Tata Kachora me dijo: "No se trata de que seas como yo, se trata de que aprendas quién eres,
dónde estás parado, cada día de cada presente de tu vida". Hay muchos caminos, pero también está este.
Para quien le sea de utilidad, es nuestro vivir cotidiano,
que es el único que tenemos, el del presente.
Más tarde, Luis me llevó finalmente a ver al jefe, a Tata Kachora,
de quien se dice que es el verdadero y famoso Don Juan Matus de los libros de Carlos Castaneda.
—¿Cómo estás, jefe? —¿Qué tal?
—¡Hola, jefe! ¿Cómo está? —¡Bienvenido a tu casa!
—Yo tengo 110 años ahora y me siento bien, no enfermo, doy consejos, estudio las plantas medicinales,
retorno a los remedios del pasado. La química no sirve, te mueres si tomas química.
—Tata, ¿cuál es el secreto para vivir tanto? —Tomar medicina, remedios naturales,
plantas medicinales...
—¿Cuántos hijos tiene usted? —Tengo 45 hijos, 4 esposas,
ando buscando la quinta, ¿no hay por ahí? ¡Dame la quinta mujer para que me haga comida!
—Dicen por ahí que usted es el personaje de Don Juan Matus que escribió aquel escritor.
—Mentira, nadie conoce a Don Juan. ¡Ni yo tampoco!
Soy yo mismo. Hay muchos libros de Carlos Castaneda, todo de sus libros es mentira.
No es verdad. Porque ponen que Don Juan Matus vino pero es todo mentira,
ni lo conoce, ni existe, ni existió Don Juan. Para hablarte más claro, el que existe es Tata Kachora.
A principios de los años sesenta, Carlos Castaneda, un escritor y antropólogo peruano,
viajó al norte de México. Allí, en la estación de bus de un pueblo fronterizo dijo haber conocido
a Don Juan Matus, un brujo que lo tomó como aprendiz
y lo inició en los secretos de las plantas medicinales psicotrópicas,
teniendo así una serie de experiencias y aprendizajes relatadas a lo largo de trece libros.
—Muchos hicieron dinero con el libro de Carlos Castaneda, hicieron millones de pesos.
Y yo ni un cinco partido por la mitad.
Los libros fueron un éxito total.
—¡Nada!
Vendieron más de 27 millones de ejemplares y se tradujeron a 17 idiomas.
Tanta fue la influencia que hasta George Lucas declaró en varias ocasiones que para
el personaje de Yoda, se inspiró en la sabiduría de Don Juan Matus, es decir,
en la persona que ahora tenía frente a mí.
—Pero el libro está basado en su vida. —Sí, pero mis escritos se perdieron, los robaron.
Siempre los tenía como está esto aquí.
Tata Kachora aseguraba que le robaron los escritos donde relataba sus conocimientos e historias personales,
y que desde entonces decidió cambiar la forma de escritura...
—Para que nadie pueda copiarlo. Nadie va a entender lo que dice.
—Es imposible de leer. —Es chingón.
A ver quién puede entender una palabra de estas. Van a decir que son puros garabatos. ¡Pues sí!
—¡Ya aprendió la lección! —Ahí está, los libros son de Tata.
—Sí, hay que tener cuidado porque hay muchos ladrones.
Los expertos apuntan a que Castaneda escribió obras de ficción basadas en encuentros
con más de una docena de sabedores indígenas. De los cuales se cree que Tata Kachora fue el principal.
—Cada piedra es hijo de la Madre Tierra.
El autor sin embargo, nunca se pronunció al respecto y murió guardando tanto el secreto
como varios millones en la cuenta.
La entrevista completa de Tata Kachora la encuentran en mi canal de YouTube bajo el nombre de "La tribu Yaqui".
—¡Que vayan muy bien las peleas, eh! ¡Hasta luego!
—¿Ya te vas? —Sí, me voy. ¡Un placer!
—¡Que estés muy bien! ¡Buen caminito!
—¡Hasta luego! ¡Muchísimas gracias! Me ha encantado que al final México me diera
la oportunidad de conocer a su pueblo.
En el rancho, antes de irme, tuve la suerte de conversar con un maracame wixárika,
la etnia que iba a visitar cuando me pararon los chicos malos entre Jalisco y Zacatecas.
—Mi último día en México no podía ser de otra manera, hermano.
Oye, te hago un regalo para tu coche. O para donde tú quieras. Ponla donde gustes.
—¡Muchas gracias! —Y muchas gracias por la apertura y por confiar.
Me voy para el imperio.
¡Y representando al Tata, eh! "Chingón", como dice él.
Así son las cosas. No podía irme de otra manera. Dejo el rancho de Tata Kachora y me dirijo
a la frontera con Estados Unidos, nada más y nada menos que a Mexicali primero
y a Calexico después. Sintiéndome muy bendecido.
Qué alegría llegar con bien y hacer las cosas como se debe.
Este es el verdadero final justo y necesario de mi viaje por México.
Conseguir una entrevista con Tata Kachora es muy difícil. Pero al igual que en otro sitio,
se me viene abriendo el camino porque creo que hago las cosas medianamente bien en este aspecto.
Y bueno, lo cierto es que me siento muy afortunado de que el intento dé sus frutos.
Y el intento no es solo haber propuesto esta entrevista, que por la edad del Tata,
podría ser la última, y que me haya sido concedido, sino que el viaje en su conjunto es el intento.
Es un intento persistente, siete años ya... ¡Madre mía! En muchas ocasiones arriesgado
porque mirad cómo está esto... ¡Uy!
Pero detrás del miedo que mama del riesgo, están las mejores cosas de la vida.
Hay que ser muy cabezón para hacer esto, la verdad. Y tener muchas ganas de hacerlo.
¡No hay más secreto que ese! ¡Ganas de hacerlo! Ganas de meterte aquí en el Cañón Manteca
y antes de irte, recoger un documento valioso. Valioso no solo porque la palabra del Tata es muy valiosa
en sí misma, sino porque ha sido una oportunidad muy buena de decir y probar que Tata Kachora
es el verdadero Don Juan Matus, y quien no se lo crea, que lo averigüe bien.
¡Nos vamos para la frontera!
Retomamos el pavimento y nos vamos para la frontera, aunque nos queda todavía una ruta
en México que es La Rumorosa, cuya historia os voy a contar luego.
Mexicali, última cuota que pago en México. Menos mal, que es un ruina esto.
—Aquí empieza la famosa carretera de La Rumorosa, ¿no? —Así es.
—¿Y por qué es conocida? —¡Por hermosa!
—¡Ah! ¿Famosa por hermosa? —Así es. Ahora lo vas a descubrir.
—Qué bueno que sea famosa por hermosa y no por peligrosa. —Sí es peligrosa pero no le quita lo hermoso.
—Ten mucho cuidado. —¡Vale, lo tendré! ¡Muchas gracias por el consejo!
¡Wow! ¡Qué bonito! Qué curioso esto, ¿no? Esta formación rocosa aquí... ¡Brutal!
¡Chingón, chingón!
La Rumorosa es una carretera del norte de México sobre la que se ha creado un gran misticismo,
no solo por ser una ruta icónica para los amantes de las dos ruedas,
sino también por los sucesos paranormales que en ella acontecen.
La carretera de La Rumorosa debe su nombre al sonido que genera el viento al pasar entre las piedras.
Y además de por su belleza y particular forma geológica, es conocida por alguno
de los eventos paranormales que aquí suceden. Una de las historias es la de un camionero que iba
viajando con su esposa un día de niebla, se les descompuso el camión y le dijo que la esperara,
que él se iría caminando a pedir ayuda y conseguir dinero para arreglar el camión.
Desafortunadamente, según cuenta la historia, ese camionero nunca apareció
y lo sorprendente es que a veces algunas personas llegan a la casa de la viuda a entregarle dinero
de parte de su marido a quien se encontraron en la carretera diciendo que por favor le hiciera llegar
esa plata a su señora que le estaba esperando en medio de la carretera.
¿Será verdad? ¿Será mentira? ¿Quién sabe?
Quién sabe si el rumor es cierto. Pero esa es una de muchas historias. Hay varias.
Y la verdad que el lugar se presta para que pasen ese tipo de cosas.
Tiene toda la personalidad. Tampoco os quiero animar a que si os encontráis un camionero
pidiendo ayuda en esta ruta, tampoco salgáis despavoridos,
que a lo mejor es es uno de verdad. Pero en cuestiones de fantasmas yo no me meto.
No sé si alguno de vosotros habéis tenido un suceso paranormal en esta vida,
yo ya llevo un par y jamás podría decir que eso no existe. ¡Jamás!
Cuando la palabra no alcanza para describir lo que la mirada ve, así es.
¡Madre mía! Si me dijeras que estamos en Marte, me lo creo. Carreteras marcianas he visto ya varias.
Si esto es una carretera marciana no sé en qué me convierte.
¡Solo en México!
Lleva como siete sofás, no uno ni dos, lleva como siete sofás.
Mi última gasolinera en México es "Rendichicas". Es surrealista esto, eh.
Chicas que rinden, ¿o qué siginfica esto? Se lo voy a preguntar.
—¡Buenas tardes! ¿Cómo? —Estaba comiendo hielo.
—¿Que estás comiend hielo? Claro, como hace unos cuarenta grados...
—Una pregunta, ¿cuál es el origen del nombre de la gasolinera de Rendichicas?
—No sé, soy nueva. —No sé si es por "chicas que rinden" o algo así.
O sea, que sois muy eficientes.
—Somos solo mujeres trabajando nada más de día y por la tarde
y en la noche sí hay hombres por la luz.
—De noche es "Rendichicos". —Rendichicos.
Lo que no me rendiría tanto a mí sería el tiempo para entrar a Estados Unidos.
¡Uy! ¿Y yo ahora a dónde tengo que ir?
Pues la salida de México se me complicó de manera inexplicable.
—¿Dónde está la aduana mexicana?
Convirtiéndose casi en una pesadilla que os contaré ya en el próximo episodio.
—La aduana es esa. —¿Qué me dice este chico?
—No, no, él no sabe nada.