¿Cómo se hizo millonario el mayor "idiota" de la historia?

Raquel de la Morena
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4 Visualizaciones de video·24 nov 2024
¡Bienvenidas, mentes curiosas! ¿Conocéis la increíble historia de Timothy Dexter,
el sirviente que se hizo rico a pesar de sus locas decisiones económicas? ¿Sabíais que
gracias a su legendaria buena suerte fue capaz de vender miles de guantes de lana y calentadores
de cama en las islas del Caribe?
Si en la historia ha habido una persona con buena suerte en los negocios, esa es sin duda
Timothy Dexter, un hombre que a pesar de llevar a cabo una larga serie de extravagantes inversiones
que podrían incluso calificarse de estúpidas o absurdas, amasó una gran fortuna. Sin embargo,
para su desgracia, nunca cosechó lo que más anheló, el prestigio social, o al menos no
en el grado que él deseaba.
Hoy en día, su historia sigue siendo muy entretenida de escuchar y de contar. Así que… ¡allá vamos!
Timothy Dexter nació el 22 de enero de 1747 en la localidad de Molden, cerca de Boston,
en la por entonces provincia de la Bahía de Massachusetts, una colonia de Nueva Inglaterra
que posteriormente se convertiría en uno de los trece estados originales de los Estados Unidos.
Procedía de una familia de inmigrantes irlandeses que habían arribado al nuevo mundo un siglo
antes, pero no habían logrado superar el umbral de la pobreza. Con tan solo ocho años,
el pequeño Timothy se vio obligado a abandonar la escuela, donde apenas aprendió a leer
y escribir, y empezó a trabajar como sirviente en una granja próxima al hogar de su familia,
una actividad que por aquel entonces se parecía bastante a un sistema de esclavitud remunerada
con una duración estipulada. En el caso de Dexter, su contrato era de ocho años.
Cuando por fin lo cumplió y quedó liberado de su compromiso con la granja, a los 16 años
de edad, se marchó a Boston en busca de algún oficio que aprender, y encontró el
decurtidor de pieles. Tras un año como aprendiz, Dexter se ganó la vida trabajando las pieles
durante una década, hasta que un veterano compañero de oficio falleció, y Dexter contrajo
matrimonio con su viuda, una mujer diez años mayor que él llamada Elizabeth Frothingam,
quien poseía una pequeña fortuna. Según algunas fuentes, el patrimonio de Elizabeth
procedía de su difunto esposo, cuyo negocio de curtiduría había prosperado mucho. Según otras,
que dan credibilidad a las malas lenguas, lo había acumulado ella misma trabajando como
prostituta. Nada más casarse, Dexter se trasladó a la casa de su esposa, situada en Charlestown,
el barrio más antiguo del actual Boston, que por entonces era una localidad independiente habitada
por la flor y nata de la sociedad colonial. En el sótano de su nuevo hogar, Dexter montó un taller
donde elaboraba y vendía prendas hechas de piel, como guantes y pantalones. Su mujer, por su parte,
abrió una mercería. Las cosas les iban económicamente muy bien, pero sus repetidos
intentos por encajar entre la alta sociedad de Charlestown fracasaron una y otra vez. La inmensa
mayoría de sus vecinos acaudalados lo eran de nacimiento, provenientes de familias de rancio
y despreciaban a aquel nuevo rico que apenas había ido a la escuela y se había criado casi
como un esclavo. Además, los rumores acerca del pasado de su esposa tampoco ayudaban. Por más que
Dexter se vistiera como ellos, frecuentara los mismos lugares e intentase imitar su forma de
hablar y sus modales. Los ricos no lo aceptaban como un igual y se burlaban de él. Y por culpa
de aquella frustración, por su deseo de encajar a toda costa imitando a sus elitistas vecinos,
Dexter tomó en 1781 una decisión económica tremendamente estúpida.
Para entenderla es necesario un poco de contexto. Seis años antes, en 1775, había estallado la
guerra de independencia de los Estados Unidos y el Congreso Continental había empezado a emitir
su propia moneda, unos billetes conocidos como continentales. Pero aquel invento resultó ser
un desastre por diversos motivos. Por un lado, la falta de coordinación entre el Congreso y los
diferentes estados recién nacidos provocó que éstos emitieran demasiados billetes. Por otro,
los británicos los falsificaron a gran escala como estrategia de guerra económica. A consecuencia de
todo ello, la moneda continental se depreció rápidamente. Si en español solemos decir
expresiones como no vale un comino o no vale un pimiento para referirnos a algo sin valor,
en aquella época se acuñó la expresión no vale un continental, que todavía hoy emplean
muchos angloparlantes. Durante los años de guerra se consideraba un acto de patriotismo invertir en
esos billetes y las clases altas locales los compraban como gesto de su apoyo al movimiento
independentista. Así que Dexter los imitó. Lo que él no sabía era que aunque todos los
ricos presumían de sus compras de continentales, en realidad eran operaciones pequeñas de cara
a la galería. Eran conscientes de que aquella nueva moneda tan devaluada por el exceso de
emisión y la falsificación no remontaría. Dexter, en cambio, lo ignoraba e invirtió todo su dinero
en comprar continentales. Se hizo con todos los que pudo. Según algunos historiadores llegó a
poseer alrededor del 20% de todos los billetes en circulación cuando estos ya no valían casi nada.
Incluso siguió comprándolos después de mayo de 1781, cuando los billetes continentales dejaron
de usarse oficialmente como moneda legal por su carencia total de valor. Sus vecinos ricos habían
sufrido pequeñas pérdidas asumibles. Dexter había dilapidado todos sus ahorros y los de su esposa.
En 1789, el presidente George Washington escogió como primer secretario del Tesoro de los Estados
Unidos de América a Alexander Hamilton, quien a principios de la década de 1790,
tras la instauración del dólar como la moneda oficial del nuevo país, decidió conceder una
minúscula compensación a quienes aún poseían billetes continentales. Estos se podían cambiar
por bonos del Tesoro al 1% de su valor nominal inicial. Eso no ayudaba mucho, por ejemplo,
a los soldados que habían combatido desde el inicio de la guerra, ya que se les había pagado
su soldada en continentales y, por tanto, habían perdido el 99% del valor de los billetes que
conservaran desde entonces. Sin embargo, Dexter había adquirido la gran mayoría cuando estos
no valían prácticamente nada, cuando todo el mundo estaba deseando deshacerse de ellos a cualquier
precio, es decir, por mucho menos del 1% del valor original de la moneda continental. Como resultado
de aquel golpe de suerte que nadie podía haber previsto una década antes, Timothy Dexter se
convirtió en un hombre inmensamente rico. ¿Consiguió de ese modo que los miembros de la
alta sociedad de Charlestown lo aceptaran por fin? ¿O más bien sirvió para despertar sentimientos
de envidia hacia él y avivar el desprecio que le profesaban? ¿Qué creéis que pasó? Habéis
acertado. Al comprender que nunca podría conseguir el respeto de los poderosos de Charlestown,
Dexter se marchó a vivir a New Bullport, una localidad costera situada en el extremo noroeste
de Massachusetts. Allí se compró una lujosa mansión y un par de barcos con los que enfocó
sus actividades hacia la exportación de mercancías de todo tipo. Eso sí, como su gran afán era el
prestigio social, no dudó en escribir una carta a las autoridades de New Bullport para sugerirles
que le concedieran algún cargo público de relevancia. Por desgracia, como había estado
muy pocos años en la escuela y en su oficio de curtidor no había necesitado hacer uso del
lenguaje escrito, su caligrafía y ortografía eran tan deficientes que ni siquiera se entendía lo
que decía la misiva. Eso no frenó a Dexter, quien continuó enviando cartas y más cartas,
suponemos que cada vez mejor redactadas, hasta que por fin las autoridades comprendieron lo
que solicitaba y se lo denegaron. Consideraban que a pesar de su fortuna, su experiencia laboral en
el terreno de las pieles y su escasa formación académica no lo capacitaban para desempeñar un
cargo público, de modo que Dexter escribió otra carta y otra y otra. En unas suplicaba el puesto,
en otras lo exigía, hasta que finalmente las autoridades decidieron que la única manera de
que dejara de darles la lata era concederle un puesto público. Pero como no había ninguno
vacante que se ajustara a su perfil, se lo inventaron. Lo nombraron oficialmente informante
de ciervos de Newburyport. ¿Sabéis en qué consistía? Nosotros tampoco. Tal vez su labor
fuese la de informar a las autoridades en caso de que avistara un ciervo, porque hacía más de
dos décadas que no se veía uno en los alrededores de aquella ciudad. Es posible que no fuese el cargo
con el que Dexter soñaba, pero oye, era un cargo público al fin y al cabo. Así que ya no envió más cartas.
En el terreno de los negocios, Dexter tomó una serie de extravagantes decisiones que a priori
parecían de lo más irracionales y que, sin embargo, le reportaron pingües beneficios. Por ejemplo,
en inglés hay una expresión para referirse a algo sin sentido que se podría traducir como
enviar carbón a Newcastle. Y es que esa localidad inglesa, Newcastle, en aquella época y durante
mucho tiempo después, era un gran centro de producción y exportación de carbón. Es decir,
que llevar carbón a Newcastle sería como llevar frigoríficos al Polo Sur. ¿Y qué hizo Dexter?
Precisamente, llenó un barco con carbón estadounidense y lo mandó a Newcastle para venderlo allí.
Le había escuchado comentar a tanta gente aquella idea que, sin darse cuenta del significado real de
aquel modismo, decidió ponerla en práctica. Y logró venderlo todo. Y a un precio mayor del
habitual. ¿Cómo fue posible? Porque dio la casualidad de que, para cuando su barco arribó
al puerto de Tyne, muy cerca de Newcastle, hacía pocos días que había estallado una gran huelga
minera en la región. Y eso provocó escasez de carbón en una ciudad, Newcastle, que en cualquier
otro momento no habría comprado nada de carbón extranjero, ya que su economía se basaba,
precisamente, en venderlo. Por desgracia para Dexter, más dinero no le granjeaba mayor respeto
social, sino más envidias. Un conocido suyo, a quien él consideraba un amigo, se dedicó de
manera deliberada a darle malos consejos de inversión, con el objetivo de verlo arruinado.
Aprovechándose de que Dexter nunca había viajado muy lejos de los alrededores de Boston,
le aconsejó que vendiera calentadores de cama en las Islas del Caribe. ¿Sabéis lo que son,
verdad? Esa especie de sartenes con una tapa y un mango muy largo, que se llenaban con brasas
o piedras calientes y se colocaban entre las sábanas antes de ir a dormir para combatir el
frío. A Dexter le pareció una idea estupenda. Al fin y al cabo, a él le parecía un invento de
lo más práctico en los meses fríos del año. De modo que compró 40.000 calentadores y los envió
en un barco para tratar de venderlos en diferentes puertos caribeños. Aquellos de vosotros que nos
estéis viendo desde algún rincón del Caribe, podréis decirnos en los comentarios si compraríais
un calentador de cama. A priori, nosotros pensaríamos que no son necesarios en climas
tropicales. Sin embargo, Dexter logró venderlos todos con un sobreprecio del 60% y se hizo más
rico aún. ¿La explicación? Que a los isleños, aquella especie de cucharón con un mango largo
y una tapa les pareció una herramienta la más útil a la hora de preparar melaza. Esa especie de
miel que se obtiene de la caña de azúcar. Como el consejo de su amigo había resultado ser tan
fructífero, Dexter no dudó en seguir también el que le ofreció a continuación. Enviar mitones
de lana al Caribe. Pero en las islas no había demanda para cajas y cajas de cálidos guantes,
sin dedos. No importó. La suerte de Timothy Dexter volvió a hacer de las suyas y el barco
con la carga de mitones coincidió en un puerto caribeño con el barco de unos comerciantes chinos
que se los compraron todos para exportarlos a la gélida Siberia. Una vez más, Dexter obtuvo
beneficios. Hemos mencionado que Dexter adquirió una mansión en New Report. Pues bien, Dexter
quería que su nueva casa de tres plantas y construida sobre un terreno de cuatro hectáreas
fuera la más exuberante y espectacular de toda la región. Para ello, añadió una entrada con
columnas y colocó algunos minaretes sobre el tejado y coronó la cúpula que remataba éste
con una estatua dorada de un águila calva, animal que había sido elegido símbolo de los Estados
Unidos por el Congreso Continental en 1782. Como todos aquellos adornos le parecían poca cosa,
encargó también 40 estatuas de madera de personajes famosos de la historia que colocó
sobre otras tantas columnas repartidas por los jardines. Entre ellos estaban George Washington,
Napoleón Bonaparte, Thomas Jefferson y, por supuesto, Timothy Dexter. Debajo de cada una
de las estatuas que estaban pintadas con llamativos colores había una breve inscripción redactada por
él mismo. La que había a los pies de la suya rezaba, soy el primero en Oriente, el primero en
Occidente y el filósofo más grande del mundo occidental. La de Napoleón decía, el guerrero
más grande, quien conquistó todo pero no es ninguno de nosotros. Dexter también hizo construir en su
mansión un lujoso mausoleo destinado a acoger sus restos cuando muriese. Algunas fuentes relatan
que le gustaba dormir en él, otras que lo hacía en una taúd situado en su dormitorio, pero ambas
versiones tienen más pinta de leyenda que de anécdota real. Lo que sí quedó documentado
fueron los siguientes negocios extravagantes con los que su patrimonio continuó creciendo y
creciendo. En una ocasión, por ejemplo, Dexter entendió mal un mensaje enviado por el capitán
de uno de sus barcos y, por error, le ordenó comprar 350 toneladas de barbas de ballenas,
esas láminas elásticas de queratina que las ballenas barbadas poseen en el maxilar superior
y que juegan un papel clave en su alimentación, ya que les sirven para filtrar el agua que
introducen en su boca, reteniendo los pequeños peces, el zooplacton o el krill que pueda haber
en ellas. La cuestión es que, de manera involuntaria, Dexter había acaparado gran
parte del stock internacional de un producto que en aquellos momentos no tenía demasiadas
aplicaciones prácticas más allá de la corsetería. Pero la deosa fortuna volvió a sonreír a nuestro
protagonista y en Europa comenzaron a demandar un nuevo tipo de corsé más corto destinado
principalmente a realzar el pecho en lugar de a comprimir la cintura y para fabricar la avalancha
de nuevos corsés que demandaba la gente hacían falta muchas barbas de ballena que se empleaban
a modo de varillas. De hecho, de ahí proviene que se siga llamando así ballenas a esas piezas de
plástico que encontramos hoy en los cuellos de las camisas para darles rigidez. Gracias a ese
repentino repunte de la fabricación de corsés, Dexter pudo vender todas sus barbas de ballenas
y una vez más logró grandes beneficios. Pero para ser justos con Timothy Dexter no siempre hizo
grandes negocios a golpe de suerte. A veces también usaba trucos moralmente discutibles. Por ejemplo,
en vista de que vender cosas en el Caribe se le daba bien, envió allí un barco cargado con miles
de biblias que intentó vender a los lugareños a precio de oro. Una vez más vendió toda su
mercancía, pero el motivo principal fue su particular campaña de marketing. Antes de que
su barco zarpara hacia aguas tropicales, había dado orden a sus marineros de que en cada puerto
al que llegasen hicieran correr la voz entre los locales de que, según decían las sagradas
escrituras, aquel que no poseyera su propia biblia ardería en el infierno por toda la eternidad.
Mientras tanto, en Newport había surgido un problema. Un problema peludo. Tan peludo como
una montaña de gatos callejeros. Y es que los adorables mininos se habían reproducido sin
control y centenares de ellos deambulaban por todos los trincones de la localidad. Aunque,
como informador de ciervos, no era responsabilidad de Dexter ocuparse de los gatos, tuvo una idea
bastante extravagante, como era habitual en él, pero al mismo tiempo bastante astuta. Ofrecía una
pequeña recompensa económica por cualquier gato callejero que le llevaran a su mansión y,
de ese modo, con la colaboración ciudadana, no tardó en reunir a centenares de felinos en su
hogar. ¿Y qué hay de astuto en ello? Os estaréis preguntando. Ahora viene esa parte del plan. Como
los barcos de Dexter viajaban cada dos por tres al Caribe, sabía que en todos los almacenes portuarios
de las islas sufrían el mismo problema. Las plagas de ratas. De modo que embarcó a su legión de gatos
en uno de sus mercantes y los mandó allí donde resultarían útiles. Los caribeños se beneficiaron
de los servicios de aquellos habilidosos cazadores de ratas y Dexter, como no podía ser de otro modo,
volvió a engrosar sus bolsillos. Ya fuera gracias a la suerte o a su instinto comercial y su
creatividad, Dexter no cesaba de enriquecerse y decidió adquirir una residencia secundaria en la
localidad de Chester, en el estado de New Hampshire. Allí, para incrementar su prestigio social, Dexter
se otorgó a sí mismo el título de Conde de Chester y empezó a premiar a todo aquel que se dirigiera
a él como Lord Chester. A los niños les daba veinticinco centavos, a los adultos los invitaba a
cenas y copas. Como era de esperar, aquella necesidad tan evidente de aceptación social y sus
excentricidades, sumadas a su envidiada fortuna, incrementaban las burlas de sus vecinos, aunque no
lo manifestasen abiertamente ante él. Sospechando que quienes le sonreían a la cara en realidad lo
despreciaban, Dexter se volvió cada vez más taciturno. Bebía en exceso y solía tener la
mirada perdida, dos cosas por las que le regañaba con frecuencia su mujer. Él, por su parte, decidió
negar el hecho de que su esposa estuviera viva y a todo el mundo le hablaba de ella como si hubiese
fallecido. Cuando alguien le respondía que acababa de ver a Elizabeth paseando poco antes, Dexter le
explicaba con delicadeza que se trataba del fantasma de su mujer, el mismo que él veía de vez en
cuando deambular por su mansión. El último episodio de la extravagancia de Timothy Dexter se produjo
tras anunciarse la noticia de su fallecimiento. Alrededor de 3.000 personas pasaron por el
velatorio que se celebró en su mansión. Todo transcurrió con normalidad hasta que escucharon
unos gritos provenientes de la cocina. Se trataba de la esposa de Dexter, a quien estaba golpeando
con un bastón. Su marido, Dexter, había fingido su propia muerte. ¿Y por qué? Porque sospechaba que
estaba rodeado de gente falsa y aduladora y quería averiguar quiénes eran sus verdaderos amigos. De
modo que se ocultó en un escondite secreto para observar cómo reaccionaba la gente ante su muerte.
Pero se enfureció tanto al ver que su mujer no lloraba que decidió salir para golpearla,
aunque así desvelara el engaño. Si ese era el carácter que le mostraba a su esposa,
no nos extraña nada que ella no dejará caer ni una lágrima en su funeral.
Dexter fallecería de verdad pocos años después de aquel episodio, el 23 de octubre de 1806,
a los 59 años, a causa de algún tipo de enfermedad. Tras su muerte, los muebles de la
mansión, que aún sigue en pie, fueron subastados y con ellos la gran mayoría de las estatuas del
jardín. Otras fueron destruidas por la gran tempestad de septiembre de 1815 y algunas de
las restantes se emplearon como simple leña y se quemaron. Solo seis de ellas sobrevivieron
hasta nuestros días. Eso sí, Timothy Dexter también dejó para la posteridad un libro tan
extravagante como él, cuyo título podría traducirse como Un berenjenal para los sabios
o verdades sencillas con un vestido sencillo. Lo escribió cuando tenía 50 años y constaba
de unas 9.000 palabras escritas en 32 páginas a modo de cartas, todas ellas firmadas por él con
su nombre o sus iniciales. El contenido, caótico, contaba una especie de autobiografía repleta de
divagaciones de todo tipo, como quejas acerca de los políticos y el clero o alabanzas a su propia
gloria y poder, además de la sugerencia de que los Estados Unidos necesitaban un emperador y
deberían pedirle a él que tomara el timón del país. Aquel escrito carecía casi por completo
de signos de puntuación, lo que unido a su ortografía y gramática poco ortodoxas, por usar
un eufemismo y el uso alegremente aleatorio de las mayúsculas, lo convierten en una pieza única,
aunque de difícil comprensión. ¿Era aquel libro una astracanada o una genialidad? Cada quien tendrá
su opinión, pero lo cierto es que si bien la primera edición corrió de su propio bolsillo y
la repartió de manera gratuita, aquel libro llegó a reeditarse hasta ocho veces y hoy es objeto de
deseo de coleccionistas. El poeta del siglo XIX Oliver Wendell Holmes escribió en 1890 sobre
aquella obra. Me temo que el señor Emerson y el señor Whitman deben ceder el derecho de declarar
la independencia literaria estadounidense a lo Timothy Dexter, quien no solo enseñó a sus
compatriotas que no necesitaban ir al colegio de heraldos para autenticar sus títulos nobiliarios,
sino que tenían perfecta libertad para escribir como quisieran y para escribir sin preocuparse
por interrupciones de ningún tipo. En la segunda edición de su libro, como respuesta a todos
aquellos que habían criticado la ausencia de signos de puntuación, Dexter incluyó una página
extra al final en la que había una serie de filas compuestas únicamente por comas, exclamaciones
y puntos, todos seguidos, acompañados de una nota en la que pedía a los lectores que los
colocaran donde a ellos les diera la gana. ¿Y vosotros qué opináis de la historia de Timothy
Dexter? ¿Creéis que era lo que suele llamarse un tonto con suerte, un hombre extravagante con
buen ojo comercial o tal vez una mezcla de ambos? Me gustaría que nos lo contárais abajo en los
comentarios. Y si queréis conocer más historias interesantes, suscribíos a nuestro canal.
Muchas gracias por estar ahí, mentes curiosas. ¡Nos vemos en el siguiente vídeo!
