12 cosas perturbadoras del Japón Antiguo

Relatos Históricos
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10 ene 2026
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Sin embargo, hay otras prácticas del antiguo Japón que podrían ser calificadas como tanto o más espantosas, escalofriantes y turbadoras que el seppuku y hoy las conoceremos.
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12 cosas perturbadoras del Japón Antiguo.
La lejanía y el aislamiento de Japón hasta hace relativamente poco privó al mundo occidental
de mucha información sobre este archipélago del Pacífico Oriental, con tradiciones perturbadoras.
La más conocida en Occidente de estas antiguas tradiciones es el harakiri o seppuku, la muerte
ritual que se hacía en los samuráis, rajándose el vientre, una muerte espantosa cuyo dolor
era cortado por una decapitación benévola. El seppuku llevó a ver a los japoneses en todo
el mundo con una mezcla de respeto por su coraje incomparable y de temor por lo que
eran capaces de hacer consigo mismos. Sin embargo, hay otras prácticas del
antiguo Japón que podrían ser calificadas como tanto o más espantosas, escalofriantes y
turbadoras que el seppuku, y hoy las conoceremos. Antes de meternos a fondo, no te olvides de
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nuestras actualizaciones. 1. Hitobashira
El hitobashira fue una muerte ritual practicada antiguamente en Japón, mediante la cual una
persona era enterrada viva en el lugar en el que se iba a construir un gran inmueble,
como un castillo, una represa o un puente. Se creía que de esta manera los dioses
shintoístas protegerían la edificación contra desastres naturales, como terremotos e inundaciones,
así como de ataques enemigos. El término también alude a las personas que morían por este horrendo
procedimiento. Uno de los primeros registros del hitobashira, referido en las crónicas de Japón,
data del año 323 de la Era Común, en tiempos del emperador Nintoku.
Los ríos Kitakawa y Mamuta estaban a punto de desbordarse, la construcción de represas
estaba fuera del alcance de la población afectada, por lo que el asunto fue elevado
al emperador. El monarca dijo que había tenido un sueño en el que recibió una revelación divina,
de que si un hombre de nombre, Kowakubi, de la provincia de Emusashi y otro llamado Koromonoko,
de la provincia de Kawachi, morían como ofrendas a las deidades de los dos ríos,
la construcción de los diques se facilitaría. Kowakubi fue arrojado a la corriente del Kitakawa
con una oración ofrecida, y después del episodio, el río fue represado. Koromonoko,
el otro hombre destinado a morir, escapó del horrendo destino.
Una pobre mujer fue enterrada debajo del castillo de Mauroka
El periódico japonés del siglo XV, Yasutomiki, reporta cómo surgió la tradición nagara no,
hitobashira. Una mujer iba atravesando el río Nagara con un niño en su espalda,
y fue atrapada en medio de la corriente y enterrada en el sitio donde sería construido
un gran puente. Las historias sobre hitobashira fueron comunes en Japón hasta el siglo XVI,
y casi siempre las muertes rituales se realizaban cuando estaban previstas obras complejas,
peligrosas y con frecuencias relacionadas con el agua, como puentes y diques.
Cuando Shibata Akatsutoyo, sobrino del samurái del siglo XVI, Shibata Akatsuie,
estaban construyendo el castillo de Mauroka, uno de los edificios más antiguos que se conservan
en Japón, un muro de piedra se derrumbaba una y otra vez, sin importar cuántas veces lo erigieran,
hasta que un vasallo le dijo al propietario que debía hacer una ofrenda mortal.
Una pobre mujer fue la elegida, y al ver su muerte como un hecho inevitable,
la aceptó con la condición de que uno de sus hijos fuera convertido en samurái,
siendo enterrada debajo del pilar central de la torre de homenaje del castillo.
2. Tsujihiri
Tsujihiri, que significa literalmente asesinato en encrucijada, fue una práctica en la que un
samurái probaba una nueva katana, un nuevo estilo de lucha, atacando a una persona,
generalmente un transeúnte indefenso escogido al azar, a menudo en la oscuridad de la noche.
En la época medieval, la palabra hacía referencia a duelos entre los elitistas guerreros,
pero durante el periodo Sengoku, desde 1467 hasta 1600, la anarquía desbocada y el poder
sin contención de los samuráis hizo que estos asesinatos indiscriminados fueran más frecuentes.
Tras el restablecimiento del orden, el gobierno de Edo prohibió la práctica de el Tsujihiri en
1602, aplicando la pena de muerte a los infractores. En 1696 se produjo en Edo un
horrendo incidente conocido como la Matanza de Yoshiwara, cuando Sano Hirosaemon, un hombre
rico, mató con su katana a decenas de trabajadoras sexuales en el barrio rojo de la ciudad, en medio
de un ataque psicótico. A pesar de su clase social, riqueza e influencia, Hirosaemon fue
tratado como un criminal cualquiera y ejecutado. Más tarde ese acontecimiento fue utilizado para
una obra de teatro japonés, que a su vez inspiró en 1960 la película El héroe del distrito rojo.
Controversias sobre el Tsujihiri
Hace finales del periodo Edo, en los años 1860, el artista marcial Motoyoshi Kanaya escuchó que
una banda criminal practicaba el Tsujihiri, en el puente Akabanesbashi, en el barrio Shiba de
la actual Tokio. Una noche llegó temprano y se escondió, y cuando la banda apareció,
salió y los mató a todos. En 1981, la filósofa británica Mary Mitley escribió el ensayo Probar
la nueva espada, en el que rechaza el relativismo moral y cultural entre las culturas, utilizando
el Tsujihiri como ejemplo de una abominable práctica que debía ser condenada. Jordan Sun,
un profesor de historia japonesa, criticó a Mitley, diciendo que el autor había tergiversado prácticas
del antiguo Japón. Sun señaló que el Tsujihiri nunca fue tolerado, y que ni siquiera estaba
claro de que hubiera sucedido con frecuencia. Añadió que cualquier samurái que se hubiera
prestado para estos asesinatos habría sido rechazado como un loco por sus colegas.
3. Terminaban con la vida de niños
Terminaban intencionalmente con la vida de bebés y fue una práctica extendida a lo largo de la
historia de la humanidad, que se utilizó principalmente para deshacerse de niños
no deseados. Su principal objetivo era evitar el gasto de recursos en criar niños discapacitados
o débiles. Los bebés no deseados generalmente eran abandonados a la interperie para que murieran
por la exposición a los elementos, aunque algunas sociedades practicaron el asesinato directo y
deliberado. Por lo general, fue una práctica ilegal, aunque en muchos lugares se toleraba,
o la prohibición no se ejercía con rigor. En el Japón de la época feudal, al terminar con niños
era referido eufemísticamente como arrancar plantas de un jardín superpoblado. Un método
común japonés de acabar con niños era obstruir la boca y las fosas nasales del bebé con papel
mojado para que muriera por ahogamiento. El 97% de los muertos por homicidio en Japón
eran bebés. El acabar con niños se convirtió en una herramienta de control poblacional y los
granjeros nipones con frecuencia mataban a su segundo o tercer hijo, sobre todo si eran varones.
Las niñas tenían mejor expectativa de vida, ya que podían casarse jóvenes, liberando raciones
de comida, venderse como trabajadoras sexuales o sirvientas, o quizá convertirse en geishas.
Criar gemelos se percibía como un acto bárbaro y se hacían esfuerzos por ocultarlo, casi siempre
matando a uno o a los dos. El acabar con niños persistió durante el siglo XIX y principios del
XX. Según una estimación, en el año 1900, el 97% de los muertos por homicidio en Japón
fueron recién nacidos. 4. Ubasute.
Ubasute, que significa literalmente abandona a un anciano, era una práctica del antiguo
Japón consistente en abandonar a un pariente en edad mayor o muy enfermo, en algún lugar desolado
y remoto para que muriera, en una especie de eutanasia. Según la enciclopedia japonesa
Kodansha, el Ubasute es tema legendario y no parece haber sido nunca una costumbre común.
Se afirma que la práctica era supuestamente más común en tiempos de sequía y hambruna,
y a veces se hacía por mandato de los funcionarios feudales.
El erudito e investigador Kunio Yanagita, reconocido como el recopilador y máximo
especialista del folclor nativo japonés, afirmó que el Ubasute fue un tema folclórico proveniente
del budismo de India. En una alegoría budista, una madre es llevada por su hijo a cuestas,
a una montaña, y en el camino la mujer va recogiendo pequeñas ramas con los brazos
extendidos y las va regando en el trayecto, para que su cargador encuentre el camino de
regreso a casa. El Ubasute ha inspirado el trabajo de varios creativos. El Ubasute dejó
huella en el folclor y la cultura japonesa, inspirando muchas leyendas, poemas, relatos,
novelas y películas. Un poema japonés conmemora la alegoría budista del hijo que arrastra a la
En las profundidades de las montañas, ¿a quién le importaba que la anciana madre
rompiera una ramita tras otra, sin hacer caso de sí misma lo hizo por el bien de su hijo?
La balada de Narayama, novela de 1956 del escritor japonés Shishiro Fukasawa,
explora en profundidad la presunta práctica del Ubasute, y en 1958 fue llevada al cine
en la película homónima por el cineasta nipón Keisuke Kinoshita. En 1983, el director Shohei
Imamura volvió a llevar al cine la célebre novela de Fukasawa, ganando la palma de oro del Festival
de Cannes. El director surcoreano Kim Ki-jong igualmente llevó a la pantalla grande la
perturbadora práctica en su película de 1963, Goryeo Jang. Número 5. En el siglo XVIII,
los habitantes de Edo producían 500.000 toneladas de heces anuales, que se usaban
como fertilizante. Con los precios de los fertilizantes disparados a raíz de la invasión
rusa de Ucrania, los japoneses han retornado a su ancestral práctica de fertilizar la tierra,
con abonos basados en desechos humanos. El Shimogoe, o fertilizante del trasero
de una persona, no requiere importación, es barato, reciclado, cuenta con milenios de tradición,
y está ganando popularidad entre los agricultores japoneses, a medida que las opciones químicas se
encarecen por la guerra en el este de Europa. Como en casi todos los lugares del mundo,
en el archipélago japonés, que no fue dotado por la naturaleza de muchas tierras fértiles,
era común el uso de excrementos humanos para fertilizar los cultivos.
En el siglo XVIII, los japoneses del actual Tokio aportaron medio millón de toneladas de fertilizantes
al año provenientes de sus propios organismos, para asegurar el crecimiento y prosperidad de
los sembradíos. La llegada de los sistemas de alcantarillado y de las plantas de tratamiento
de aguas hervidas, junto con el invento de los fertilizantes químicos en el siglo XX,
dejó fuera de moda las heces fecales como abono. La alta demanda agota rápidamente las existencias.
La guerra ha resultado una penuria para los ucranianos, y en menor medida para los rusos,
pero en Tome, en el norte de Japón, se convirtió en una bonanza, con un incremento del 160% interanual
en las ventas de shimogoe en marzo de 2023. La demanda ha sido tan alta que el inventario se
agotó por primera vez desde 2010. Cuando se inició, o mejor dicho, se reinició la práctica.
Toshiaki Kato, gerente de una instalación productora del abono de heces, dijo que la
alta demanda de su producto era muy fácil de explicar.
Nuestro fertilizante es popular porque es barato y está ayudando a los agricultores a
reducir los crecientes costos. Y añadió, también es bueno para el medio ambiente.
Kato elabora su fertilizante mezclando lodos de depuradora tratados con desechos humanos de pozos
negros. Una bolsa de 15 kilogramos cuesta 1,10 dólares, una décima parte del precio de los
productos elaborados con materias primas importadas. También en Saga, en el suroeste del archipiélago,
las autoridades informaron que las ventas de Shimogoe habían aumentado entre dos y tres
veces. Muchos visitantes de otras partes del país han ido a las plantas productoras del
fertilizante con la idea de replicar el procedimiento en sus lugares de origen.
Arata Kobayashi, especialista en fertilizantes, dijo que a comienzos del siglo XVIII el millón
de habitantes Edo, la actual Tokio, aportaba aproximadamente 500.000 toneladas al año de
material para fertilizar. Fue un gran negocio en el que participaron recolectores, transportistas
y agricultores, y todos ellos se beneficiaron del sistema de reciclaje, añadió Kobayashi.
6. Anna Tsurushi.
Anna Tsurushi, también conocido simplemente como Tsurushi, era una tortura utilizada en
el siglo XVII en Japón para obligar a los cristianos a renegar de su fe. El torturado
era amarrado por los pies y colgado con la cabeza hacia abajo, y existen evidencias de
que tanto japoneses convertidos al cristianismo, como cristianos occidentales, fueron sometidos
al suplicio. Uno de los brazos de la víctima se mantenía firmemente atado al cuerpo, dejando
el otro libre para que pudiera señalar con la mano su decisión de retractarse. Personas
que fueron sometidas al tormento afirmaron que era casi insoportable, aunque algunos,
como Lorenzo Ruiz, lo resistieron. Lorenzo Ruiz, nacido en Manila en el año 1600 y canonizado
en 1987 como el primer santo filipino por el Papa Juan Pablo II, no objuró de su fe bajo la
tortura, muriendo el 29 de septiembre de 1637 en la isla japonesa de Okinawa.
La novela y el cine dieron a conocer al Tsurushi por todas partes del mundo. Durante la ejecución
del suplicio del Tsurushi, a menudo el suplicado era bajado por un agujero con excrementos
en el fondo. Las víctimas recibían unos cortes en las frentes y las sienes para permitir
que la presión sanguínea bajara en la cabeza. El objetivo era romper su resolución de persistir
en su fe, o eventualmente morirían. A veces había un médico en el lugar para recuperar
a los más resistentes y continuar con la tortura.
Según estimaciones, unos 2.000 cristianos murieron martirizados con el Tsurushi. Los
que incurrían en apostasía eran liberados, y de esta forma el shogunato logró purgar
al cristianismo en las islas japonesas. La novela de ficción histórica Silencio del
escritor japonés del siglo XX, Shusaku Endo, llevada al cine en 2016 por Martín Scorsese
en la película del mismo nombre, dio a conocer el Tsurushi en todo el mundo.
La batalla de gases El arte japonés está lleno de sorpresas,
incluyendo temas algo escandalosos o escatológicos, como los torneos de coitos, los concursos
fálicos y la batalla de flatulencias. Heigasen, que significa batalla o competición
de flatulencias, es un rollo de papel con dibujos en tinta, realizado por un dibujante
no precisado durante el periodo Edo. En los dibujos puede observarse a personas
semidesnudas, mayoritariamente hombres, en varias posiciones, emitiendo gases en dirección
a otros individuos, animales, como caballos y gatos, y objetos.
Se cree que el rollo de dibujos digitalizado por la Biblioteca de la Universidad de Waseda
pudo haberse realizado para destacar los cambios sociales y políticos en Japón.
El pergamino digitalizado por la Universidad de Waseda termina en el extremo izquierdo
con un colofón, que indica que se trata de una obra de 1846 de un pintor de Fukuyama
de 69 años llamado Airán, y que es una copia de un original de 1680 pintado por Hishikawa
Moronobu. El artista quizás sea Murakata Airán.
En los dibujos, las flatulencias son muy destructivas. El pergamino de Waseda presenta personajes
que desatan su furia flatulenta, como nunca antes se había visto.
Las explosiones atronadoras abundan, y aldeas enteras son destruidas, árboles arrancados
de raíz y animales propulsados por los aires por la pura fuerza de las flatulencias. Mientras
tanto, los desafortunados objetivos intentan defenderse con abanicos y máscaras.
Los concursos fálicos y las batallas gaseosas no se limitaban a la era moderna temprana.
Los falos de los Shunga, de mayor tamaño que el natural, en realidad eran heredados
de las pinturas Kashie, cuyo ejemplo más antiguo, el rollo Mitsui, se exhibe en el
Museo Memorial Mitsui de Tokio. Este rollo, que data de entre los siglos
XII y XVI, aunque probablemente sea una copia de un original medieval, no sólo representa
un concurso fálico, sino una batalla de flatulencias. Los rollos de Hei Gassen eran una tradición
desenfadada del arte japonés, el equivalente oriental del humor escatológico.
Mientras que la escatología occidental moderna temprana en la literatura y el arte visual
tiende a señalar un objeto específico para criticar, en el caso de los Hei Gassen, su
intención crítica no es obvia, dijo Akiko Yano.
8. El Seppuku. Yamamoto Tsunetomo, un samurái que vivió
entre los años 1659 y 1719, vasallo del clan Nabeshima, escribió el Heihakakure, o el
Camino del Samurái, una guía práctica y espiritual para los famosos guerreros.
Tsunetomo escribió, el camino del samurái es la muerte, y con la frase no se refería
sólo a la muerte en combate, sino también al deber del guerrero de morir por propia
decisión antes que aceptar la rendición. Desde los periodos más antiguos de la historia
japonesa se pusieron en práctica diferentes métodos para estas muertes honorables, como
tirarse a las aguas con todo el peso de la armadura, para perecer ahogado o arrojarse
del caballo con la espada en la boca. Pero el método más conocido y emblemático fue
el de rajarse el vientre con un puñal, el llamado harakiri, o seppuku, según el término
más formal.
7. La suprema manifestación del valor. Aunque probablemente se utilizó con anterioridad
el primer caso documentado de seppuku data del año 1180, cuando Minamoto no Yorimasa,
un samurái exceptoagenario, se rajó las entrañas tras quedar acorralado y herido
al final de una batalla. En el Japón feudal, la decisión de inmolarse se explicaba por
el deseo de adelantar la muerte, para no tener que enfrentarse a un suplicio mortal, y mucho
más doloroso, como la crucifixión, evitando la deshonra que ello suponía para el guerrero
y su clan.
Aún así, el seppuku y otras formas de muertes rituales eran más bien excepcionales, ya
que no resultaba extraño que un samurái vencido pasara a luchar para otro señor si
se aseguraba la continuidad de su estirpe. Por otra parte, el harakiri podía ser dictado
como una sentencia de pena de muerte y obligado cumplimiento por parte de un tribunal. Resulta
extraño, especialmente a ojos occidentales, que los japoneses eligieran un método de
muerte tan espantoso. La evisceración se producía mediante dos cortes, uno horizontal
y otro vertical, y el dolor de la agonía del guerrero en trance de muerte era cortado
por el ekaishakunin, que lo decapitaba tan pronto se apuñalaba. En resumen, una muerte
tan escalofriante que se entendía como una manifestación suprema de coraje.
9. ¿Cómo se ejecutaba la pena de muerte?
En Japón, los delitos graves como el asesinato y el incendio provocado se castigaban con
la muerte. El shogunato Tokugawa, que gobernó Japón durante el periodo Edo, mantuvo campos
de ejecución en la capital en Kosukapara, Itabashi y Susugamori. El campo de Kosukapara,
el más importante de Edo, se encontraba cerca de donde actualmente está la salida suroeste
de la estación ferroviaria Tokyota de Minamisenku. Se estima que en Kosukapara fueron ejecutadas
entre 100.000 y 200.000 personas. De este sitio solo queda una parte enterrada debajo
de las vías férreas, al lado del templo en Meiji.
La Universidad de Tokio realizó una investigación arqueológica y forense de los restos humanos
enterrados en un cementerio del lugar, confirmando los métodos de ejecución.
El shogunato aplicaba la pena capital de diferentes maneras, incluyendo la muerte tradicional
en la hoguera, hervir hasta morir, decapitación con espada, ahorcamiento, aserrado, incluyendo
corte por la cintura y crucifixión, esta última pena aplicada a parricidas u oxiricidas.
El dominio de Kanazawa, en la actual prefectura de Ishikawa, combinaba el corte en dos por
la cintura y la decapitación para los casos más graves.
Arresto domiciliario esposado
La sentencia de muerte suponía otros castigos previos para el condenado, como exhibirlo
públicamente o hacerlo desfilar por las calles, a menudo con la cabeza rapada. A los samuráis
condenados a la pena capital se les permitía cometer el sepuku, con lo que evitaban morir
por otros métodos considerados deshonrosos. Los criminales que se salvaban de la pena
de muerte generalmente eran exiliados en una isla, siendo famosos los confinamientos de
Hashihoshima y Miyakejima. Las convictas podían ser sentenciadas a actuar como trabajadoras
sexuales en los distritos rojos. Una modalidad del sistema penitenciario japonés del periodo
Edo era el arresto domiciliario esposado por 30, 50 o 100 días.
Los monjes que se convirtieron en momias en vida, o Sokushinbutsu
El Sokushinbutsu era una práctica de los monjes budistas japoneses de observar un ascetismo
extremo hasta morir, entrando en momificación mientras estaban vivos. El clima japonés
favorece la momificación, y los monjes budistas de la secta Shingon descubrieron una manera
de momificarse a través de un riguroso entrenamiento ascético, a la sombra de un pico particularmente
sagrado en la montañosa prefectura de Yamagata, en el norte del país.
Entre 1081 y 1903, al menos 17 monjes lograron momificarse, aunque es posible que la cifra
sea mayor, considerando que no todas las momias han sido recuperadas de las tumbas alpinas.
Estos monjes ultraascéticos emprendieron esta práctica para emular a un colega y maestro
del siglo IX, de nombre Kukai, póstumamente conocido como Kobo Daishi, fundador de la
secta Shingon, en el año 806. En el siglo XI apareció una biografía de
Kukai, afirmando que el monje muerto en 835 realmente no murió, sino que se arrastró
moribundo hasta su tumba, y entró en enryuho, un estado de meditación tan profundo que
induce a la animación suspendida. Según el mismo texto, Kukai planea emerger
dentro de 5.67 millones de años para llevar al nirvana a un grupo de almas.
PRIMER INTENTO DE SOKUSHINBUTSU
Aunque el budismo existe en varios países, se cree que sólo en Japón se ha desarrollado
esta práctica de inducir la propia muerte por inanición.
El primer intento registrado de convertirse en un Sokushinbutsu a través del acto de automumificación
tuvo lugar a finales del siglo XI. En 1081, un hombre de nombre Shogin intentó emular
a Kukai hasta el enryuho, enterrándose vivo. Al igual que su maestro esperaba mantenerse
vivo y regresar en un tiempo muy lejano para el bien de la humanidad, sin embargo, cuando
sus discípulos lo desenterraron, el cuerpo ya había comenzado a descomponerse.
Se requirieron casi 200 años de ensayo y error para que estos hombres que creían estar
engañando a la muerte, para alcanzar un estado de eterna meditación, descubrieran automumificación.
11. LA CONTEMPLACIÓN DE LOS 9 ESTADOS DE DESCOMPOSICIÓN
La contemplación de las nueve etapas de un cadáver en descomposición es una práctica
de meditación budista, en la que la persona que medita imagina que contempla el deterioro
gradual de un cadáver. Es una de las dos meditaciones sobre lo poco
atractivo o lo repugnante que realizan los budistas, y en el budismo japonés se relaciona
con la estética de la impermanencia, un concepto que se conoce como devenir en la filosofía
occidental. Las nueve etapas de un cadáver en descomposición
son distensión, ruptura, exudación de la sangre, putrefacción, decoloración y desecación,
consumo por animales y aves, desmembramiento, reducción a los huesos o esqueletización,
y resecación hasta la conversión en polvo. Varias técnicas de meditación sobre el proceso
de descomposición corporal se remontan al budismo temprano en India.
La observación de la descomposición humana, una práctica para mitigar el deseo de otro
cuerpo. Los monjes budistas utilizaban la contemplación de cadáveres en descomposición
como una práctica monástica para reducir el apetito de otro cuerpo.
Un cuento japonés narra que un monje de nombre Genpin se enamoró de la bella esposa de un
consejero, y para expulsar ese sentimiento imaginó a la mujer en estado de descomposición,
lo que le permitió alcanzar la iluminación al entender la naturaleza del cuerpo.
Dado que casi siempre se trataba de reducir el deseo entre hombres, el cadáver objeto
de meditación tendía a ser de mujer. Sin embargo, las 9 etapas también se aplicaban
al propio cuerpo para reducir el apego al mismo, y se animaba a las mujeres a seguir
el mismo procedimiento de contemplación de su impureza corporal.
Según algunas fuentes, el practicante debía contemplar un cadáver de su propio género,
ya que lo contrario sería impuro. Algunas escuelas destacan que las diferencias
entre hombres y mujeres se van desvaneciendo en la medida que avanza la descomposición,
y en el estilo Kusuzu, los muertos observados son solo mujeres.
12. Wakshu. Wakshu, que significa persona joven, es un
término japonés equivalente a adolescente, utilizado particularmente durante el periodo
Edo. Aunque nunca era usado para las niñas, la condición de wakshu se indicaba mediante
un corte de pelo. El periodo wakshu o wakashu abarcaba aproximadamente
entre los 7 y los 17 años, cuando el niño salía de la primera infancia, iniciaba su
educación formal y eventualmente él obtenía un empleo fuera del hogar hacia el final del
lapso. Durante su época de wakshu, el chico llevaba
un peinado distintivo, con una pequeña porción afeitada en la coronilla y mechones largos
al frente y a los costados, y habitualmente vestía un kimono de mangas abiertas.
Después de la ceremonia de mayoría de edad, se afeitaban los mechones, dando lugar al
peinado masculino adulto, y pasaba a usar un kimono de mangas redondeadas.
Sexualidad En el Japón de la era Edo, los adolescentes
eran considerados objetos válidos de deseo por parte de mujeres jóvenes y mayores, y
hombres mayores. Como la edad era un aspecto importante, pero
no crucial, en un wakshu, ya que la ceremonia de mayoría de edad podía retrasarse, algunos
hombres adoptaban los modales y la apariencia de un adolescente.
Ese era el caso, por ejemplo, de los trabajadores de la profesión más vieja del mundo, varones
jóvenes que buscaban ser deseados como un wakshu.
Se afirma que para prevenir estas estafas con la edad, en 1685, el shogunato tomó enérgicas
medidas contra los llamados o wakashu, o jóvenes mayores, algunos de los cuales habían retrasado
su ceremonia de mayoría de edad hasta los 25 años.
Incluso uno de los relatos de la colección El Gran Espejo del Amor Masculino, del escritor
del siglo XVII, Ihara Saekaku, presenta a un samurái wakashu exagenario.
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cosas perturbadoras del Japón Antiguo.
