Una luz del paraíso - 1👼 - COMPILACIÓN - Mi Pequeña Biblia✝️
1 Visualizaciones de video·19 dic 2024
Comments are disabled for this video.
Sabes tú cómo el mundo comenzó
Cómo Dios con sus manos lo creó
Desde las montañas al inmenso mar
A cada árbol con sus hojas en total
Está en el libro de Dios
Ve y ábrelo y míralo
Es una historia que nos llega a todo
La más grande es Dios
En la tierra de Israel existía un profeta llamado Jonás.
Profeta era aquel que les enseñaba a los demás acerca de Dios y de su amor.
Jonás le contaba a sus amigos y a sus vecinos cómo Dios amaba a todas las personas.
Y a semejanza de Dios, Jonás trataba de amar a todas las personas y a todos los seres.
Hoy tus peces se ven frescos, Zophir.
Oh, claro que sí, Jonás. Son los más frescos que encontrarás y comerás.
Ya sabes cuánto me gusta comer pescado.
Ah, también llevaré una bolsa de maní.
Parece que hay alguien tan hambriento como yo.
¿Tienes hambre, palomita? Ven, cómetelo mío.
También eres criatura de Dios.
Parece que alguien está discutiendo.
El caldero es mío, te digo. Yo lo vi primero que tú.
Yo me lo voy a llevar porque lo necesito para sacar agua.
No, señor, mentiras tuyas. Yo lo necesito más que tú.
¡Deténganse!
Las peleas no resuelven nada. Además, me están haciendo sentir mareado.
Amigos, por favor. Dios no quiere que ustedes peleen. A Él le molesta.
Ahora el caldero no es para ninguno.
Ambos estaban actuando mal.
Parece que fueran ciudadanos de Ninive.
¿Quieren que Dios piense que actuamos como ninivitas?
No, Jonás. Lo sentimos, Jonás.
Los ninivitas son enemigos de nuestro pueblo.
Me enteré de que robaron un bote lleno de peces.
Sí, ellos son ladrones.
Oh, sí, sí, sí. Ellos son personas malvadas.
Bien, ¿ahora ven lo que les pasa por pelear?
De ahora en adelante actuaremos como israelitas y no como los malvados ninivitas.
Así es.
Jonás tenía una tarea muy importante y era la de enseñarle a la gente las leyes de Dios.
Pero se llegó el día en que Dios le encomendaría a Jonás una visión aún más importante.
Hola, Jonás.
¡Dios! ¡Qué alegría oír tu voz!
Tengo una importante misión para ti.
¿Qué quieres? Haré lo que sea por ti, señor.
Hay algunas personas que no están obedeciendo mis leyes.
Jonás, mira lo que hacen.
La gente de Ninive roba. No se tratan con amabilidad.
Los niños de Ninive no cuidan a los ancianos.
Otros son perezosos.
Y su rey finge que no hay problemas.
Solo le interesa comer todo el día y usar ropa fina.
Sí, los ninivitas son malos. Castícalos con una inundación o un terremoto.
No, ellos son malos porque no saben nada de mí.
Nadie les ha enseñado mis leyes.
Jonás, tu misión es ir a Ninive y hablarle a su pueblo sobre mí.
¿Yo? ¿Ir a Ninive? ¡No puedo!
Asígname otra tarea.
Háblales acerca de mi amor.
Pero ellos son los enemigos de mis amigos y de mis vecinos.
Debes ir, Jonás. Ahora mismo.
Dentro de cuarenta días los castigaré por su maldad.
Pero si vas a castigarlos, ¿por qué debo ir a hablarles acerca de ti?
A esto no lo entiendo.
Los ninivitas deben ser castigados por malos, pero...
Si yo les hablara de Dios y los hiciera cambiar, quizá Dios no los castigaría.
No, no puedo ayudar a mis enemigos.
Jonás estaba tan confundido que le preguntó a sus amigos qué debía hacer.
¿Sabes, Jonás? Es curioso.
Casi siempre somos nosotros los que hacemos las preguntas.
Esta vez quiero saber lo que piensan.
¿Cómo puedo predicarles a los enemigos de los israelitas?
Sencillo. No puedes.
Ophir tiene razón, Jonás. Es mejor que no vayas.
No les hables acerca de Dios.
Vaya el problema que tienes, Jonás.
Si no les predicas, estarías desobedeciendo a Dios.
Y si lo haces, decepcionarías a todos tus amigos.
Nadie dijo que ser profeta era fácil, Ophir.
Esperen. Yo puedo... puedo esconderme de Dios, claro.
¡Claro que sí!
¿Pero dónde podrías esconderte de Dios?
Pues en tu tienda, por supuesto.
Sé que mi plan va a funcionar.
Si me escondo aquí durante 40 días,
Dios castigará a los ninivitas y nadie se enfadará conmigo.
¿Y le llamas a esto un escondite?
A ver, déjame ayudarte.
Ophir, no tienes por qué molestarte tanto.
Mira, Jonás, si vas a esconderte de Dios, tienes que hacerlo muy bien.
Vaya, mi tienda nunca había estado tan limpia.
Ophir, ¿tienes harina para hornear galletas?
Sí, sí, sí. Está en aquella vacía.
¡No!
¡Espera!
Bien, ahora que todo está limpio.
Adiós, Ophir.
¿Qué?
Pero, Jonás, ¿por qué te marchas?
Tengo que irme.
Además, no puedo esconderme de Dios aquí en Israel.
Sería el primer lugar donde Él me buscaría.
Yo sé a dónde vas.
Voy a marcharme tan lejos de Nínive como pueda.
Me voy para el otro lado del mundo, a una ciudad llamada Tarsis.
Dios nunca va a encontrarme allá.
Te extrañaremos, Jonás.
Gracias.
Tengo que emprender un largo y solitario viaje.
Porque Dios, Dios no irá conmigo.
Entonces Jonás viajó lo más lejos que pudo para poder alejarse de Dios.
Comenzó caminando por áridos desiertos.
Luego recorrió altas montañas.
Y finalmente llegó a la población de Jope,
de donde zarpaba un barco hacia Tarsis.
Capitán, mi nombre es Jonás.
¿Puedo navegar con ustedes hacia Tarsis?
No, Jonás. Este barco sólo transporta marineros y carga.
Además, ¿cómo sabes de mala suerte llevar un extraño a bordo?
Los marineros del barco no eran israelitas.
Creían en diversidad de dioses.
A ver, compañero.
Ayúdame con esta estatua.
Claro.
¿Por qué no?
Capitán, por favor llévenme. Debo viajar con ustedes.
¿Por qué?
Porque ahora me encuentro huyendo de Dios.
¿Por qué?
Porque Él me encomendó una misión que no puedo cumplir.
Debo esconderme para que no me encuentre.
¿Vieron eso?
Una paloma voló directamente hacia Jonás.
Una paloma es un signo de buena suerte, Capitán.
De buena suerte.
Con Jonás a bordo tendremos una tranquila travesía.
Tiene razón.
Bienvenido a bordo, Jonás.
Entonces Jonás emprendió el viaje por el inmenso mar,
en camino hacia la lejana Tarsis.
Jonás se dio cuenta de que los marineros no les rezaban a Dios,
sino que adoraban a unas estatuas de piedra.
Disculpe.
¿Qué hace?
Dando de comer al dios del agua.
Si él tiene el estómago lleno, el mar estará en calma, Jonás.
Pero ese no es un dios, es tan solo una roca.
Mi dios es real.
Él creó el mar, el cielo, los animales.
A nosotros creó todo.
¿Un solo dios creó todo eso?
No lo puedo creer, Jonás.
Mira, este es el sol dios.
El sol del viento.
El dios de la abundancia.
Con tantas cosas en el mundo se necesitan muchos dioses.
Oh, claro. Un solo dios no puede gobernar todo el mundo.
Dios sí lo hace.
Él es el único y verdadero dios.
Entonces, si él es tan maravilloso, ¿por qué estás huyendo de él?
Quiere que yo vaya a Nínive para que allá sepan de él.
Pero ellos son los enemigos de mi pueblo y estaríamos mejor sin ellos.
¿Oh?
Jamás había visto una tormenta como esta.
Sí, yo tampoco.
Hay problema.
¡Ajenlatera!
Está hundiendo. Ayúdenme a botar la carga.
Bien, ya estamos a salvo.
¿Quién puede salvar nuestro barco?
Aguarden. ¿Qué hay de los dioses?
¡Juren a los dioses! ¡Sí!
La mala suerte a nuestro barco.
Debemos saber quién lo hizo.
Las fichas del destino. Así sabremos quién trajo la mala suerte.
Las fichas están señalando al hombre que nos trajo la mala suerte.
¡Es Conás!
¿De dónde provienes? ¿A qué pueblo perteneces?
Soy un israelita que le rinde culto al dios del cielo, pero que huye de él.
Ahí él te ha encontrado.
Conás, ¿qué podemos hacer?
¿Cómo apaciguamos la tormenta?
Arrójenme por la borda. Ustedes deben salvarse.
Por favor, capitán. No tenemos otra opción.
Debemos arrojar a Conás al mar.
Su dios es más poderoso que todos los dioses.
Lo siento, Conás. Hicimos todo lo que pudimos.
Lo sé, capitán. No es su culpa.
Yo provoqué la furia de Dios.
Merezco el castigo, no ustedes.
Dios de los israelitas, discúlpanos por tener que arrojar a Conás al mar.
Pobre Conás.
Que Dios te perdone, Conás.
Conás se encontró en el vientre de una ballena. Ahora estaba realmente solo.
Dios, estoy arrepentido por esconderme de ti.
¿Me estás escuchando?
Conás oró a Dios durante tres días y tres noches.
Es verdad, estoy aquí.
Dentro de una ballena.
Y ahora sé que quieres tú de mí.
En el vientre como ves.
Un día pase.
Prometo serte fiel.
Tu volumen de su vientre.
Sácame.
Oye, por favor.
Por siempre te amaré.
Escúchame.
Gracias a ti.
Yo escaparé.
Y ofrendas yo te haré.
Mi corazón.
Yo te daré.
Mi vida.
Conás pase.
Prometo serte fiel.
Tu vientre, sácame.
Oye, por favor.
Sé que muy cerca estás.
Ya siento tu majestad.
Sé que tú me pases.
Prometo serte fiel.
Sé que tú me escucharás.
Que aquí me sacarás.
No me esconderé.
Por siempre te amaré.
De su vientre ya me sacarás.
Dios bendito, escúchame.
Conás ya no se encontraba solo.
Hola, Conás.
Dios, me siento tan feliz de que estés conmigo.
Trataste de esconderte de mí.
Sí, y ahora sé que lo que hice estaba muy mal.
Conás, has aprendido tu lección.
Vamos, te sacaré de aquí.
Conás, Nini B está detrás de esa colina.
Apresúrate, ve a hablarles acerca de mí y de mi amor.
Sí, ahora sí puedo hacerlo.
Entonces Conás se encaminó hacia Nini B.
Y fue tan maravilloso lo que les dijo, que todos escucharon.
Le creyeron y lo más importante, cambiaron.
Dios dice que no debemos robar a nuestros semejantes.
En este mundo somos hermanos y hermanas.
¿Robaría a su propia familia?
Dios dice que no debemos lastimar a nadie más débil que nosotros.
Todos somos hijos de Dios y debemos protegernos.
Oh, niños, no hagan eso.
Dios dice que debemos honrar a nuestros mayores.
No lo olviden, ellos los han criado y protegido.
Hasta los niños cambiaron.
Y se reunían alrededor de Conás, como ovejas alrededor de su pastor.
¡Tranjero!
Dios dice que tenemos trabajos que realizar y que hay que trabajar mucho.
Debemos escucharlo porque fue Él quien nos dio este maravilloso mundo.
Oye, Rey de los Ninivitas.
Esta no es la forma de gobernar a tu pueblo.
Dios dice que debemos cuidarnos los unos a los otros.
¿Por qué habría de preocuparme de lo que piensa tu Dios?
Porque Él va a castigar al pueblo de Nini B por ser tan malo.
Nini B será como esta uva.
Rey de los Ninivitas, por favor créeme.
Fui enviado por el único y verdadero Dios.
Cuentas con muy pocos días.
Oh sí, te creo, Conás.
Pues reconoce su amor y acata sus leyes.
Es lo que Él quiere.
Conás le habló al Rey sobre las leyes de Dios.
¡Pueblo mío! ¡Pueblo de Nini B! ¡Escuchen!
Todos debemos ayunar durante una semana.
Durante siete días nadie probará bocado alguno.
Y todos vestiremos zarapos.
Si hacemos esto le demostraremos al Dios de Conás
que estamos arrepentidos por haber obrado mal.
Después de que Conás le habló a los Ninivitas acerca de Dios y de sus leyes,
ellos cambiaron su comportamiento.
Entonces Conás abandonó la ciudad
y se sentó en una colina en lo alto de Nini B
para presenciar el castigo de Dios.
Conás, estoy orgulloso de ti.
Los Ninivitas han cambiado su comportamiento.
Pero es que no vas a castigarlos.
No voy a castigar a nadie, Conás.
Pero, Dios, ellos son gente muy mala.
Ni aun así los castigarás.
Conás, a través de ti ellos han escuchado mi voz y han cambiado sus corazones.
Los amo tanto como a los israelitas.
Con el mismo amor que le tengo a todos.
¡Oh, Señor! ¡Ya me lo temía!
¡Salvé a los enemigos de mi pueblo!
Regresa a casa, Conás.
Todo está bien.
¡No, espera!
¡Por favor, Señor!
Estoy más confundido que nunca.
Conás no sabía qué hacer ni a dónde ir.
Y empezó a caminar por el desierto.
Infortunadamente en el desierto hacía mucho calor
y no había qué comer.
Estoy cansado.
Y tengo hambre y sed.
Gracias, Dios.
Gracias por esta planta y por salvarme.
A la mañana siguiente
la planta estaba muerta
y Conás se enfureció.
Estaba furioso porque Dios había permitido
que un gusano destruyera la planta.
Conás, ¿por qué estás enfadado?
Dejaste morir esta hermosa planta
que me dio comida y protección.
Y ayer hiciste lo mismo.
Al dejar sin castigo a los ninivitas
me dejaste también sin esperanzas.
Estás enfadado porque la planta está muerta.
Te importó más esta pequeña planta
que todo el pueblo de Ninive.
Pero no hiciste nada para mantenerla viva.
Bien, ¿y?
¿Cómo crees que me sentirías
si castigara a todo el pueblo de Ninive?
Allí hay hombres, mujeres y niños
a los cuales creé
y de los cuales he cuidado por muchos años.
Ellos no sabían de mí
ni me amaban
hasta que llegaste tú.
Aún debo velar por ellos.
Sí.
Sí, hazlo.
Regresa a casa
y cuéntale a tus amigos
acerca de Ninive y de la planta.
Entonces Conás regresó a casa.
Estoy deseoso de ver a mis amigos
y comer mis platos favoritos.
Excepto uno.
Va a pasar muchísimo tiempo
antes de volver a comer pescado.
Los amigos de Conás
lo acogieron de nuevo
y dedicó el resto de su vida
a enseñar las leyes de Dios
y especialmente el amor de Dios.
La historia de David y Goliat
el niño que venció al gigante.
Hace mucho tiempo
Dios envió a su profeta Samuel
para que encontrara al futuro rey de los judíos.
Samuel,
ve a Belén
a casa de Josué.
Allí encontrarás al nuevo rey de Israel.
¿Sabré quién es?
Llámalos.
¡Hijos míos!
¡Entren a casa!
¡Hay un invitado que quiere verlos!
David, quédate tú aquí
y vigila al rebaño.
Nosotros iremos adentro.
Josué,
tú dijiste que tenías ocho hijos.
Sí, y son muy buenos jóvenes.
Allí vienen.
¿Cuál podrá ser?
Seguro que uno de estos
es el elegido por Dios.
No, Samuel.
Estás pensando mucho
cómo podrá ser físicamente.
Tú debes mirar su interior.
Debes mirar su corazón.
Espera.
Aquí solo hay siete.
¿No tienes otro hijo?
Sí, es el menor
y el más pequeñito.
¿Lo ves allí fuera
vigilando las ovejas?
¿Él?
No, no puede ser él.
Oh, sí.
Gracias, ahora debo irme.
Debes mirar su corazón.
¿Cuál es tu nombre, hijo?
David.
David, Dios me ha dicho
que tú serás algún día
el rey de los judíos.
Dios es mi amigo.
Él me ayudó a salvar a mi oveja.
Sí, y un día
espero que tú nos salves a todos.
Adiós, David.
¡Adiós!
Y que Dios lo bendiga.
Los tres hermanos mayores de David.
¡David!
Ven acá y reza conmigo
mientras bendigo a los hombres
de la familia que lucharán.
Fueron llamados a luchar
por el pueblo de Israel.
Eliab, Abinabad, Shama.
Que Dios los bendiga,
los proteja y los devuelva a casa
a salvo de la batalla.
Pero, padre.
Dime, hijo.
A mí no me has bendecido.
Yo también quiero luchar por Israel.
No te preocupes por nosotros, padre.
Ya somos mayores.
Y lo suficientemente fuertes.
Podemos luchar con fuerza
contra nuestros enemigos,
los malvados filisteos.
Venceremos y volveremos muy pronto.
¡Esperen todos!
¡Esperen!
¡No se vayan sin mí!
Por favor, padre.
Déjame ir.
Yo también quiero luchar
por el pueblo de Israel.
¿Qué es tan gracioso?
Puedo ser pequeño,
pero valiente.
Porque el otro día
saqué todo el rebaño de ovejas
de un fuerte y feroz león.
Le di con una piedra de mi onda
y lo tumbé de una.
¿Quieren ver qué bien lo hago?
No, David, ahora no.
Primero,
le he tenido que dar a ese león
justo en la nariz.
Luego, he sacudido a ese pícaro
los mugotes.
Y luego, he abierto sus mandíbulas
y he rescatado a nuestra oveja
más pequeña.
Y luego...
Yo no estoy asustado
de esos filisteos.
Por favor, padre.
Deja que yo vaya también a luchar.
Cuidar ovejas
no es exactamente igual que luchar
contra los grandes y malvados filisteos,
pequeño David.
Quédate en casa, hermanito.
Papá necesita que tú le ayudes
a vigilar las ovejas
y él vigilarte a ti.
Crece, pequeñín.
Eres valiente para luchar,
pero aún eres muy pequeño.
Abinadab, Shammah,
hora de irnos.
Adiós, padre.
Adiós.
Algún día iré a luchar
para que los grandes ejércitos
se encuentran para luchar
en el medio del vasto valle.
El rey Saúl
dirige el ejército de los judíos,
pero el enemigo,
los filisteos,
tienen un gigante a su lado.
El gigante se acerca marchando,
cruzando el valle
hacia el ejército de los judíos.
Sus piernas eran tan grandes
como troncos de un árbol,
sus brazos tan fuertes
como el hierro
hacían que toda la tierra temblara.
Yo soy Goliath,
el gigante,
y todos ustedes
no son más que pequeños sirvientes
del rey Saúl.
Incluso aunque todos ustedes
lucharan contra mí al tiempo,
nunca podrían vencerme.
Así que ahorrense el trabajo.
Yo los desafío
y eligen un solo hombre
lo suficientemente valiente
para luchar.
Yo,
yo no.
Yo no.
Yo tampoco.
Solo un hombre.
Si él me vence,
todos mis hombres
serán sus sirvientes.
Pero sepan que si yo lo mato,
todos ustedes tendrán que ser
nuestros sirvientes
de por vida.
Ahora,
¿quién es lo suficientemente valiente
para luchar contra un gigante?
De un paso adelante,
estaré esperando.
Todas las mañanas y tardes
durante 40 días,
Goliath marchaba
hacia el centro del valle
y daba su gran grito de batalla.
¿Quién peleará
contra mí hoy?
Yo no.
Y yo menos.
Nadie es tan valiente
para luchar contra un gigante
de tres metros de altura.
O lo suficientemente tonto.
Bah, no son más
que cobardes.
Él lo ha dicho.
Eso es no cierto.
¡Qué horror!
Bueno,
¿y mis hermanos qué piensan?
Podré...
No,
ni siquiera te atrevas a pensarlo.
Trataré de...
Ustedes no arriesgarán sus vidas.
Tal vez yo.
Tú tampoco, Eliab.
No vale la pena
ni siquiera para casarse
con la hija del rey Saúl.
Pero sería fabuloso
ser premiado con la mano de la princesa
y casarse por haber vencido al gigante.
Espero que esto termine
y podamos regresar a casa de nuestro padre.
El rey vendrá con un plan.
Ya verán.
Apuesto que podría con cinco
en una sola fila.
Nunca tengas miedo.
Sí, hijo.
Ese fue un buen tiro.
¿Lo has visto, padre?
Ahora tal vez me dejes unir a la tropa
y luchar con el rey Saúl y los israelitas.
No, hijo.
Ya te lo dije antes.
Ellos no te querrán.
Aún eres muy joven para ser un soldado
y tienes que tener más carne
en esos huesos tuyos.
Pero, padre,
soy fuerte y puedo correr como un ciervo.
Ya dije que no.
Ahora haz lo que te digo.
Lleva esta comida a tus hermanos.
Luego regresa a casa rápido
para que me cuentes cómo están.
Ten cuidado, hijo.
Rezaré para que traigas buenas noticias.
Adiós.
¿Quién luchará contra mí hoy?
¿Hay algún hombre
lo suficientemente valiente para luchar?
Serán todos los israelitas
unos malditos cobardes.
¿Qué están haciendo?
¿Por qué están huyendo?
Tú debes correr
si sabes que es lo que te conviene.
¡Quítate, niño!
¿Pero quién es ese?
Es Goriad, el gigante.
Él es el campeón de los filisteos
en contra del pueblo de Israel.
¿Pero por qué nadie lucha en contra?
¿Qué quieres decir?
Míralo.
Él es muy fuerte.
Mide más de 3 metros de altura.
Ninguno de nosotros
podría ni siquiera acercarse a su lanza.
¿Y qué pasa con el rey Saúl?
El rey Saúl dará un gran premio
al hombre que mate a ese gigante.
Le permitirá que se case con su propia hija.
¿Y ninguno de ustedes
se atreve a intentarlo?
¡No!
Porque ninguno de nosotros
quiere morir sin razón.
Eliab, ¿qué no luchas tú?
Adinabab, ¿por qué tienes miedo?
¡Shamá!
¿Ustedes también le temen al gigante?
Todos los soldados están asustados, pequeño David.
Sí, hermano pequeño.
¿Acaso tú no lo estás tan bien?
Tú eres muy joven para estar aquí, David.
Sí, hermanito.
Regresa a casa y asegúrate que las ovejas estén bien.
¡No puedo!
Alguien tiene que luchar contra Goliad.
¿Pero quién?
Todos los que estamos aquí tenemos miedo.
Yo lucharé contra el gigante.
Yo no tengo miedo.
¿Tú?
Yo soy más fuerte que Goliad.
Y Dios me ayudará.
Corre y dile al rey Saúl
que yo no tengo miedo.
¡Oye!
Traigo noticias del rey Saúl.
¿Qué noticias?
Que ya tenemos un campeón israelita.
Dice que es realmente un joven pastor.
Que él quiere luchar por el rey Saúl y los israelitas.
Dice también que Dios le ayudará a luchar contra el gigante.
Y él nunca ha sido entrenado como soldado.
Bueno, dile al jovencito tonto que regrese a casa.
El rey Saúl no está para chistes aquí en el terreno de batalla.
Dile al niño que venga.
Pero, señor...
¡Joan!
Traeme a ese niño.
¡Ahora!
¿Quién será esa maravilla?
Me asombra porque es el único que se atreve a luchar contra el gigante.
Él es un gran señor.
Gigante es el señor.
Pero yo no.
Su espada junto a él.
Muy grande es su poder.
En cambio, yo soy humilde.
Tan grande como el mar de este señor.
Sé que gigante es mi Dios, lo sé.
Grande como el sol en el cielo azul.
Y si eres alto tú, seis pies como yo.
Eres pequeño al lado del señor.
Peleé con el león y al lobo gracias a mi fe.
No tuve miedo de pelear.
Él fue tan grande.
Gigante es el señor.
Sé que gigante es mi Dios, lo sé.
Grande como el sol en el cielo azul.
Y si eres alto tú, seis pies como yo.
Eres pequeño al lado del señor.
Sé que gigante es mi Dios, lo sé.
Grande como el sol en el cielo azul.
Y si eres alto tú, seis pies.
Eres pequeño al lado del señor.
Y sé que gigante es el señor.
Gigante es el señor.
Sí, jefe.
Su majestad, yo soy...
¡Silencio!
Dejen hablar al niño.
Yo soy David, el niño pastor.
Por favor, señor, no tenga miedo del gigante.
Con la ayuda de Dios, yo lucharé contra él por usted y por el pueblo de Israel.
¿Pero cómo un niño como tú peleará contra Goliat?
Tú no puedes contra él ni en estatura, ni en fuerza, ni en destreza.
Pequeño, ni siquiera has sido entrenado para luchar.
Es cierto, majestad.
Yo soy joven y pequeño.
Pero Dios me hará fuerte.
Si Dios salvó mi oveja, Dios me salvará de ese gigante.
Ahora déjeme luchar contra el gigante por usted y por el pueblo de Israel.
Sí, pequeño David.
Y que Dios te acompañe.
Joab, toma mi espada y mi escudo.
Y mi armadura.
Y pónsela al joven David.
¡Joab!
¡He dicho que vistas al niño para luchar!
Sí, sí, su majestad.
Bueno, ¿no han oído al rey Saúl?
Hagan lo que él dice.
Me cuesta mucho trabajo tomar su espada, su majestad.
Y su escudo es muy pesado para mí.
Pero, ¿David?
La ayuda de Dios es toda la armadura que necesito.
Dios, ayúdame, por favor.
Ayúdame a luchar contra el gigante Goliat para el pueblo de Israel.
¿Me escuchaste? ¡Hablo a ti, Goliat! ¡Estoy listo para luchar!
¿Tú crees que puedes luchar con palos y piedras?
Te arrepentirás.
Lucharás contra mí con tu espada, tu escudo y tu pesada armadura, Goliat.
Pero yo lucharé contra ti en el nombre de Dios.
Goliat está muerto.
¡Ahora por sus vidas!
¡Mira a esos cobardes corriendo!
¡Tratando de escapar!
Y los israelitas persiguieron a los filisteros.
¿Dónde está el pequeño?
Juan, tráemelo aquí.
¡Hermanito!
¡Nuestro valiente hermano David!
Traigan al pequeño aquí donde el rey Saúl.
Gracias, hijo mío.
Gracias, Su Majestad.

