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En las dos sesiones anteriores hemos tenido ocasión de conocer, a través de las fuentes griegas,
concretamente a través de Heródoto, algunas características de la sociedad persa que
resultaban sorprendentes o incómodas para los griegos. Diferencias que, a pesar de su extrañeza,
estimularon el surgimiento de preguntas de un enorme calado para el pensamiento griego.
Dentro de esta línea de descubrimiento de lo distinto, de lo diferente en el mundo oriental,
nos dice Heródoto, a quienes los persas más aprecian de entre todos, después de a sí mismos,
es a los que viven más cerca de ellos. En segundo término, a los que viven a continuación y después
van apreciando a los demás en proporción de la distancia. Así, tienen el menor aprecio a quienes
viven más distantes de ellos, pues consideran que en todos los aspectos ellos son con mucho los
hombres más rectos del mundo, que los demás practican la virtud en la mencionada proporción
y que quienes viven más distantes de ellos son los peores. Evidentemente, fijaros, en este fragmento
se expone de nuevo el gran tema de reflexión del periodo clásico temprano, el relativismo,
expresado aquí por Heródoto de la forma más banal pero también más realista posible.
Heródoto consigue captar para nosotros, en este pequeñísimo fragmento, uno de los defectos más
comunes y también más peligrosos de la naturaleza humana, y es esa inclinación que tenemos por
estimar, por determinar el valor de las personas bajo la sencilla y, por supuesto, absurda medida
de la proximidad física. Es decir, algo en todos nosotros, no sé, quizá los restos de una especie
de instinto tribal, hace que tengamos una irracional inclinación que nos lleva a tener por más confiables,
por mejores a los cercanos y rechazar los puntos de vista de los otros, tanto más,
cuanto más alejados geográficamente estén de nosotros. La familia, el barrio, la ciudad, la
región, el estado, se convierten así en círculos de confianza cada vez más tenue a medida que va
aumentando su radio. Algo que a primera vista puede ser comprensible pero enseguida se vuelve
completamente ridículo. ¿Qué tendrá que ver, verdad, el valor de un ser humano con la distancia física,
con la distancia geográfica que le separa de mi persona? Además, ¿qué es lo que me convierte a mí
en el ombligo del mundo? ¿Qué me convierte a mí en el centro de todas las cosas correctas? ¿Qué
hace de mí alguien tan especial como para que, cuanto más se alejen de mí, peores sean las
personas? Aunque pensándolo bien sea una auténtica tontería, una auténtica estupidez, lo cierto es
que los seres humanos hemos bailado en este rudimentario sistema de calificación moral
desde los tiempos más antiguos, al menos desde los tiempos de los griegos y de los persas, y encima
parece que todavía no hemos logrado desprendernos completamente de él. En este punto, además, se nos
vuelve a mostrar con claridad la esencia de toda la filosofía clásica temprana, el eje de toda la
reflexión filosófica de este periodo, tanto en el caso de los sofistas como en el caso de Sócrates.
Todos estos filósofos de la primera frase se verán ante el problema de la ruptura y el
debilitamiento de los valores tradicionales como consecuencia de los efectos del relativismo sobre
la sociedad ateniense. Los sofistas, por su parte, asumirán la situación sin ningún problema, con
alegría, de hecho usando el relativismo en su favor, mientras que Sócrates luchará por buscar algún
tipo de vía para escapar del relativismo, pero, y muy importante, Sócrates para hacer esto aplicará
siempre técnicas profundamente relativistas. Lo vamos a ver en detalle, pero lo que siempre
hacía Sócrates en sus conversaciones con sus interlocutores no era apuntalar los valores, los
prejuicios de la persona con la que estaba hablando, sino constantemente luchar para hacer
al individuo cuestionarse la base de sus creencias. Es decir, como veremos con mucho detalle un poco
más adelante, si bien Sócrates perseguía la definición universal de la verdad, la definición
universal de la justicia, esto lo hizo siempre mostrando a su interlocutor en los diálogos,
mostrándole sus prejuicios, todas sus ideas mal fundamentadas, todas sus contradicciones, hasta el
punto de que la gente después de hablar con Sócrates, lejos de sentir que había encontrado la
verdad de algo o de que le hubieran aclarado sus ideas, al final ya no sabía en qué creer, ni cómo
creer, ni entendía absolutamente nada. De hecho, la mayor parte de diálogos socráticos, lo veremos,
son aporéticos, es decir, en ellos no se llega a ninguna conclusión clara, simplemente se despejan
los prejuicios y las ideas mal fundamentadas. Sócrates, lo veremos, insisto, fue un verdadero
destructor de creencias, un destructor de opiniones, un destructor de las falsas y confortables
justificaciones con las que vivimos en el día a día, y en este sentido usó el mismo método, el
mismo mecanismo para despertar en los ciudadanos de Atenas la reflexión y la duda, el mismo método que
relativismo, y además lo hizo siempre sin ofrecer él mismo jamás una respuesta última o definitiva,
sin pretender jamás conocer o imponer la verdad. Al leer estas palabras de Rodoto, por tanto, al
darnos cuenta de que cada uno tiende a tener en mayor estima al que está más cerca, que cada uno
tiende a creer verdaderas las historias de la sociedad en la que vive, o que tiende a considerar
justo o correcto aquello lo que le han educado, al leer estas cosas que nos dice Rodoto, seguro
que viene a vuestra mente la sentencia que mejor resume la esencia del relativismo de toda la
historia de la filosofía. Esa frase que dice que el hombre es la medida de todas las cosas, una
frase que, como bien sabéis, se atribuye precisamente a uno de los grandes protagonistas de nuestro
curso, el gran sofista Protágoras. Así, poco a poco, empezamos a ver cómo para la filosofía
clásica el gran problema ya no será, ya no podrá ser la naturaleza, ni el modo en el que tenemos
que estudiar la naturaleza para comprender adecuadamente sus verdades, sino que ahora la
gran preocupación estará en lo impredecible, insegura y poco fiable que es la criatura que
pretende estudiar la naturaleza. Es decir, antes de intentar el conocimiento científico del mundo
físico, los filósofos de la etapa clásica se preguntaron si quizá había que estudiar primero
qué es el ser humano. Porque quizá nuestras garantías de verdad no sean tales si al final
resulta que el ser humano es esa criatura que, de forma completamente estúpida e incoherente,
considera mejor simplemente lo que está más cerca, lo que está pegado a él. Porque esto
no significa simplemente que nos caiga mejor nuestro primo que un cazador de focas del polo
norte, no significa simplemente esto, sino que esta tendencia viene a mostrar que automáticamente
nos suele parecer mucho mejor y más verdadera la explicación del origen del mundo de nuestra
sociedad, mucho más correcta la constitución de nuestro estado y mucho más justo el contenido
de nuestras leyes, y allí la cosa se vuelve mucho más grave. Porque sí, a primera vista podemos decir
que es normal que las cosas cercanas nos parezcan mejores, pero se supone que aquí no estamos
tomando un café y dando nuestra opinión, sino que estamos haciendo filosofía. Es normal, en general,
digamos, en abstracto, que confíes más en tu primo, pero si reflexionas, verás que si necesitas
al mejor médico o, no sé, al mejor especialista en fundir acero, seguramente este mejor hombre
no sea tu primo, sino uno que está a más de 2.000 kilómetros de ti. Y lo peor de todo esto,
la otra cara de la moneda de esta tendencia irracional, es que si los demás son tontos,
infames, blasfemos, inmorales y estúpidos solo por estar más lejos de nosotros, puede que empecemos
a sentir los picores de la superioridad moral, puede que empecemos a sentir las tentaciones de
dominarlos, de esclavizarlos, de someterlos. Así que esto del aprecio por la distancia no es ninguna
broma. Guiado por lo que conoce, o como dirán los sofistas, por lo que alcanza a sentir,
por lo que alcanza a ver, a tocar, el ser humano es esa criatura que confunde siempre el todo con
su parte. Solo la reflexión nos permite ir más allá de lo inmediato, de lo que está delante de
nosotros, superar la simplicidad del trato diario con las cosas y ver con la mente lo que no está
sencillamente delante de nuestras narices. Solo la reflexión profunda y no el instinto inmediato
del clan es lo que nos permite ir más allá de lo normal. Pero si esto es así, si esto es cierto,
quizá la física y la ciencia no sean las primeras tareas que debamos abordar, sino que solamente
debamos tratarlos una vez que hayamos averiguado si el ser humano es capaz o no, por un lado,
de asumir el relativismo, es decir, de asumir la evidencia de que lo nuestro no es siempre lo
mejor y lo más verdadero, y en segundo lugar, haremos ciencia después de ver si somos capaces
de averiguar si el ser humano está o no condenado absolutamente a estar totalmente sumergido en la
cosmovisión de su tiempo histórico y religión concreta, sin que podamos salir de ello. Es decir,
quizá antes de hacer ciencia debamos preguntarnos, en primer lugar, si el ser humano puede
verdaderamente superar las circunstancias particulares de su entorno cultural concreto
y si puede verdaderamente hallar términos e ideas universales, conceptos comunes, tanto a nivel ético
como político como científico. Como veis, estamos ya comenzando a comprender también, con todo lo
que estamos viendo, el significado del subtítulo de nuestro curso, el gran giro antropológico de
la filosofía, ya que en esta etapa, a comienzos de la Edad Clásica, se produjo un cambio de rumbo
enorme. La reflexión filosófica dejó de centrarse en la naturaleza, en el objeto de conocimiento,
para comenzar a mirar con ojos sospechosos al sujeto de ese conocimiento. Y os podéis imaginar
que este es el comienzo de un camino extremadamente difícil y arduo de recorrer porque, con respecto a
nosotros mismos, no podemos tomar suficiente distancia. Por ello, el conocimiento del propio
ser humano se convertirá con el tiempo en la mayor gesta, en la mayor empresa de la filosofía,
muy muy superior a su intento por entender el mundo físico de la naturaleza o el mundo
metafísico de los dioses. Lo que acabas de ver es sólo un pequeño fragmento de nuestro curso. Si
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