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Dediquemos, por tanto, unos breves momentos de nuestro curso
al análisis del concepto de valor,
una noción realmente oscura y muy resbaladiza,
porque a lo largo de la historia
se han dado numerosas interpretaciones de qué es un valor,
desde perspectivas y enfoques tan diferentes
que muchas veces en nuestra cabeza se solapan
y entremezclan de tal forma que, cuando nos ponemos a pensar,
nos resulta realmente muy difícil
definir exactamente qué cosas son valiosas,
por qué son valiosas las que son valiosas
y qué otras cosas no lo son,
es decir, definir qué cosas son verdaderos valores
y qué otras no.
De hecho, cuando vamos a cualquier diccionario
o libro de consulta general
y buscamos la definición de valor,
todo lo que encontramos allí es pura decepción,
nada parecido a una definición satisfactoria.
De hecho, vamos a tomar el diccionario de la RAE,
de la Real Academia Española,
un diccionario que tiene bastante autoridad,
que entendemos que ha sido redactada
por las mentes punteras de la cultura hispanohablante,
y vamos a ir al concepto de valor,
a la definición, a la entrada de valor,
para ver exactamente cómo se define este término tan importante.
Bien, si vamos directamente allí,
lo que vamos a encontrar, más bien,
va a ser una mezcla completamente caótica
de acepciones completamente distintas
que, lo más escandaloso de todo,
Y para quitarnos dudas, vamos a leer estas acepciones,
vamos a ver exactamente cómo se define el valor,
vais a ver los diversos significados y enfoques,
pero, curiosamente, ninguno de ellos,
a pesar de que la acepción ética
es la que más de moda está en nuestros días,
no aparece ni una sola vez en la definición de la RAE.
¿Por qué será?
Fijaros, en primer lugar, la RAE nos dice que un valor
es el grado de utilidad o aptitud de las cosas
para satisfacer las necesidades
o proporcionar bienestar o deleite.
Fijaros, esta primera definición del valor
es una mezcla del valor entendido como utilidad y como placer,
el grado de utilidad de aptitud de las cosas
para satisfacer las necesidades y proporcionar bienestar o deleite.
No es exactamente la definición
que nosotros deberíamos a un valor como la justicia, ¿de acuerdo?
Vamos a la segunda acepción.
Un valor vendría a ser la cualidad de las cosas
en virtud de la cual se da por poseerlas
cierta suma de dinero o equivalente, por supuesto.
En segundo lugar, en cuanto hablamos de valor, aparece el dinero.
Aquí parece que las cosas tienen algún tipo de cualidad
y que en virtud de esa cualidad, no muy bien definida,
damos una cierta cantidad de dinero o equivalente
para poder poseerlas.
Por supuesto, vamos a ver a lo largo del curso
que la acepción o la visión económica de los valores
ha tenido un enorme peso histórico
y en nuestros días prácticamente parece que es la única concepción
que tiene sobre todo la gente, las personas en general.
La tercera acepción nos dice que un valor
es el alcance de la significación o importancia
de una cosa, acción, palabra o frase.
Un valor es la importancia de una palabra o frase.
Esta es una definición todavía más difusa, más diluida.
Cuarta acepción.
Un valor es la subsistencia y firmeza de algún acto.
El valor de un acto, la subsistencia o firmeza de una acción.
También, no sé, una cosa un poco pobre y bastante mal definida.
Quinto, fuerza, actividad, eficacia o virtud de las cosas
para producir sus efectos.
Un valor es la eficacia de una cosa para producir efectos.
También es un poco extraño
llamar valor a esta capacidad de las cosas.
Seis, rédito, fruto o producto de una hacienda, estado o empleo.
Otra vez, en la sexta acepción aparece una noción económica.
El rédito, el fruto, el producto de un empleo o de una hacienda.
Siete, equivalencia de una cosa a otra.
Especialmente, hablando de monedas.
El valor, efectivamente, el valor de cambio de las monedas.
De nuevo, una vez más, una acepción económica
que entendemos un poco mejor, ¿de acuerdo?
Número ocho, cualidad del ánimo
que se atreve a cometer resueltamente grandes empresas
y a arrostrar los peligros.
Fijaros, efectivamente, este es el valor, el coraje, la valentía.
Otra de las acepciones de la noción de valor que se refiere,
sin embargo, efectivamente, a esa capacidad de algunas personas
de no atender a los peligros
y de lanzarse a llevar a cabo sus ideas.
Pero, evidentemente, esto no es el valor ético tampoco.
Nueve, persona que posee o a la que se le atribuyen
cualidades positivas para desarrollar una determinada actividad.
Es un joven valor de la guitarra.
Se denomina valor a una persona
en el sentido de que esa persona es buena en algo, ¿de acuerdo?
Es un término, en este caso, que se refiere a seres humanos,
como si los seres humanos fuesen valores.
Tampoco es exactamente el sentido ético que nosotros estamos buscando.
Diez, cualidad que poseen algunas realidades consideradas bienes,
por lo cual son estimables.
La acepción número diez de la RAE
es la más cercana a una visión ética de los valores
y, sin embargo, es una definición paupérrima.
Repito, cualidad que poseen algunas realidades...
No se moja el diccionario. ¿Qué realidades? No lo sabemos.
...consideradas bienes, por lo cual son estimables.
Bien, estimación, valor, valioso...
Prácticamente, parece que hace un círculo en la definición, ¿de acuerdo?
En la que, realmente, tampoco se nos explica qué es un valor.
Once, duración del sonido que corresponde a cada nota
según la figura con que esta se representa.
El valor de las notas del sonido.
Doce, en una pintura o dibujo, grado de claridad,
media tinta o sombra que tiene cada tono
o cada pormenor en relación con los demás.
Esto tampoco es la justicia, ¿eh?
Trece, títulos representativos
o anotaciones en cuenta de participación en sociedades
de cantidades prestadas de mercancías,
de depósitos y de fondos monetarios,
futuros, opciones, etc.,
que son objeto de operaciones mercantiles.
Efectivamente, los valores financieros.
Fijaros, esta palabra, esta noción de valor,
que nosotros estamos intentando, de alguna forma, aclarar
con un gesto bastante sencillo, que es ir al diccionario,
intentar buscar qué es un valor ético, como la justicia,
efectivamente, es un término que tiene numerosísimas acepciones
y, sin duda, hoy en día, la más empleada,
la más famosa y la más prestigiosa de todas,
es esta, que vincula el valor con las finanzas y la economía.
Veis, de hecho, que en todas las descripciones,
en todas las acepciones,
hay una prioridad bastante grande
de la interpretación económica del término valor.
Sin embargo, llama poderosísimamente la atención
que no hay ninguna aclaración suficiente
del valor en sentido ético
y, sin embargo, hoy en día estamos todos hartos
de hablar de los valores en esta dimensión,
educar en valores, caída de los valores,
que los jóvenes ya no tienen valores,
los valores de un político,
los cimientos de los valores europeos...
¿Cómo es posible que la ética y el concepto de valor
esté tan de moda y el conocimiento más básico
acerca de su verdadero significado
sea algo completamente desconocido para la mayoría?
De hecho, si os fijáis,
concretamente, el término valor y la noción de ética
son altamente empleados en la publicidad y en el marketing
y los dos ámbitos que más usan,
que más se llenan la boca del término ética y valor,
aunque luego no nos diga qué son realmente,
son precisamente la política,
que constantemente está hablando de valores,
y la banca.
Si os fijáis, en todos los anuncios acerca de los bancos,
se habla constantemente de los valores de los bancos,
esas discusiones, esos anuncios,
que normalmente se suelen grabar en blanco y negro,
para darle como mucho más seriedad,
para decir que estamos en el plano de una discusión muy profunda,
la de los valores, y, sin embargo,
nadie sabe exactamente qué son los valores
y a qué se refieren los bancos
con estos valores que constantemente emplean.
Así que es hora de ponernos manos a la obra,
realmente ponernos a hacer un análisis serio, filosófico, técnico,
de esta especie de maraña compleja tan empleada hoy en día,
tan de moda hoy en día,
qué son los valores.
Así, desde un punto de vista filosófico,
las tres grandes teorías
que han intentado explicar la naturaleza de los valores,
o lo que es lo mismo, contestar a la pregunta ¿qué es un valor?,
son las tres siguientes.
En primer lugar, encontramos la teoría que considera los valores
como algo relativo al mundo de la realidad objetiva,
a lo que llamábamos en clases anteriores, lo otro.
Es decir, en esta primera teoría,
los valores se vincularían con los bienes materiales.
Así, en esta primera teoría,
se entendería que los valores apuntan a la utilidad.
Es decir, todo aquello que de alguna forma
colabora de modo positivo a nuestra supervivencia material,
a nuestro bienestar material,
es aquello a lo que sencillamente nosotros llamamos valor o valioso.
El dinero, por ejemplo, o el poder económico,
sería en este caso un valor,
porque mediante su intercambio por bienes materiales,
podemos alcanzar un mayor bienestar en la vida, un mayor confort,
podemos disfrutar de una casa acogedora,
calefacción, agua potable,
podemos intercambiar el dinero por asistencia médica, etc.
Es decir, en este primer caso,
los valores tendrían que ver con las propiedades físicas de las cosas
que ayudan a nuestra supervivencia,
y en esta medida, un valor sería simplemente un bien material.
El trigo, que es un producto material exterior
perteneciente a la naturaleza,
es bueno para nosotros porque nos alimenta
y el veneno de las cobras es malo simplemente porque nos mata.
Así, por ejemplo, el dinero en este caso
sería simplemente el medio para intercambiar bienes.
En segundo lugar, en cambio,
tenemos la teoría que vincula los valores
no con bienes materiales del mundo, de la naturaleza y del otro,
sino más bien con estados psicológicos,
con vivencias mentales vinculadas a emociones,
tales como, por ejemplo, el agrado, el placer o el deseo.
En esta segunda teoría,
los valores se relacionan con los apetitos,
con nuestras reacciones y deseos emocionales.
Es decir, en este segundo caso,
no son las cosas materiales en sí mismas las que tienen valor,
sino el valor, la fuente del valor,
está en nuestras reacciones emocionales,
psicológicas, respecto a determinadas cosas del mundo.
Pero, dado que personas diferentes
pueden tener reacciones emocionales diferentes
ante las mismas cosas o estados de cosas,
ello quiere decir que, dentro de esta perspectiva,
los valores son muy relativos,
muy dependientes de cada uno de los individuos.
Por ejemplo, uno de los casos más famosos en esta segunda teoría
es el caso del dolor, del masoquismo.
Es decir, hay personas que ante el dolor,
ante una agresión por parte del medio,
sienten, reaccionan emocionalmente de forma positiva,
sienten una especie de placer
y, por tanto, consideran el dolor como algo positivo,
mientras que otras lo consideran como algo desagradable.
Es decir, en esta segunda teoría,
los valores estarían directamente vinculados a estados psicológicos.
Llamamos a algo valioso simplemente porque nos agrada,
porque nos causa algún tipo de placer mental.
En tercer lugar, aparece la teoría
que considera que los valores son conceptos
que no se refieren ni a las propiedades físicas
de los objetos extramentales,
ni tampoco a nuestros estados emocionales,
sino que se trata de conceptos
pertenecientes al ámbito de lo trascendente y lo absoluto.
Este es el caso, evidentemente, de las posiciones
que identifican los valores con reglas y normas de conducta
dictadas, de alguna forma, por la divinidad o por algún dios.
En esta tercera teoría están situadas, por supuesto, las religiones,
en las que se llama valor a lo denominado como sagrado o pecaminoso
en un determinado libro que se considera revelado por la divinidad.
Es decir, en este tercer caso,
los valores no serían algo dependiente
ni del mundo físico ni de los sujetos,
sino algo dado, perteneciente a lo trascendente, a lo absoluto,
que los seres humanos captan, de alguna forma,
bien por revelación, bien por enseñanza,
bien por algún tipo de iluminación o intuición especial.
Estas son las tres grandes teorías
que en la historia occidental se han mantenido acerca de los valores
y, como bien podéis observar,
se trata de visiones contrapuestas, extremadamente diferentes,
que es necesario casar
para poder entender qué son exactamente los valores
y por qué los bancos siempre graban en blanco y negro sus anuncios.
Es muy importante tener en cuenta
que las tres teorías que acabamos de ver
no son viejas perspectivas históricas que ya nadie analiza,
sino todo lo contrario.
Hoy en día siguen generando inmensos debates, muchísimas discusiones,
a veces más confusas de lo necesario,
porque antes de iniciar cualquier debate respecto a este tipo de cuestiones,
muchas veces los interlocutores no aclaran o incluso no saben
cuál es exactamente el punto de vista
desde el cual están partiendo.
Es evidente que un defensor de la posición número 3
no querrá ni oír hablar de las perspectivas
y de las propuestas de la posición número 1
o que, por ejemplo,
la ética derivada de las premisas del emotivismo subjestivista
no tendrá absolutamente nada que ver
con una ética derivada de alguna de las religiones reveladas que tenemos.
Lo que a veces llamamos diálogo intercultural,
a veces es un puro griterío y una pérdida de tiempo,
porque normalmente lo que suele faltar antes de iniciar el diálogo
es lo que nosotros estamos haciendo aquí
antes de adentrarnos en la ética de Aristóteles,
en la ética de Kant o en la ética de Stuart Mill,
que es aclarar conceptualmente
los términos fundamentales de la ética
y las premisas sobre las cuales descansa esta disciplina.
Así, estas tres posiciones, repito,
siguen siendo vigentes hoy en día,
siguen discutiendo activamente sus propuestas
y ninguna está dispuesta a dar un solo paso hacia atrás en sus premisas.
La primera, evidentemente, da una enorme preponderancia
a las cualidades físicas de las cosas,
a su funcionalidad para permitir nuestra supervivencia.
La segunda tiene un potente componente subjetivista,
entendiendo que el ser humano, sea o no consciente de ello,
basándose en sus estados emocionales,
es el que proyecta sobre las cosas
sus sentimientos, sus emociones de placer y dolor
y que es el que llama a esas sensaciones de placer y dolor,
posteriormente, valores positivos o negativos.
Finalmente, la tercera vía se distingue claramente de las otras dos
porque es de tipo heterónomo,
es decir, en ella, la moralidad, los valores,
aquello que es valor y que no es un valor,
llega al ser humano por vía religiosa.
Decimos que es una teoría heterónoma
porque en este tipo de posicionamientos
es necesaria la enseñanza o la lectura de algún libro,
es decir, el individuo por sí mismo, en muchos casos,
es incapaz de llegar a la conclusión de qué cosas son valores
y cuáles son, en este caso, pecados.
Tiene que haber una enseñanza, un ejemplo claro es,
por ejemplo, en el caso de las comidas,
la ingesta del cerdo o la ingesta del marisco,
desde un punto de vista materialista, de los bienes materiales,
comer ambos tipos de alimentos
es algo que ayuda beneficiosamente a mantenernos, a nutrirnos,
y, sobre todo, en caso de estar pasando hambre,
cualquier tipo de alimento alto en proteínas puede ayudarnos.
Así que, desde un punto de vista material,
la ingesta de estos dos productos
no puede ser entendida como un componente o como un valor negativo.
Al mismo tiempo, desde el punto de vista del placer,
comer jamón y marisco también es algo que genera bastante placer.
Es decir, en el caso de las teorías,
o las morales o los valores de tipo heterónomo,
hace falta una enseñanza para que el individuo entienda o sepa
o tenga noticia de que es pecado o es un valor negativo comer cerdo,
comer marisco y muchas otras normas y actividades, ¿de acuerdo?
En general, esta tercera teoría, este tercer grupo de teorías,
normalmente se vincula a las religiones,
no suele entrar en debate crítico directo con las otras dos.
Es decir, no suele haber congresos
acerca de cuál de las religiones es la que mejor define los valores
o cuál está equivocada y cuál no.
Cada religión se mantiene dentro de su nicho
sin, de alguna forma, intentar criticar a las demás.
Para algunas es posible comer carne de vaca,
para otras es un sacrilegio, etcétera.
No hay un debate crítico.
Generalmente, en la ética, en los congresos éticos,
en las investigaciones éticas,
lo que suele debatirse son los dos primeros tipos de teorías,
dejando al lado de las creencias personales y de la fe,
el tercer tipo de teorías.
No hay debate real, no se suele incluir,
dentro de las investigaciones éticas, este tercer tipo de teorías.
Se trata de cuestiones de fe, misterios, verdades inefables,
todo un conjunto de cosas que, en general,
suelen interpretarse como vedadas a la investigación,
incluso a la capacidad racional humana.
En el caso de la Biblia, que es el que de todos tenemos más cercano,
los diez mandamientos o los diez mandamientos
fueron revelados por Dios en el monte Sinaí a Moisés y ya está.
No hay debate, no nos podemos analizar exactamente
cuál es la validez o el origen,
bueno, el origen está más que claro,
pero la validez de esos mandamientos.
Por ello, dentro de los debates filosóficos críticos,
en general, se suele evitar entrar en cuestiones religiosas,
porque tienen una dificultad y una delicadeza
que va más allá de las pretensiones de la ética
y pertenece a otro tipo de campos de estudio.
Volviendo a la ética, por tanto,
el primer gran debate acerca de la naturaleza de los valores
es el llamado debate objetivismo-subjetivismo.
Es decir, la cuestión acerca de si es el ser humano
el que crea los valores,
o, al contrario, es el que los capta,
provenientes bien desde el exterior
o bien de reacciones inconscientes de su propia psicología interna.
Es decir, este debate se podría claramente expresar
en dos preguntas sencillas,
¿tienen las cosas valor porque las deseamos
o las deseamos porque ellas en sí mismas tienen valor?
¿Es el deseo, el apetito o el interés
el que concede valor a las cosas, o todo lo contrario,
las cosas en sí mismas tienen esas capacidades
para poder producir en nosotros deseos o intereses?
Estas dos opciones, la subjetivista y la objetivista,
están constantemente en combate.
Existiendo, sin embargo, una tercera vía,
conocida como situacionismo,
que ha intentado, de alguna forma, dar respuesta,
romper, de algún modo, esta dicotomía
entre dos posiciones completamente antagónicas
que parecen no encontrar nunca un punto común.
Según el situacionismo,
los valores son más bien el resultado de una interacción
entre el sujeto y el objeto.
Y esta perspectiva nos permitiría ver
la naturaleza profundamente dinámica de los valores,
porque serían, de alguna forma, el resultado de la interacción
entre dos elementos, dos fuentes, que son completamente cambiantes.
Tanto el sujeto como el objeto,
que es la realidad material exterior,
están constantemente transformándose.
Es decir, estaríamos hablando de dos fuentes
que no son ni estables ni homogéneas,
y, por ello, los valores dependerían, así,
de las condiciones históricas, sociales, físicas y estructurales,
en las cuales se han dado, en cada momento,
las relaciones entre sujetos y objetos.
De esta forma, para entenderlo,
no serían los mismos valores los que generarían, por ejemplo,
los primeros Homo sapiens, que vivían en cuevas,
intentando sobrevivir al frío y al hambre de la última glaciación,
que un explorador americano del lejano oeste,
o, por ejemplo, una mujer médico del siglo XXI.
A medida que tanto sujetos y sus estados psicológicos,
por supuesto, su educación cambia,
como el propio medio se vuelve menos hostil,
van cambiando los valores que se generan en cada momento.
Normalmente, cuando el medio externo es muy hostil,
los valores materiales son mucho más relevantes,
el valor de la protección, de la seguridad, etc.,
mientras que, a medida que el medio se vuelve más agradable
para la vivencia humana,
empiezan a tener cada vez más peso
los valores de corte emocional, sensitivo.
Por ejemplo, no serán los mismos valores
los que se enseñaba a los niños en la Edad Media,
cuando, varias veces a lo largo de la vida,
uno tenía que enfrentarse al hecho de que pueblos vikingos
o cualquier tipo de bárbaros venían a quemar tu pueblo,
incendiar tu casa y, con un poco de mala suerte,
también robar a tu hermana.
Evidentemente, en ese tipo de situaciones,
la valentía, la violencia, el coraje eran valores de alta estima,
mientras que ahora, en nuestros días,
cuando eso, en general, al menos en Europa, no se da,
educamos a los niños en valores de empatía, de paz
o de rechazo de la violencia en cualquier tipo de circunstancia.
De ahí que se llame situacionismo,
porque, en esta visión, lo más importante para analizar un valor
es determinar en qué situación se ha configurado,
en qué situación se ha gestado,
entendiendo, además, esta situación no como algo fijo y estable,
sino como el fruto de la interacción histórica de los sujetos
con el medio en el que les ha tocado vivir.
Frente a la posición religiosa de naturaleza absolutista,
en la que Dios manda para siempre y para todos las mismas normas,
frente al objetivismo, que también es bastante estático,
porque está claro que la naturaleza física,
los bienes materiales son los que son,
y también frente al subjetivismo,
que si bien acepta más la diversidad en la creación de los valores,
también considera que los estados emocionales,
las reacciones de los individuos ante los diversos objetos,
no son infinitas, frente a estas tres posiciones,
el situacionismo es la posición más flexible y más dinámica
acerca de la naturaleza y la funcionalidad de los valores.
Bien, pero el segundo punto de debate
acerca del problema de los valores,
también es enormemente interesante y, además,
muy relevante en nuestros días.
Y este segundo debate se pregunta
si los valores son cosas deseables o deseadas.
Una pregunta un poco extraña, ¿verdad?
Pero lo explico enseguida.
Este debate se centra en la problemática
de si los valores son cosas
que tienen que ser necesariamente realizadas,
llevadas al mundo fáctico, específico, de la realidad,
o, más bien, los valores tienen que permanecer
en ese mundo de las abstracciones,
de lo posible, de lo meramente deseable.
Esta distinción puede parecer enormemente tonta,
pero os aseguro que la diferencia entre lo realizable,
entre lo necesariamente realizable y lo puramente deseable,
puede condenar la vida de cientos de miles de personas.
Los que consideran que los valores,
sus valores, pueden, deben y han de ser llevados a la realidad
hasta su más absoluta y más perfecta consecución,
lucharán sin descanso para poder incluir esos valores
en las legislaciones políticas
y articular a la sociedad en virtud de sus creencias,
arrastrando, sin embargo, detrás de ellos,
a todos los que no los acepten como tal.
Es decir, los que consideran que los valores
deben ser necesariamente realizados,
los impondrán, lucharán por imponerlos aquí y ahora,
para bien o para mal.
Para bien, por ejemplo, si el valor elegido es la justicia
y consideramos que es necesario llevar a la realidad
la justicia universal y la igualdad de todos ante la ley
y, por tanto, terminar de una vez con las impunidades,
con las inmunidades y ser todos, de alguna forma,
juzgables en la misma medida,
sin que nadie se escape al poder de la justicia.
Pero también para mal si, en un segundo caso,
alguien impone sus visiones, por ejemplo,
sus valores positivos, por ejemplo, acerca de la guerra,
llevando a cientos de miles de personas al dolor y a la muerte.
Por otro lado, podemos poner otro ejemplo.
Imaginemos la seguridad.
Todos, de común acuerdo,
yo creo que podemos llegar al consenso
de que la seguridad es un valor bastante positivo,
un valor muy deseable.
Todo el mundo tiene derecho a disfrutar de la seguridad física,
que nadie lo dañe.
Sin embargo, dependiendo de cómo contemplemos
el valor de la seguridad,
podremos dar lugar a una visión muy diferente de la sociedad.
Si consideramos que la seguridad es un valor deseable,
entenderemos que es algo que tenemos que lograr de forma indirecta
y poco a poco, mediante diversos esfuerzos,
esfuerzos centrados, por ejemplo,
en generar una sociedad de bienestar social,
mediante el empleo, la educación, el acceso a la sanidad, etc.,
poco a poco generando una sociedad distinta,
que la consecuencia de esta sociedad
sea que haya menos violencia y mayor seguridad.
En cambio, si consideramos que la seguridad es un valor positivo
que hay que traer aquí y ahora y ya a nuestro mundo,
quizá nos parezca necesario, por ejemplo,
llenarlo todo de cámaras o de sistemas de control,
violando la privacidad absolutamente sin límite,
o, por el contrario, analizar, por ejemplo,
a todas esas personas que potencialmente puedan ser peligrosas,
algo que más o menos se puede hacer,
y ya encerrarlas mucho antes de que cometan siquiera su primer delito.
Todas estas utopías de la seguridad
que hasta hace muy poco solamente vivían en los libros de novelas,
pero que, como bien sabéis,
en nuestra época, gracias al desarrollo tecnológico,
ya no están solamente en los libros y en las películas,
sino en países como, por ejemplo, China.
La diferencia, por tanto, entre una visión idealista
y una visión realista de los valores,
da lugar a posicionamientos completamente diferentes,
como acabamos de ver.
De hecho, la gran mayoría de los grandes teóricos éticos
de la historia de la filosofía,
han preferido mantener prudentemente los valores
más cerca de esta caracterización como deseables o ideales,
que acercarlos demasiado
a la necesidad de realización in situ y efectiva en la realidad.
¿Por qué?
En primer lugar, para poder mantener este carácter dinámico,
históricamente variable de los valores a salvo,
es decir, es una evidencia que los valores van cambiando,
y, por tanto, hemos de tener un poquito de cuidado
cómo traemos al mundo diferentes modas,
y, en segundo lugar, porque muchos de estos grandes teóricos
conocen muy bien el amor a la sangre de algunos.
Una aportación muy interesante al debate
acerca de si los valores son ideales o reales en este aspecto,
es, por ejemplo, la introducida por Karl Popper
en su libro En busca de un mundo mejor.
En este texto, Popper realiza una nueva división ontológica de la realidad,
parecida a la que nosotros hemos hecho al comienzo del curso,
pero esta vez, Popper, en vez de dividir el mundo en dos,
lo otro y lo uno, él lo va a dividir en tres.
El primero, o mundo uno, es el mundo físico,
formado por cosas o acontecimientos.
Es lo que nosotros llamaríamos mundo real.
El segundo es el mundo de la experiencia.
El mundo dos sería, por tanto,
resultado de la interacción entre el mundo uno
y los sentidos del ser humano.
Y el mundo tres es lo que llamamos el mundo de la cultura,
el de los productos culturales humanos que nuestra mente genera
después de procesar la información del mundo dos.
Y este curioso mundo de la cultura humana
está formado, además, por dos tipos de entes.
Entes físicos, objetos reales,
que, por ejemplo, generan nuestras ciencias productivas,
como, por ejemplo, la ingeniería, la artesanía, el arte,
que produce cosas físicas, tangibles.
Y, en segundo lugar, también, entes inmateriales,
entes que no tienen una consistencia física,
pero también tienen una gran realidad,
como, por ejemplo, el mundo del lenguaje, las teorías, los argumentos,
el mundo de los números
y, también, por supuesto, el mundo de los valores.
Este curioso mundo de la cultura humana
tiene, además, un enorme impacto,
tanto sobre el mundo uno como sobre el mundo dos.
Es decir, el mundo uno porque lo transforma a gran escala
y el mundo dos porque, también, a través de la cultura,
podemos modificar la experiencia que tenemos de la propia realidad.
Además, el mundo tres, o mundo de la cultura,
muestra unas características bastante peculiares.
Y es que, a pesar de ser fruto de nuestra mente,
a pesar de que todos los entes que contiene los hemos creado nosotros,
dentro de este mundo podemos seguir descubriendo cosas.
Es decir, con el paso del tiempo,
vamos hallando nuevas teorías, nuevos problemas,
algo inventado por nosotros,
tiene, sin embargo, un misterioso aspecto desconocido.
Al igual que surgen nuevos enfoques matemáticos,
con el paso del tiempo, también surgen nuevos valores.
Así que, con el mundo de la cultura,
parece que hemos creado un universo gigantesco
que no desmerece tanto en tamaño a su hermano material.
Sin embargo, la enorme dificultad
que experimentaron los teóricos de la ética del siglo XX
para definir el concepto de valor,
hizo que la problemática, de alguna forma, virara.
Se dejó atrás el problema de la definición de los valores
y se pasó a un nuevo problema,
a centrar la atención en un problema metodológico,
el problema de la captación de los valores.
Así, del problema de qué son los valores,
se pasó a la cuestión de cómo se perciben
y cómo se comprenden los valores.
De tal forma que los teóricos pensaron
que si de algún modo podemos resolver
en qué consiste esta percepción universal de los valores,
quizá después de aclarar ese punto,
pudiéramos definir por fin qué es un valor.
Así que la extrema dificultad para definir el término valor,
quizá, excuse un poco al diccionario de la RAE,
en ese caos en el que no aparece por ningún lado
la definición ética del valor.
Los planteamientos contemporáneos más relevantes
acerca de esta cuestión,
consideran que el valor, la captación del valor,
tiene un poderoso componente intelectual
y un poderoso componente, también, emocional.
Es decir, las visiones contemporáneas consideran
que el conocimiento, la captación intelectual,
es previa y necesaria,
pero la reacción emocional también es absolutamente imprescindible,
ya que si no hay algún tipo de reacción sentimental
ante una determinada acción,
no hay verdadera valoración ética.
Así, en la valoración ética se produce, por tanto, una fusión
entre el conocimiento y el sentimiento,
entre el plano intelectivo y el plano afectivo.
Profundizaremos mucho mejor en esta cuestión
en la segunda parte de nuestro curso
dedicada a la ética de Aristóteles,
ya que el filósofo griego fue uno de los mayores desarrolladores
de esta visión intelectualista,
al mismo tiempo que emocional, de la ética.
El carácter universal o relativo de los valores
presenta, finalmente, la tercera y gran diana
de los debates en materia ética.
El debate está aquí en determinar cuál es el grado de consistencia
o estabilidad de los valores a nivel temporal y espacial.
Es decir, el problema está en si existen
algunos pocos valores universalizables y, si es así,
cómo debemos trabajar con ellos, cómo debemos enfocarlos
para no caer de nuevo en todo tipo de parcialidades históricas.
¿Es posible condenar o aplaudir universalmente,
en todo lugar y tiempo, algunos tipos de actuación o no?
Pero, como decíamos hace poco, en el plano informal,
cuando surge esta pregunta, en mayor o menor medida,
todos nos volvemos, de alguna forma, relativistas,
o, al menos, defensores del relativismo,
bien en un sentido psicológico o bien en un sentido histórico.
No obstante, este relativismo,
del que hacemos gala casi todos los días,
sus condicionantes y sus límites,
es decir, hasta dónde podemos llevarlo,
hasta dónde podemos ser relativistas,
también se nos escapa, en cierta medida,
tanto como el sentido de la ética o de la noción de valor.
Así que es hora de que nos adentremos en la pregunta...
¿qué es el relativismo?
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