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Bienvenidos a la segunda sesión. En ella vamos a empezar a estudiar las bases de
esta burbujeante mezcla de creencias religiosas, supersticiones, influjos
grecoromanos y orientales que constituyeron los fundamentos del
Renacimiento. Pero para que esta exótica mezcla pudiera producirse tuvieron que
confluir una serie de factores importantes, una compleja serie de
circunstancias que abrieron grietas en la hegemonía cultural del cristianismo en
Europa Latina. Factores que sólo pudieron comenzar a actuar tras una
significativa pérdida del poder por parte de la Iglesia Católica. La Iglesia
que había comenzado a afianzarse y a consolidar su hegemonía a partir del
siglo V de nuestra era, durante los años siguientes, poco a poco y en el
periodo medieval de forma problemática, con muchas ramas, corrientes,
reformulaciones y enfrentamientos, pero poco a poco fue expandiéndose y ganando
influencia hasta llegar a alcanzar, a comienzos del Renacimiento, su máximo
poder institucional. Sin embargo, la llegada a este momento de mayor
prestigio, de mayor influencia y riqueza, fue también un punto de inflexión. Un
punto de inflexión a partir del cual la Iglesia Católica empezaría a perder el
control sobre territorios europeos que, tradicionalmente, durante siglos habían
permanecido sometidos y aceptando obediente su poder. ¿Pero qué ocurrió?
¿Cuáles fueron las causas que llevaron a la Iglesia Católica a perder gran parte
de la potestad que había acumulado durante los siglos medievales? Si bien
repasar todos y cada uno de los resortes de este cambio no sería
absolutamente imposible, pues daría más o menos para una vida entera de trabajo
de investigación, a lo largo de esta clase vamos a ver algunos de los más
importantes, algunos de los que los especialistas consideran centrales en el
desencadenamiento de una serie de cambios que transformarían para siempre
la mentalidad europea. Vais a ver qué interesante. El primer factor que empujó
que dio lugar a modificaciones trascendentales en la estructura social,
política, cultural, económica y religiosa de Europa no es muy glamoroso y no nos
llevará a jugosas intrigas palaciegas o a ferovorosos enfrentamientos
doctrinales. Tres sencillas palabras vienen a explicar, en primer lugar, el
comienzo de la pérdida de poder de la iglesia. Estas palabras son muerte, hambre
y frío. Entre los siglos X y XIII, habiendo superado el miedo al fin del
mundo y el terror del año 1000, Europa había experimentado el primer
crecimiento demográfico significativo desde la antigüedad, desde la época
romana. Las condiciones de vida habían mejorado
sensiblemente, la comida estaba disponible, los hijos sobrevivían en la
mayor parte de los casos y los medievales veían con un poco más de
optimismo su cotidiano valle de lágrimas.
Esta fase de bienestar coincidió con lo que los climatólogos denominan el
óptimo climático medieval, también conocido como el periodo cálido medieval.
Este periodo se extendió aproximadamente entre el año 900 y el
1300 de nuestra era. Nos referimos a una fase de la historia climática de la
tierra que estuvo caracterizada por temperaturas cálidas que favorecieron la
agricultura en Europa, lo que contribuyó al crecimiento demográfico. En Groenlandia,
por ejemplo, los vikingos pudieron establecer a comienzos del siglo XI por
primera vez asentamientos agrícolas debido al retroceso de los glaciares y
el descongelamiento de enormes regiones de tierra. Sin embargo, la primavera del
año 1315 se negó a llegar. Las nieves y las heladas del invierno continuaron
congelando Europa durante los meses de marzo y abril.
El mal tiempo siguió extendiéndose durante todo el verano con largos
periodos de lluvias que causaron inundaciones y destruyeron los campos de
cultivo. Un invierno interminable que duró más de dos años.
Si bien los especialistas no saben exactamente a qué se debió este
repentino enfriamiento del clima, hay dos hipótesis fundamentales. La primera, una
erupción volcánica en algún lugar del planeta que debido a la expulsión masiva
de cenizas a nivel atmosférico habría bloqueado la luz solar bajando drástica
y rápidamente la temperatura. O, en segundo lugar, algún tipo de evento
relacionado con la actividad solar. Ambas hipótesis son plausibles siendo la
segunda la más probable ya que el comportamiento de las temperaturas fue
algo errático pero continuaron cayendo los siguientes años. De hecho, tras unos
meses de normalidad, de tregua, el invierno de 1317 fue de nuevo
absolutamente devastador provocando la conocida como Gran Hambruna, el mayor
episodio de muertes por inanición conocido en toda la Edad Media.
Se calcula, aunque aquí las cifras varían debido a que todavía hay mucho trabajo
de investigación arqueológica por hacer, pero algunos estudios estiman que
aproximadamente entre el 10 y el 15% de la población europea falleció directa o
indirectamente a causa de este evento climático. Hablamos aproximadamente de
unos 7 millones de personas. La falta de forraje provocó la muerte de los
animales que dejaron de reproducirse y de generar alimento, carne, huevos, leche. Por
otro lado, el consumo por parte de la población de las semillas que debían
reservarse para el cultivo hizo que las cosechas no pudieran recuperarse al año
siguiente porque no quedaba absolutamente nada para plantar. La
esperanza de vida, atentos aquí, descendió desde los 29, que tampoco era muy alta,
hasta los 17,5 años de vida en algunas regiones como Gran Bretaña. Las
primitivas técnicas agrícolas del momento tampoco ayudaron a aumentar la
producción de los pocos territorios menos afectados. El arado, el yugo frontal y la
aserraduras para los caballos llevaban apenas un siglo siendo usadas de forma
extensiva en Europa, al igual que el sistema de rotación de cultivos. Muchas
personas, si no murieron por hambre, lo hicieron debido a los conflictos por los
recursos, las emigraciones forzadas y debido al aumento significativo de la
violencia social. Durante esta época creció también exponencialmente el
abandono de niños, inspirando cuentos clásicos que han llegado hasta nosotros
como los cuentos de los hermanos Grimm. Para cuando las aguas climáticas volvieron
a su cauce, la población había sido diezmada, estaba profundamente traumatizada
y había perdido gran parte de las semillas, herramientas y conocimientos
necesarios para poder recuperarse con rapidez. La desnutrición además debilitó
notablemente a la población, por lo que aumentó la mortalidad por enfermedades
como la disentería, la neumonía y la fiebre. Sin embargo, esta horrible época
de sufrimiento era sólo la antesala de lo que los supervivientes estaban a
punto de vivir. A mediados del siglo XIII, menos de 20 años después de que Europa
se recuperara de las grandes hambrunas, el continente se vio asolado por la
mayor y más mortal pandemia de la historia de la humanidad, que se llevó
la vida de, atentos, al menos un 40 por ciento de la población mundial en una
horquilla que oscila, según los especialistas, entre los 75 y los 200
millones de personas. En Europa, donde la población en esta época era alrededor de
80 millones, falleció a causa de la peste entre el 30 y el 60 por ciento de la
población, lo que equivale a unos 25 a 50 millones de personas. La tasa de
mortalidad fue extrema. En 1348, por ejemplo, la peste negra, conocida también
como la muerte negra, afectó a ciudades como Florencia, París y Londres, donde
llegó a matar hasta el 70 por ciento de su población. En algunos casos, las
comunidades urbanas, donde las personas vivían mucho más cerca las unas de las
otras, sufrieron tasas de mortalidad semanal del 10 por ciento de la
población o más. Ciudades densamente pobladas, como Florencia o Londres, vieron
también morir a la mayoría de sus habitantes en cuestión de meses. En las
zonas rurales, la mortalidad fue algo más lenta. La enfermedad avanzó mucho más
despacio, pero de forma igualmente devastadora. Pero, ¿qué sabemos de esta
enfermedad? ¿Qué mató a esta inimaginable, inconcebible cantidad de personas en los
años que precisamente separan la Edad Media del Renacimiento? Estudios
contemporáneos centrados en el análisis del ADN de los restos dentales de
víctimas de la peste negra, que han sido hallados en varios cementerios
europeos, han mostrado que la causa de esta enfermedad infecciosa fue de origen
bacteriano. Concretamente, fue causada por la zoonosis de la bacteria conocida como
Yersinia pestis. Es decir, este vacilo, esta bacteria, logró un salto exitoso
interespecies desde un animal original desconocido hasta el ser humano, dando
lugar a una virulenta enfermedad frente a la cual la población no tenía defensa
alguna. La versión más antigua de la cepa europea, de la cepa de la bacteria
que devastó Europa, ha sido recientemente descubierta en Asia Central,
estableciéndose el posible origen de la enfermedad a las orillas del lago Issyk-Kul
en el actual Kirguistán. Este enclave representaba en la época uno de los nodos
principales de la Ruta de la Seda, la ruta que interconectaba el comercio del
continente asiático con Europa. Escondidas entre el ámbar, la seda, las
especias y la porcelana, viajaban a lomos de los camellos también todo tipo de
parásitos, entre los que estaba una diminuta pulga de menos de dos
milímetros que actuó como vector de la peste. Las bacterias alojadas en el
sistema circulatorio de estos insectos pasaron de los animales de tiro a las
ratas y éstas, con su enorme capacidad de propagación y su tendencia a vivir
cerca de los núcleos humanos por la abundancia de comida, se contagiaron
posteriormente a los hombres. Del mismo modo que hemos visto que ocurrió con el
COVID-19, la peste negra también usó las rutas de transporte y comercio
internacionales para propagarse. Su más rápida y principal plataforma de
expansión fueron los barcos que recorrían enormes distancias diariamente a
través del Mediterráneo. El punto de entrada de la peste en Europa fue
probablemente la península de Crimea, concretamente a través de la ciudad
costera de Caffa, y desde allí barcos genoveses y venecianos que comerciaban
con Constantinopla la llevaron a Italia. Así nos lo cuenta Michele della Piazza,
un monje franciscano y cronista siciliano de la época. Atentos. He aquí que en
octubre del año de la encarnación del Señor de 1347, a comienzos de mes,
genoveses sobre 12 galeras arribaron al puerto de la ciudad de Messina, el
estrecho de Messina en Sicilia. Los genoveses transportaban con ellos,
impregnada en sus huesos, una enfermedad tal que todos los que habían hablado a
uno de ellos eran alcanzados por esta enfermedad mortal. Esta muerte, muerte
inmediata, era absolutamente imposible de evitar. He aquí cuáles eran los síntomas
de la muerte para los genoveses y las gentes de Messina que los frecuentaban.
A causa de una corrupción de su aliento, todos los que se hablaban, mezclados unos
con otros, se infectaban los unos a los otros. El cuerpo parecía entonces sacudido
casi por entero y como dislocado por el dolor. De ese dolor, de esa sacudida, de
esa corrupción, nacía en la pierna o en el brazo una pústula en forma de una
lenteja. Esta impregnaba y penetraba tan profundamente en el cuerpo que se veía
cometido por violentos esputos de sangre. Las expectoraciones duraban tres días
continuos y se moría a pesar de cualquier cuidado. La muerte no sólo
tocaba a los que se les hablaba, sino igualmente a todos aquellos que compraban
sus cosas, los tocaban o se acercaban a ellos. Las palabras de Michele de la
Piazza nos revelan que la enfermedad mostró dos expresiones distintas. La
primera de ellas era la más mortal y la más rápida y se producía cuando la
proboscide, la trompita, la boca de la pulga, conseguía penetrar hasta una vena
o un capilar e introducir la bacteria Yersinia pestis directamente en el
torrente sanguíneo de su desafortunada víctima. Este tipo de picadura provocaba
la variante neumónica de la peste negra, que en apenas tres días, como acabamos
de ver, anegaba los pulmones y causaba la muerte.
Esta variante además daba lugar a un modo secundario de contagio directo a
través de la tos y de las secreciones de los pulmones. No solamente se infectaban
por las pulgas, sino también por la saliva, por la tos. La segunda expresión, la más
conocida gracias al arte y la más impactante a nivel visual, que sin
embargo Michel le mezcla, se producía según los especialistas cuando la pulga
no acertaba a picar en una vena sino en algún punto del sistema linfático. Los
cientos de miles de millones de bacterias pasaban a la linfa y de allí
a los nódulos, a los nódulos más cercanos que se inflamaban exageradamente
formando los bubones que la hicieron célebre. Pero dicho todo esto, si bien la
muerte de una gran proporción de la población europea fue absolutamente
devastadora, tenemos que preguntarnos qué tuvo que ver todo esto con la pérdida de
poder de la iglesia católica. Como hemos mencionado al comienzo de la clase,
durante la Edad Media la iglesia se había configurado poco a poco como la
única y exclusiva intérprete de los designios de Dios y como el único
intermediario válido para interactuar con la divinidad en Europa Latina. Esto
la había colocado durante siglos en un lugar privilegiado, pero ahora por esa
misma posición se veía obligada a dar una explicación y una solución a tanta
muerte y devastación. Todos los ojos se dirigieron al representante de Dios en
la tierra, al único conocedor de sus deseos. En un primer momento la iglesia
interpretó los primeros brotes como lo había hecho siempre, como con el resto
de enfermedades, como un castigo divino por la impiedad y la decadencia de los
seres humanos y como una oportunidad para demostrar la fe. Para detener el
problema no había más que iniciar la batería de medidas habituales,
celebraciones de misas, sacramentos y donaciones. Sin embargo, la teoría del
castigo divino tenía una letra pequeña, ya que generalmente este castigo era
interpretado como, atentos aquí, una prueba que un individuo determinado en
un momento concreto de su vida debía afrontar para mostrar su pureza moral y
espiritual. No obstante, lo que estaba ocurriendo a mediados del siglo XIV en
Europa tenía otra escala diferente. No morían solamente los cuatro pecadores
habituales, sino que Dios parecía haberse vuelto completamente loco. En un acto de
ira descontrolado, desconocido desde tiempos del Antiguo Testamento, estaba
provocando la muerte generalizada e indiscriminada de la mayor parte de la
población europea. Pero si las enfermedades eran prueba de la decadencia
espiritual, la iglesia empezaba a tener un grave problema, porque los lugares
donde se dieron las tasas más devastadoras de mortalidad fueron
aquellos en los que muchas personas vivían juntas, como por ejemplo los
monasterios. Pronto sacerdotes y obispos también comenzaron a morir. Incluso las
personas más intachables y reconocidas por su comunidad morían castigadas sin
una razón aparente. ¿Acaso la corrupción espiritual había penetrado también en el
seno de la iglesia? La población inevitablemente comenzó a pensar que
quizá Dios estaba castigando la degradación de una iglesia corrupta.
¿Por qué Dios decidiría si no matar a sus representantes en la tierra? Como
podéis ver, la peste negra empezó a hacer zozobrar las bases institucionales de la
iglesia cuando la población constató además que los rituales para detener la
plaga no servían para nada. Esta ineficacia del rezo y de las misas hizo
que la iglesia quedara aún más desacreditada ante la población como
representante de Dios en la tierra. Esto llevó, como veremos enseguida, a que
muchas personas cuestionarán profundamente su religión y comenzarán
a interesarse por otras formas de espiritualidad que quizá sí les podrían
ayudar a salvar su vida o también su alma. Comenzaron a preguntarse qué otro
método, qué otras prácticas religiosas podrían ayudar a limpiar Europa de la
degradación espiritual y detener la ira divina. Otra de las consecuencias de
este estado absoluto de desesperación ante el cual los europeos no encontraban
ningún tipo de solución ni ninguna explicación clara fue el comienzo, por
supuesto, de la búsqueda de chivos expiatorios que, como en otras muchas
ocasiones en la historia de Europa, desembocaría en el hostigamiento de las
comunidades judías. Los cristianos empezaron a observar que morían muchos
menos judíos que cristianos como consecuencia de la peste y movidos por
la desesperación, algunos empezaron a pensar que quizá la causa de la
enfermedad no era la ira de Dios sino que los judíos estuvieran envenenando el
suministro público de agua. A consecuencia de estos miedos, sospechas y
finalmente acusaciones directas, comunidades judías enteras fueron
exterminadas durante el siglo XIV. Según han podido averiguar los
especialistas, parece que los cristianos tenían razón al menos en algo.
Efectivamente, morían bastante menos judíos que cristianos como consecuencia
de la peste. Sin embargo, los estudios han revelado que esto pudo haberse debido al
simple hecho de que, gracias a sus prácticas religiosas, estas comunidades
estaban menos expuestas a la pulga debido a su costumbre de airear las
sábanas, la ropa y de ventilar las casas todos los sábados. El lavado de manos, las
estrictas en la manipulación de alimentos y los entierros muy rápidos
de los fallecidos también pudieron haber contribuido a reducir el contacto con
los focos de contagio. Como bien sabéis, según la tradición judía, el entierro
debe realizarse lo más pronto posible, idealmente dentro de las 24 horas
posteriores al fallecimiento, mientras que por el contrario los cristianos
tenían la costumbre de velar los cuerpos incluso hasta tres días, lo cual
aumentaba enormemente las posibilidades de contagio. La violencia y la barbarie
siempre afloran con fuerza en situaciones como estas y como os
mencionaba hace un momento, comunidades judías enteras fueron exterminadas en
Europa como consecuencia del miedo a la peste. En febrero del año 1348, dos mil
judíos fueron quemados vivos en la ciudad de Estrasburgo en una construcción de
madera que se construyó específicamente al respecto. En agosto de este mismo año
las comunidades judías de las ciudades alemanas de Colonia y Mainz fueron
también completamente exterminadas, algunos de sus miembros tirados al río
vivos metidos en barriles de madera. Vemos así como la peste, que inicialmente
podía parecer un factor secundario y bastante despreciable a la hora de
hablar del Renacimiento, fue uno de los principales catalizadores de los cambios
que se dieron lugar en la modernidad. La presión salvaje de esta enfermedad
estimuló nuevas ideas en Europa, algunas extremadamente positivas e
inspiradoras como vamos a ver enseguida y otras absolutamente terribles y
salvajes como es el caso de lo sufrido por las comunidades judías. Os invito
ahora que pasemos a la lectura detallada de otro importante testigo histórico de
este crucial momento. El segundo de nuestros textos pertenece al De Camerón,
obra escrita por el autor italiano Boccaccio en torno a 1351. Es decir, en
uno de los momentos álgidos de la pandemia, cuando la peste asolaba con
virulencia las principales ciudades de la península itálica. Por tanto, estamos
ante un documento muy muy especial para entender de qué forma los propios
protagonistas del momento vivieron estos acontecimientos y cómo aparecen ya en el
texto todo un conjunto de ideas interesantes que darán paso, que
anticiparán el inicio de ese gran cambio cultural que conocemos como Renacimiento.
Lo que acabas de ver es sólo un pequeño fragmento de este curso. Si quieres
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