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Bien, pero para comprender mucho mejor la definición aristotélica de la felicidad
y de la buena vida, hemos de dejar momentáneamente de lado la ética anicomaco y adentrarnos
en otra de las grandes obras de Aristóteles, la Metafísica, en la cual nuestro filósofo
realiza una clasificación de los tres tipos de saberes que podemos llegar a desarrollar
los seres humanos.
El primer tipo, señalado por Aristóteles, son los llamados saberes teóricos, es decir,
aquel conjunto de saberes entre los cuales se encontrarían, por ejemplo, la física,
la filosofía, las llamadas ciencias puras y alguna que otra de las ramas de las humanidades.
¿En qué consisten estos saberes que Aristóteles llama teóricos?
Básicamente son saberes dedicados a comprender el funcionamiento y la estructura de algún
objeto, por ejemplo, la naturaleza, sin pensar necesariamente en la aplicación práctica
de este conocimiento.
Por ejemplo, la física estudia la naturaleza, el tejido del cosmos, qué son los agujeros
negros o cómo se conforman las estrellas, más allá de que este conocimiento en algún
momento de la existencia nos pueda servir realmente para hacer algo.
Es decir, los saberes teóricos buscan el conocimiento por sí mismo, qué es relevante,
qué es importante simplemente por el hecho de conocer, de qué nos sirve a nivel práctico
saber que hay una nueva estrella en el cinturón de Orión o cuál es la verdadera estructura
de las galaxias que forman el clúster en el que nosotros vivimos.
Realmente a nivel práctico de nada, pero es importante en sí mismo saber cómo funciona
y cómo está constituido el mundo.
Estos saberes tan importantes son llamados por Aristóteles saberes contemplativos.
En segundo lugar están los llamados saberes productivos, que en este caso, evidentemente,
tal y como su nombre indica, buscan conocer cómo funcionan las cosas, pero no simplemente
por el placer, por el interés de conocerlas, sino para producir, para alterar el medio
y crear nuevos objetos.
Los saberes productivos son, por ejemplo, los saberes de la industria o de la artesanía,
saber por ejemplo qué barro es el adecuado para moldear una vasija, a qué temperatura
hay que cocer ese barro, todos esos conocimientos que, digamos, no se interesan por el barro
en sí mismo o por el fuego en sí mismo, sino por el uso de sus propiedades para poder
producir objetos, para transformar el entorno, etcétera, etcétera, para conseguir beneficios
de cara a la comodidad del ser humano.
Y en tercer lugar, el último tipo de saberes son los llamados saberes prácticos.
Estos saberes a veces los podemos confundir con los productivos, pero no son exactamente
lo mismo.
Tal y como Aristóteles lo explica en la Metafísica, los saberes prácticos son aquellos que están
destinados a ordenar el obrar humano, las acciones humanas, las decisiones que toman
los seres humanos desde dos puntos de vista diferentes, desde el punto de vista de su
vida en sociedad, y ese saber práctico que guía el obrar humano en sociedad se llama
política, y desde el punto de vista de la toma de decisiones del ser humano como individuo
solitario, aunque nosotros vivamos en soledad, es decir, desde el punto de vista de la búsqueda
personal de la felicidad, y la ciencia que se dedica a ordenar nuestras acciones en busca
de la felicidad individual, la llamamos ética.
En los tres casos, nos dice Aristóteles, respecto a estos tres tipos de saberes, además
los seres humanos nos podemos comportar de cara a ellos de tres maneras completamente
diferentes.
Vamos a tomar como ejemplo un saber productivo, como por ejemplo pueda ser la ingeniería
de caminos, canales y puertos, y vamos a ponernos como objetivo construir un puente, es el ejemplo
más sencillo.
Elegimos un saber productivo y nos vamos a preguntar de qué forma tenemos que actuar,
de qué forma tenemos que organizar nuestras acciones para poder finalmente terminar teniendo
un precioso puente que tiene que servir para lo que sirven los puentes, para que puedan
pasar personas y mercancías salvando un desnivel del terreno.
Bien, pues nos dice Aristóteles, tomando como ejemplo el puente, este saber productivo,
el ser humano puede actuar de tres formas diferentes, como os decía hace un momento.
Puede tomar decisiones por azar, lo puede hacer rutinariamente, es decir, siguiendo
la tradición, o finalmente puede obrar de modo racional.
Vamos a analizar el primer caso, es decir, a la hora de emprender la tarea del puente
nosotros podemos elegir los materiales simplemente al azar, al tun-tun, lo que sea, esta piedra,
este cemento, sin fijarnos en sus propiedades, en su resistencia, etcétera, etcétera.
También las técnicas para construirlo, el orden para colocarlo, lo podemos elegir completamente
al azar.
Si nosotros a la hora de enfrentarnos a un saber productivo, a la tarea de construir
un puente, actuamos puramente por azar, nos dice Aristóteles que el resultado que vamos
a obtener seguramente no sea un puente ni muy resistente, ni siquiera sea un puente,
¿de acuerdo?
No será válido.
Usando este ejemplo, Aristóteles nos dice, fijémonos ahora en la ética, en la toma
de decisiones de la vida, y es que hay algunas personas que a la hora de enfrentar su gran
tarea vital, su gran empresa vital, que es la felicidad, también actúan por azar, diciendo
bueno, lo que me vaya viniendo a lo largo de la vida, yo no tomo decisiones, como decimos
a veces, las decisiones me toman a mí, elijo simplemente al azar lo que venga, cualquier
gran decisión simplemente la dejo al destino, simplemente que ocurra.
Pues bien, nos dice Aristóteles, al igual que para construir un puente no podemos elegir
azarosamente los materiales y las técnicas, también para construir nuestra felicidad
el azar no es un camino, sino que tenemos que analizar muy bien con qué materiales
y con qué técnicas construimos nuestra felicidad.
Bien, el azar sería, digamos, el modo actuar primero, quizá menos conveniente, pero todos
conocemos personas que dicen eso, ¿no?
Yo, a mí lo que me venga.
El segundo modo de actuar, respecto a la construcción del puente y como metáfora también respecto
a nuestra vida, es mucho más común y es el modo rutinario, es decir, el modo tradicional.
Si tenemos en cuenta la construcción del puente, este método de trabajo puede tener
enormes ventajas, porque fijaros, qué materiales elegimos para construir nuestro puente, los
que siempre se han elegido, qué técnicas, las técnicas que siempre se han usado, qué
formas vamos a usar para definir, digamos, la estética de nuestro puente y su resistencia,
las que siempre se han usado.
¿Cuál es la ventaja de este modo de actuar?
La experiencia del tiempo, es decir, nos podemos sentir muy seguros ya que elegimos técnicas
que se han ido demostrando, que han ido demostrando su eficacia con el tiempo, así que probablemente
el puente que consigamos mediante esta técnica sea un puente bastante estable.
¿Pero cuál es la desventaja de actuar de esta manera?
La falta de adaptabilidad, la falta de innovación y de novedad, y es que cada accidente del
terreno, cada circunstancia es completamente diferente.
Si simplemente repetimos lo que siempre se ha hecho, jamás crearemos algo nuevo.
De la misma forma, nos dice Aristóteles que lo que hace a la vida del ser humano, hacer
lo que siempre se ha hecho, decir lo que siempre se ha dicho, decidir y llevar a cabo
las acciones que antaño o para otras personas han resultado eficaces, no es una garantía
absoluta de la, digamos, buena toma de decisiones en busca de nuestra felicidad.
Y es que, fijaros, ¿y si queremos hacer un puente que jamás ha sido hecho?
Con unas dimensiones, con una distancia a salvar que nunca se ha hecho, sobre el mar,
por ejemplo, como estos grandes puentes contemporáneos, lo que siempre se ha hecho no nos valdrá.
Así que Aristóteles nos dice que esto del obrar tradicionalmente tampoco es la vía
adecuada para la construcción de la felicidad.
Finalmente, el tercer tipo de actuación, de forma de decidir, tanto respecto al puente
como a nuestra vida, es lo que Aristóteles denomina la decisión racional, es decir,
no obrar ni por azar ni tradicionalmente, sino usando la razón, el entendimiento, el
intelecto, la capacidad crítica que nos permitirá mezclar en la construcción de nuestro puente
la fórmula y la cantidad adecuada de saberes del pasado, de la experiencia de antaño que
nos servirá para crear, pero también ese componente creativo, estético, emocional,
individual, único que nosotros tenemos.
Así podremos arriesgarnos en algunos materiales, probar nuevas técnicas, pero también nuevas
formas y crear el puente adecuado para cada circunstancia.
Fijaros, siendo de nuevo el puente, el símil de nuestra felicidad, Aristóteles nos dice
que la mejor forma de ordenar nuestra vida es la racional, aunque ya veremos qué significa
razón en Aristóteles, que no es para nada tan sencillo como parece.
Esta palabra que decimos ser racional tiene muchísima densidad dentro que iremos analizando
poco a poco.
Bien, volviendo a la clasificación de los tres tipos de saberes que hemos visto hace
un momento, Aristóteles nos dice que si bien los tres son extremadamente importantes, el
más relevante de todos es el saber práctico, es decir, el saber ético-político, porque
literalmente nos va a la vida en que seamos capaces de organizarnos de forma adecuada
tanto a nivel individual como colectivo.
Es decir, sin una buena organización, sin una buena toma de decisiones a nivel personal
y a nivel social, no podrían existir ni los saberes teóricos ni los saberes productivos.
Es decir, la ética de pronto pasa de ser una especie de conversación entretenida de
café a ser el núcleo, el fundamento de nuestra sociedad, de nuestro mundo, de nuestra
cultura, ya que si no tomamos adecuadamente nuestras decisiones en materia ética, tampoco
podremos tomar de forma adecuada las decisiones a nivel político y es la política la que
garantiza la paz, la convivencia adecuada, que a su vez nos permite hacer ciencia o arte
o producir materiales y objetos.
De pronto, por tanto, la ética pasa de ser una especie de rama extraña de la filosofía
que no nos interesaba mucho, a ser una de las ciencias más importantes y relevantes
sobre las cuales todo ser humano se debe de preocupar, debe conocer, debe tener algún
contacto, aunque todos reconoceréis conmigo que en nuestros días prácticamente no tenemos
ningún conocimiento de estas cuestiones.
Se trata sin duda de una ciencia extremadamente rara, respecto de la cual además Aristóteles
insiste una y otra vez hasta la saciedad, de que no se trata de una ciencia exacta,
es decir, tal y como Aristóteles concibe la ética, esta no es una lista de normas,
un manual de conducta fija, sino que la ética tiene que de alguna forma considerar siempre,
tener siempre muy en cuenta la circunstancia particular de cada momento y de cada individuo.
Esta idea hemos visto hace muy poco que la ética tenía pretensiones de universalidad,
pues esta idea de universalidad unida a la convicción aristotélica de que siempre hay
que tener en cuenta la circunstancia, pues cabrea a muchas personas, ¿no?
Vamos a ver, si cada uno al final tiene que tener en cuenta su circunstancia y su momento
particular, al final cada uno hace lo que quiere y ¿dónde está la universalidad de
la ética?
¿Cómo se puede combinar esta importancia de la circunstancia con la universalidad pretendida
que hemos visto?
Efectivamente, aquí hay un pequeño problema, pero es un pequeño problema aparente, Aristóteles
lo tuvo extremadamente en cuenta, sabía perfectamente que existía esta dificultad y nos dijo, tranquilos,
no nos pongamos nerviosos, no empecemos a pensar que hay una especie de incoherencia
entre pretensiones de universalidad y casos particulares o circunstancialismos, ya que
hay muchísimas otras ciencias que nos son extremadamente queridas, extremadamente importantes
para nosotros, que funcionan de la misma forma que la ética, es decir, guardando en su interior
esta especie de contradicción que en realidad es aparente.
El ejemplo que nos pone Aristóteles, por supuesto, es el ejemplo de la medicina.
La medicina está formada por un conjunto de presupuestos generales, de reglas de operación
generales, de conocimientos que en principio deberían ser aplicables a todo ser humano,
la medicina, y sin embargo, como bien sabemos, a la hora de actuar, cada médico se enfrenta
a casos concretos, particulares y completamente diferentes, no hay dos personas iguales, no
hay dos personas que reaccionen de la misma forma a los analgésicos, a los antibióticos,
un cirujano, por ejemplo, tiene que estudiar necesariamente un conjunto de teorías generales
aplicables a todos, el corazón está a la izquierda, en fin, un conjunto de reglas,
de normas, de axiomas generales que en principio deberían ser aplicables a todo ser humano,
pero todo cirujano sabe que a la hora de abrir el cuerpo humano cada corazón es completamente
diferente, cada cuerpo se comporta de una forma totalmente distinta y en este caso
no hay ninguna incoherencia. Lo que va a decir Aristóteles es que la ética funciona exactamente
igual que la medicina, su ética eudaimónica nos va a dar un conjunto de reglas generales
que vamos a ir estudiando poco a poco, que sin embargo, usando la capacidad racional,
el entendimiento, el juicio crítico de cada individuo, deberán ser adaptadas a cada circunstancia
particular y este hecho evidentemente pone nerviosa a mucha gente porque hay personas
que simplemente quieren que les digan qué tienen que hacer para ser felices, pero no
funciona así, hay un gran conjunto de axiomas generales que tenemos que comprender y entender
y después modificar a cada momento, a cada circunstancia de nuestra vida.
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