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¿Pero qué es lo que nos espolea en esta búsqueda?
¿Qué es lo que nos hace absolutamente inevitable tener reacciones éticas ante las acciones
de los demás?
¿Qué es esta especie de conocimiento inconsciente que todos tenemos acerca del bien y del mal
y que nos sale de alguna forma de modo inevitable?
Una cuidadosa perspectiva histórica nos permitirá ver las numerosas coincidencias respecto a
un conjunto de valores mínimos que encontramos en cualquier momento y lugar de la historia.
De hecho, estas coincidencias mínimas es lo que nos permite crear un curso como este
y nos permite hoy en día, en el siglo XXI, poder estudiar con interés, analizar y comparar
las éticas de autores tan distantes como Aristóteles, Kant o John Stuart Mill.
Un mínimo sustrato, un mínimo denominador común tiene que haber a lo largo de los tiempos.
Sin embargo, normalmente estamos sometidos a una especie de error de óptica o, al menos,
nos hace más gracia, solemos insistir más, prestar más atención a las diferencias que
a las coincidencias.
Si bien, tal como mostrábamos en las sesiones anteriores, respecto a cuestiones éticas
nuestra reacción más habitual es la de adoptar una postura relativista, sin embargo, en este
punto del curso es muy importante que distingamos clara y netamente entre lo que llamamos relativismo
moderado y relativismo absoluto y tengamos absolutamente claro que ningún gran autor,
ningún pensador, perteneciente a la tradición filosófica occidental ha defendido jamás
el relativismo en sentido absoluto.
Diversas y muy variadas razones se han dado para rechazar completamente la defensa del
relativismo absoluto, muchas, muchas razones acumuladas a lo largo de la historia, pero
la más importante de ellas es aquella según la cual el relativismo absoluto sería aquel
que se niega completamente a juzgar en cualquier sentido o de cualquier forma las acciones
de los demás como buenas o malas, abandonando así a su suerte a miles de personas.
¿Realmente hay acciones que no se pueden juzgar como buenas o malas?
Ni el genocidio, ni el asesinato, ni la pederastia, ni la tortura.
Es evidente que no podemos erigirnos como jueces en el día a día de todas las costumbres
de la gente, pero también es evidente que en algunas ocasiones es inevitable, incuestionablemente
necesario posicionarse.
No hacerlo y mantener una postura absolutamente relativista, lejos de lo que podrían pensar
algunos, no nos deja las manos limpias.
En la divina comedia, Dante Alighieri reserva el peor lugar del infierno a los neutrales.
¿Sabéis los famosos círculos del infierno?
Pues el más profundo, el más oscuro y terrible es el reservado precisamente a los neutrales.
¿Quiénes son los neutrales?
Aquellas personas que contemplando un hecho, una acción injusta, reconociéndola como
injusta, como terrible, decidieron simplemente inhibirse, decir que cada uno haga lo que
quiera y no actuar.
Este relativismo absoluto, nos muestra Dante y gran parte de la filosofía, es en realidad
una pose, una posición falsa que denota cobardía.
Tal como nos muestra la ética, como lo hemos visto hasta ahora, los seres humanos estamos
hechos de tal forma que siempre e inevitablemente juzgamos.
No podemos no juzgar las acciones de los demás, con nuestras cargas educativas, con nuestras
cargas emocionales, siempre juzgamos, fingir que no lo hacemos, ponernos en esta postura
relativista absoluta para que de alguna forma nos podamos esconder en la comodidad de la
pasividad de la seguridad, para que nadie nos reproche nada, no es para ningún autor
occidental una postura aceptable.
Hay momentos, por tanto, en los que la mera dignidad humana nos obliga a todos a erigirnos
en jueces.
Esa idea de que yo no soy nadie para juzgar a los demás, en realidad es mera cobardía.
El relativismo absoluto no ha sido sostenido en ningún momento, eso es simplemente un
lavarse las manos, un abandonar a la gente, un mentirse a sí mismo y ante todo mentir
a los demás, porque en realidad sí que estamos juzgando.
El relativismo moderado, en cambio, es una postura filosófica mucho más común que
si bien considera que gran parte del acervo valorativo de cada cultura es circunstancial,
personal, contingente, hay un conjunto de mínimos que no se pueden discutir, un conjunto
de valores negativos como por ejemplo la tortura, la esclavitud, el asesinato, el dolor, la
injusticia y un conjunto de valores que siempre pueden ser tenidos sin ningún tipo de miedo
como positivos, como es el caso de la justicia, que es uno de los valores más universales,
o por ejemplo la libertad de expresión, como veremos con George Stuart Mill al final del
curso.
Vamos a echar por tanto un vistazo a las premisas del relativismo moderado, llamado simplemente
relativismo, ya que como hemos visto, salvo psicópatas, genocidas y dictadores, absolutamente
ningún filósofo ha defendido el relativismo absoluto como una opción viable o digna de
algún estudio.
El relativismo presenta así dos posturas fundamentales, dos formulaciones fundamentales,
o lo que es lo mismo, a la pregunta ¿qué significa ser relativista?
La filosofía ha dado dos respuestas principales.
La primera de ellas sostiene que ser relativista o adoptar una postura relativista es simplemente
que todo ser humano tiene que ordenar su vida siguiendo las costumbres y las normas de la
moral dominante de la sociedad en la que le ha tocado vivir.
Es decir, de alguna forma todos seríamos conscientes de que nos ha tocado vivir en
un tiempo y una sociedad determinada, marcada por una religión, por una historia, por un
clima, por un conjunto de condicionantes, que hay otras sociedades diferentes y todas
en otras zonas geográficas que tienen costumbres diferentes, pero que de algún modo cada uno
tiene que seguir las normas vigentes para tener una vida tranquila, que se han establecido
históricamente, dinámicamente, como sea, en su sociedad.
Es decir, se trataría simplemente de seguir el consejo del famoso proverbio a donde fueres
haz lo que vieres y sobre todo no ir a los demás a imponer nuestras costumbres ni nuestras
formas de ver el mundo.
Cada pueblo tiene así su visión de la vida y de la ética y hay que respetarlos y aceptarlos
sin entrar en juicios de valor acerca de sus costumbres alimentarias, su vestimenta o sus
costumbres matrimoniales, principalmente porque de forma absolutamente evidente no
hay una forma óptima para vivir ni para hacer estas cosas.
Esta visión es, ante todo, una bofetada para el europeo que considera que su modo de hacer
las cosas es el mejor modo y que además, en la era moderna, sobre todo, sentía una
especie de impulso irrefrenable de ir a civilizar a los demás con sus normas morales, con sus
costumbres, hasta el punto de decidir que era muy importante ponerle un monóculo a
los esquimales o un traje de sastre inglés a un samurái.
Así que la primera formulación de relativismo simplemente señala esto, que cada uno tiene
que seguir las normas de la moral dominante de su época y, si se cambia a otra sociedad,
si va a otro lugar, asimilar esas normas, esas reglas morales sin entrar en juicios
de valor.
La segunda formulación del relativismo, en cambio, es algo más cercana a nuestra visión
contemporánea, a cuando nos entra el ataque del relativismo, y simplemente diría que
cada uno, en cada caso, tiene que seguir sus propios deseos y obrar de forma absolutamente
libre según lo que quiera.
Ya os digo que esta segunda formulación del relativismo es mucho más cercana a nuestro
sentir general y es normalmente la posición que nosotros adoptamos ante cualquier forma
de totalitarismo o de intento exterior de imponernos algún tipo de norma.
Esta visión nos diría que cada ser humano es completamente libre de cultivar sus propios
valores éticos sin verse presionado ni obligado desde el exterior de ninguna forma.
Lo que viene a subrayar ante toda esta visión del relativismo es la condena de toda moral
vigente que pretenda imponerse como única y como represora.
Es decir, la felicidad de cada ser humano estaría en su capacidad de poder desear y
hacer lo que sus deseos le indiquen.
Veremos que John Stuart Mill es uno de los principales representantes de esta posición,
aunque mucho más refinada.
La estudiaremos al final del curso.
Así, según esta postura, cada uno debería ser libre de poder hacer lo que le plazca.
Las cosas que podrían, las acciones que podrían poner en peligro a los demás estarían controladas
por el gobierno y las fuerzas del estado, de tal forma que los estados serían los encargados
de imponer un conjunto de castigos a determinados tipos de acciones que las hicieran completamente
indeseables para aquellos que querrían cometerlas y de esta forma los casos más extremos de
comportamiento estarían completamente regulados, castigados y controlados por el estado, pero
quitando estas formas realmente extremas de actuación, por lo demás, cada individuo,
según esta segunda formulación de relativismo, debería ser libre para hacer lo que quiera.
Sin embargo, esta frase, que inicialmente a todos nos encanta porque de alguna forma
reivindica el ideal de libertad que a todos nos gusta, es sin embargo una frase bastante
bastante simple, bastante tosca, que en realidad parece muy grandilocuente, pero no oculta
nada detrás, porque el problema de la afirmación que cada uno puede hacer lo que quiera no
está en el poder hacer, sino en el querer. Y es que, fijaros, si lo pensamos muy bien,
los seres humanos no queremos cualquier cosa, sino que nuestro querer está directamente
vinculado a nuestra educación, a nuestra forma de vida, a las posibilidades que hemos
tenido a lo largo de nuestro desarrollo. Es decir, uno no puede querer cualquier cosa,
sino que quiere solamente lo que está en su horizonte intelectual y a su alcance. Una niña
que ha nacido en un país pobre, absolutamente pobre, que jamás ha podido estudiar, que no
tiene noticia del mundo, que desde muy muy pequeña ha tenido que trabajar, evidentemente jamás va a
querer ir al conservatorio y sacarse el mayor nivel de piano, porque seguramente ni sepa lo
que es un piano. Así que la frase que cada uno haga lo que quiera, el problema está en ese querer,
en cómo ese querer está muy determinado, cómo ese querer no es en absoluto libre. Así que los
que consideran que solucionan el problema de la ética diciendo que cada uno haga lo que quiera,
en realidad nos están engañando, porque ese querer nunca es libre, ese querer siempre está
condicionado por lo que podemos y no podemos querer. No tenemos quereres ilimitados. Así que
otra de las grandes tareas de la filosofía consistirá, y sobre todo de la ética como rama
específica dedicada a esta cuestión, en determinar cuál es el alcance de nuestro querer y si hay algún
tipo de querer deseable para todo ser humano. Es decir, está claro que todos estamos metidos
dentro de las posibilidades de nuestra sociedad, de nuestra circunstancia histórica, pero ¿y si
cualquiera pudiera querer lo mejor para sí mismo? ¿Hay un lo mejor para el ser humano? ¿Hay algo
deseable para todos, para el más rico y más inteligente, pero también para esa niña? ¿Hay
bienes universalizables? ¿Hay algún tipo de jerarquía de bienes deseables para todo ser humano?
Si finalmente decimos que sí, si finalmente decimos que la búsqueda ética tiene un sentido y la queremos
continuar, debemos aceptar una última e importantísima petición de principio, la existencia de algo
llamado algo así como humanidad. Este último término, la humanidad, o lo que llamamos en
sentido abstracto el ser humano, son términos básicos para la ética, pero si lo pensáis un
poco, son términos completamente abstractos, inventados. No hay ni ha habido jamás dos seres
humanos idénticos, ni desde el punto de vista físico ni biológico. Cada uno tenemos nuestro
propio ADN, además estamos configurados de una forma única, distinta, pero tampoco ha habido jamás
dos seres humanos iguales desde el punto de vista biográfico. Cada uno tiene sus propias vivencias,
así que si cada uno somos completamente distintos, podemos hablar de un bien, de una jerarquía de
bienes deseables para todo ser humano, podemos hablar de unos derechos del hombre, unos derechos
del ser humano. Para poder hacer eso, si queremos seguir por este camino, hemos de aceptar la
existencia, aunque sea de origen absolutamente inventado, de un término llamado humanidad.
De todo lo que hemos visto hasta ahora, esta es la más clara, como os he dicho,
petición de principio de la ética, ya que sin esta visión construida de todos como uno,
sin esta abstracción, sin este dar la espalda a nuestras diferencias y decir que en realidad
todos nosotros somos una sola cosa, sin ello no hay filosofía, no hay ética, no hay ciencia del bien
y del mal. Lo que acabas de ver es sólo un pequeño fragmento de nuestro curso. Si quieres disfrutarlo
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