“Cualquier persona capaz de hacerte enfadar se convierte en tu dueño” – Epicteto
Volvemos con la tercer entrega de La Ciudadela Interior. En este episodio profundizamos en los peligros de llevarnos dejar por la ira y damos recomendaciones estoicas (y modernas) para no enfadarnos y evitar tomar malas decisiones por culpa de la ira.
Puedes apoyar este nuevo proyecto comprando el libro Invicto, bien en versión digital (que incluye además el cuaderno de trabajo y el audiolibro) o en papel. Si ya lo tienes, puedes regalar una copia o dejar una evaluación en Amazon. Si no lo tienen en tu librería favorita, diles que lo pidan. ¡Gracias! 🙂
Muy buenas, soy Marcos Vázquez y estás escuchando la tercera entrega de La Ciudadela Interior.
Esta miniserie empezó como un experimento, como una forma de profundizar en la filosofía estoica
y en las ideas de mi libro Invicto, pero de manera práctica y aplicable al mundo moderno.
Y después de la buena acogida de los primeros episodios, sigo hoy con el tercero.
En el primer episodio exploramos cómo los estoicos nos aconsejaban lidiar con la
pérdida, principalmente de un ser querido, aunque podría aplicarse a cualquier cosa que valoremos.
En el segundo hablamos sobre cómo usar el tiempo con sabiduría y evitar desperdiciar
la vida. Y en este tercer episodio hablaremos sobre la ira. De los temas que propuse en el
segundo episodio, la ira fue, con diferencia, la temática más popular, la que más votos recibió.
Y es interesante que haya sido el tema más demandado, porque los estoicos la consideraban
y por tanto era a la que recomendaban prestar más atención y dedicar más esfuerzo para domesticar.
Y hoy, dos mil años después, la ira sigue siendo muy destructiva. La mayoría de acciones
violentas que ocurren en el día a día no son tanto hechos premeditados como impulsos
de ira descontrolados. Por suerte, la ira no suele expresarse como violencia física,
pero la incapacidad de controlar esta ira nos hace tomar malas decisiones con frecuencia,
además de dañar las relaciones personales y crear angustia emocional.
Para aprender a regular mejor esta emoción, voy a leer primero un fragmento de Invicto,
donde hablo de esto a modo de introducción, y a continuación leeré algunos párrafos de los
textos de Seneca, que dedica muchas páginas a hablar sobre la ira, y también algunos fragmentos
de las meditaciones de Marco Aurelio, que aportan muchos consejos interesantes sobre el tema,
y por último algunas reflexiones también de Pictetto. Os recuerdo que esta miniserie está
patrocinada por mí mismo, concretamente por mi libro Invicto, y podéis apoyarme comprando una
copia, o si ya lo habéis leído podéis comprar una copia para alguien a quien penséis que le pueda
ayudar. De hecho mucha gente me ha conocido gracias a que alguien les regaló una copia,
así que bueno, no es una apuesta 100% segura, no puedo garantizar que le vaya a gustar a todo el
mundo, pero casi todas las personas encuentran ideas de valor en el libro. Así que si queréis
apoyarme podéis ir a fitnessrevolucionario.com barra Invicto, ahí tenéis tanto el programa
digital, que incluye el libro digital, el audiolibro, el cuaderno de trabajo, y tenéis
también el enlace para comprar el libro físico, por ejemplo en Amazon, o podéis pedirlo también
en vuestra librería favorita. Seguramente no lo tengan, pero os lo pueden encargar. Y una última
forma de contribuir y de apoyar es dejando una evaluación del libro en Amazon, que también
ayuda. Y sin más, pasamos a la ira, el tema de hoy, y empiezo leyendo directamente de Invicto.
Para los estoicos, la ira es una de las emociones más destructivas, de ahí quisieran especial
énfasis en dominarla. Seneca dedica un libro entero a esta emoción, titulado Sobre la ira,
y se refiere a ella como una locura pasajera por la que pagamos un alto precio. Dice cosas como que
la ira incontenida es frecuentemente más dañina que la injuria que la provoca. La ira es un ácido
que hace más daño al recipiente que la almacena que al objeto sobre el que se vierne. O la
ira es como una piedra en caída libre que se va descomponiendo contra las mismas cosas que
golpea. ¿Por qué es tan destructiva la ira? Porque nula nuestra vista y dado que representa
una especie de deseo de venganza contra quien sentimos que ha hecho algo incorrecto, el resultado
puede ser nefasto. La mayoría de actos violentos no son premeditados, sino impulsivos, causados
por la ira. Sin llegar a estos casos extremos, una respuesta impulsiva en estado de ira puede
hacerte perder tu trabajo o dañar tu relación de pareja. Si estás en manos de la ira, tus
decisiones serán probablemente equivocadas. Sacrificamos nuestros objetivos de largo plazo
por responder a provocaciones en el presente, de ahí la importancia de postergar la respuesta
hasta calmar la mente. El primer paso, como siempre, es despegarse de la emoción y examinar
la realidad con objetividad. ¿Qué ha ocurrido exactamente? ¿Debemos evaluar si realmente hemos
sido dañados o estamos exagerando el evento en nuestras mentes? ¿Estás en un atasco y alguien
se coló en tu carril? ¿Tu fila de supermercado va especialmente lenta? ¿Hicieron un comentario
negativo en tu foto de Instagram? ¿Alguien te puso mala cara? Son muchas veces minucias como
estas las que nos enfadan. En estos casos debemos simplemente poner en perspectiva la situación y
abstenernos de responder. Es un buen momento para recordar que no hemos sido realmente dañados por
algo externo, sino por nuestra interpretación del hecho. Al perder la cabeza por pequeños
inconvenientes pasamos gran parte del día fuera de nuestro estado ideal de ecuanimidad. Como observa
Seneca, nuestra ira suele durar más que el daño que nos produjo la fuente de esa ira. Si alguien
se te cuela en el tráfico, llegarás medio minuto más tarde al trabajo. Ese es el daño real, pero
con frecuencia la ira infectará buena parte de tu día. En este caso eres tú el culpable de tu
sufrimiento, no algo externo. Los estoicos nos recomendaban elevar nuestro nivel de tolerancia a
estas pequeñas circunstancias, alertando que de lo contrario nos pasaremos la vida reaccionando a los
actos de otros y aspectos poco favorables del entorno. Los estoicos eran especialmente críticos
con esas personas que parecen vivir en un estado constante de enfado y ofensa. Si no hay nada
específico de que protestar, extraen de su memoria agravios del pasado para alterar su presente. La
tranquilidad o ataraxia es el estado mental óptimo y alterarlo voluntariamente es de necios.
Para cambiar tu perspectiva puedes utilizar las técnicas de vista de pájaro y distancia
cognitiva que describiremos en el capítulo de armamento estoico. Otra estrategia estoica para
calmar la mente es cambiar primero el cuerpo. Los estoicos conocían la relación entre nuestra
fisiología y nuestra psicología y Seneca recomendaba forzar externamente una compostura
sosegada. Relajar la musculatura de la cara, respirar con calma, caminar despacio... sabían
que en poco tiempo el estado mental interno reflejaría el estado físico externo. Y hago aquí
un inciso para destacar que este conocimiento que tenían ya de aquella es sorprendente porque hoy
está demostrado que efectivamente la respiración por ejemplo es muy buena herramienta, una muy buena
herramienta fisiológica para controlar nuestro sistema nervioso autónomo. La ira se asocia
con una elevada activación del sistema autónomo simpático que nos prepara para luchar o para huir.
Bueno, si estamos en manos de la ira tenemos más tendencia a luchar que a huir y si en este momento
nos centramos en la respiración, en ralentizarla, en hacer las expiraciones más largas, vamos a
activar en mayor medida el sistema nervioso parasimpático ligado con la calma, con la
relajación y como su nombre indica para o frena al simpático. Para más detalles sobre esto os
recomiendo escuchar el episodio 256 del podcast donde hablo sobre el poder de la respiración con
Luke Willis. Después de este inciso volvemos a Invicto. Además de analizar si hemos sido realmente
dañados, los estoicos proponían evaluar las intenciones de los causantes de nuestra ira.
Asumimos con frecuencia malicia en las acciones de los demás cuando la causa principal es muchas
veces el despiste o la incompetencia. Aunque el resultado final sea el mismo, nuestra ira
suele reducirse al entender que los actos de otros son casi siempre accidentales, no malintencionados
contra nosotros. De hecho, muchas veces estarán justificados y nosotros mismos actuaríamos como
ellos si estuviéramos en su situación. Como decía Epicteto, ¿cómo puedes saber si alguien ha
obrado mal si no conoce sus motivos? Quizá el conductor que se coló en tu carril estaba llevando
a su hija gravemente enferma al hospital, o quizá no, pero al aceptar al menos la posibilidad de
que podría tener motivos para su comportamiento y que seguramente no tengan nada que ver contigo,
reducirá tu enfado. ¿Cuántas veces has hecho tú sin querer eso que tanto te enfuria que hagan
los demás? Aceptar los errores de otros es igual de importante que aceptar los tuyos propios. Decía
Séneca que mantenemos los fallos de los demás delante de nuestros ojos y los nuestros propios
tras nuestra espalda. Y hago aquí otro inciso, que no comento en Invicto, pero hay un concepto
en psicología que es el llamado error de atribución fundamental, que se refiere básicamente a que
cuando otra persona hace algo mal, asumimos que es por alguna característica personal. ¿Qué egoísta
que se coló en mi carril? ¿O qué irresponsable por conducir a esa velocidad? Mientras que si lo
hacemos nosotros, lo justificamos por una situación específica, como que estoy llegando tarde a una
reunión muy importante. Y una de las formas de reducir la ira es entender que las personas muchas
veces hacen lo que hacen no por un fallo personal, sino porque hay alguna justificación que nosotros
no entendemos. Evidentemente no es siempre cierto, pero el simple hecho de abrirnos a esta posibilidad
suele reducir la ira. Una idea relacionada es la llamada navaja de Hang-Long o el principio de
Hang-Long, que viene a decir que cuando las personas hacen algo mal, no suele ser por malicia sino por
incompetencia. Por ejemplo, si nos dan mal el cambio en una tienda, podemos enfadarnos y pensar que nos
están intentando timar, pero lo más probable es que simplemente se equivocaron. Y nuestra reacción
emocional suele ser menor cuando pensamos que las acciones de otros que nos molestan son por
un simple descuido que nos podría haber pasado también a nosotros, que cuando creemos que lo
hicieron con maldad. Entonces, como recomendación, cuando alguien haga algo que te enfade, piensa que
seguramente su acción tenga más que ver con la incompetencia que con la maldad. Volvemos a invicto.
Otra forma de reducir nuestro enfado es prestando menos atención a las opiniones de los demás.
Seneca decía lo siguiente, no quieres irritarte, no indagues más de la cuenta. Los que están siempre
preguntando qué han dicho de ellos los demás sólo conseguirán enfadarse más. En la era actual es más
fácil que nunca indagar más de la cuenta. Ponte a revisar cada comentario que dejan en tu Instagram
y encontrarás alguno desfavorable. Si nos ofendemos por los comentarios de los demás, nos pasaremos la
vida ofendidos, y esta es una respuesta típica del estoicismo a muchos otros ámbitos. Si te vas a
molestar por X, te pasarás la vida molesto, porque las oportunidades de X son infinitas. Nos hace más
daño lidiar con las consecuencias de nuestra respuesta impulsiva que simplemente tolerar los
hechos que nos han enfadado. De nuevo, la propia ira es más peligrosa que aquello que la causa.
Citando de nuevo a Seneca, el vicio de otros no puede penetrar tu mente a menos que lo permitas.
Es por ello más importante hacer algo primero sobre tu propia ira y después sobre su causa.
Esto no quiere decir que ignores la causa de tu enfado. Si un empleado hace algo mal,
lo debes corregir. Si su comportamiento no mejora, lo tendrás que despedir, pero enfadarte con él
sólo aumentará su resentimiento y te restará tranquilidad. Recuerda que el comportamiento
de los demás está fuera de tu ámbito de control. En algunos casos será evidente que las acciones
de la otra persona sí tenían intención clara de dañarnos. Son estos casos los que más encienden
nuestra ira, pero también donde es más importante controlarla. Enfadarse por una situación rara
vez la mejora y simplemente dificulta tu capacidad de razonar. Si te enfadas, le estás dando poder a
quien te quiere dañar, le estás permitiendo alterar tu estado mental. No cedas a nadie ese
poder. Si te provocan con facilidad, te controlan con facilidad. Como decía Pictetto, cualquier
persona capaz de hacerte enfadar se convierte en tu dueño. Ante un ataque malintencionado,
evalúa si realmente el agresor merece una respuesta. Con frecuencia, la mejor respuesta
es la indiferencia. Ser ignorado es muchas veces el peor castigo para quien intenta destacar
atacando a los demás. Recuerda que para los estoicos actuar mal era el único mal y no debemos
permitir caer en la provocación. Citando de nuevo a Seneca, no importa la ofensa que nos dan, sino
cómo la recibimos. Una vez más, el desapego de los estoicos no refleja indiferencia ni debilidad.
Es una estrategia para mantener la tranquilidad y la claridad mental, actuando siempre de manera
racional. Si decides que la ofensa requiere respuesta, actúa con firmeza pero sin ira.
Sea asertivo a la hora de exigir un trato justo, oponte a los intentos de otros por controlarte
o bloquear tus acciones, con tranquilidad pero con determinación. Quien responde a
la provocación con justicia demuestra más fortaleza que quien se deja llevar por la ira.
No respondas como te atacan, responde como eres. También puedes aprovechar la fuerza de la ira de
manera constructiva. Estás enfadado, vete al gimnasio y entrena duro. Por último, los estoicos
eran prácticos y entendían que en ciertas circunstancias la apariencia de ira podía ser
una herramienta útil. Fingir enfado puede ayudarte en una negociación, pero es un arma que debes usar
con cuidado. La ira fingida puede dar paso a la real. En resumen, nos enfadamos porque ocurre
algo que no esperamos. Pensamos que no deberíamos ser heridos ni por nuestros enemigos, dice Seneca.
Protestamos como niños cuando el mundo no nos da todo lo que deseamos, mientras ignoramos todo
lo que sí nos ha ofrecido. Nuestras expectativas irrealistas son muchas veces la causa de nuestra
frustración e ira. Si nos centramos en lo que está en nuestro control, reduciremos los ataques
irracionales de ira. Nos enfadamos por cosas normales y añadimos juicios de valor con expresiones
como no lo puedo creer, para referirnos a eventos que ocurren con frecuencia a otras personas.
¿Por qué te extrañas tanto de cosas frecuentes? Esta actitud, decía Marco Aurelio, es como
extrañarse de que la higuera produzca higos o de que los niños lloren. Es lo que hacen. Marco Aurelio
adoptaba la postura opuesta, entendiendo que todo lo que ocurre es tan familiar como la rosa en
primavera o la fruta en verano. También decía que cuando nos sorprendemos de que una persona malvada
actúe con maldad, es culpa nuestra por esperar lo imposible. Las personas que atacan constantemente
a los demás suelen ser poco afortunadas en la vida en general. Su comportamiento es su propio
castigo y cometerías un error si te dejas arrastrar. Ante la ira, tienes dos alternativas.
Uno, reaccionar de manera impulsiva mientras sigues en manos de tu enfado, o dos, posponer la respuesta
hasta calmar la mente y evaluar con tranquilidad las opciones disponibles. Como decía Seneca,
es mucho mejor curarse que buscar venganza por el daño. La venganza desperdicia mucho tiempo y te
expone a nuevas heridas. Responde de manera racional una vez que la ira se haya reducido,
y recuerda que la mayoría de veces la mejor respuesta es ninguna. Como decía Marco Aurelio,
la mejor venganza es no ser como los que te atacan. Y hasta aquí la sección de Invicto,
y voy a leer ahora algunos fragmentos de distintos textos, sobre todo como siempre de Seneca,
y también algo de Marco Aurelio y algunas citas concretas de Piquetto.
Empiezo con algunos párrafos de Seneca, de su libro sobre la ira. Seneca explica por ejemplo
con mucho detalle por qué la ira es tan destructiva. Ninguna otra calamidad ha
costado más cara al género humano. Verás asesinatos y venenos e incriminaciones mutuas
de los reos y descalabros de ciudades y exterminios de naciones enteras y cabezas
de príncipes a la venta en subasta pública. Antorchas lanzadas dentro de los edificios e
incendios no restringidos al interior de las murallas, sino inmensas zonas de las
comarcas reluciendo por la llama enemiga. Observa los cimientos a duras penas visibles
de ciudades famosas, las arrasó la ira. Observa los desiertos abandonados sin
habitantes en un radio de muchas millas, los despobló la ira. Observa a tantos
caudillos conservados en el recuerdo como ejemplos de un mal hado. A uno la ira los
pasó a cuchillo en su alcoba. A otro lo golpeó a un amparado por los derechos inviolables del
huésped. A otro lo despedazó a un amparado por los tribunales y por la mirada del foro abarrotado.
A otro lo obligó a derramar su sangre en el parricidio de su hijo. A otro a desnudar para
una mano esclava su cuello real. A otro a descoyuntar sus miembros en una cruz.
Vemos que es bastante gráfico este párrafo, pero bueno, un poco el mensaje es que la ira
es tan peligrosa porque es la causa directa de mucha de la violencia que ocurre a diario.
Una crítica común cuando hablamos de evitar la ira es que en este mundo hay gente que nos
quiere dañar y esta idea de no enfadarse puede ser perjudicial porque nos debilitaría. Y como
comentaba antes, la idea no es que no nos defendamos, sino que lo hagamos sin ira.
Y quizá tengamos que infligir daño a otros como defensa, pero de manera proporcionada y sin ira.
Seneca usaba el ejemplo de un médico que tendría que aplicar al paciente medidas
que no le gustaban, pero que eran necesarias, y decía por ejemplo lo siguiente.
¿Entonces qué, no es preciso a veces un correctivo? Cómo no, pero sin ira,
con lógica, pues no daña, sino que cura bajo la apariencia de dañar.
De la misma manera que ponemos al fuego para enderezarlas unas barras retorcidas y clavándoles
cuñas no para quebrarlas sino para ensancharlas, las machacamos, así los temperamentos pervertidos
por el vicio los enderezamos con el dolor del cuerpo y del espíritu. Sin duda el médico en
los achaques leves primero intenta no modificar mucho las costumbres cotidianas y poner orden a
las comidas, bebidas y ejercicios, y fortalecer la salud cambiando un poco el régimen de vida.
Lo siguiente es que la moderación sea eficaz. Si la moderación y el orden no son eficaces,
elimina y recorta algunos extremos. Si tampoco responde a esto, prohíbe los alimentos y aligera
al cuerpo con el ayuno. Y cambiando de tercio es también interesante que los estoicos reconocían
ya de aquella el papel del ayuno como terapia. Y más adelante sigue con esta idea respondiendo
al argumento de que contra los enemigos la ira sí sería útil. Pero contra los enemigos le dicen
¿es necesaria la ira? No, es justamente en este caso que conviene que los impulsos no sean
desenfrenados, sino templados y obedientes. Pues ¿qué otra cosa hay que quebrante a los
bárbaros tan robustos de cuerpo, tan resistentes a las fatigas, sino la ira, su peor enemiga? También
a los gladiadores los protege su técnica, pero los desarma su ira. Es decir, ni siquiera un gladiador
luchando por su vida debe tener ira porque nula su razón y le hace cometer errores. Y por tanto,
si ni siquiera es útil en este contexto, menos lo va a ser en el resto de nuestras actividades.
Y Seneca sigue profundizando en estas ideas para convencernos de lo peligrosa que es la ira y pasa
después a las recomendaciones. Dice lo siguiente. Puesto que ya hemos estudiado las cuestiones
relativas a la ira, pasemos a sus remedios. En mi opinión, son dos. No caer en la ira y no
hacer fechorías en plena ira. Igual que en el tratamiento del cuerpo se prescriben unos sobre
la conservación de la salud, otros sobre su restablecimiento, así de una forma debemos
rechazar la ira, de otra contenerla. Y dentro de las recomendaciones para evitarla, Seneca va
a la raíz y da consejos, por ejemplo, sobre cómo deberían criarse los más jóvenes. Dice que es un
error proteger en exceso a los pequeños o darles todo lo que piden, y dice, por ejemplo, lo
siguiente. Nada produce más iracundos que una educación blanda y complaciente. Por eso, cuanto
más se les consienta a los hijos únicos, más depravado es su espíritu. No aguantará las
afrentas uno al que nunca se le ha negado nada. ¿No ves cómo a una mayor suerte acompaña una mayor
ira? Hay que apartar a la infancia de la adulación. Que oigan la verdad. Que no intenten conseguir
nada mediante la ira, lo que se les negó cuando lloraban, que se les ofrezca cuando estén calmados,
que se les reproche lo mal hecho. Y estas ideas son muy respaldadas por la ciencia. Los niños que
aprenden a lograr lo que quieren con enfados, a los que se les consiente todo y se les eliminan
todos los problemas o todas las ideas que les generan incomodidad emocional, serán frágiles
de adultos y serán presas fáciles de la ira. De hecho, escribí un artículo hace tiempo que
pondré en las notas del episodio, pero leo un pequeño segmento relacionado con esto.
Cierto nivel de riesgo durante el juego es un componente necesario en el crecimiento de los
niños. Más allá del beneficio asociado a la actividad física, la exposición a un riesgo
controlado, por ejemplo escalar un árbol, aumenta la autoconfianza de los más pequeños, elevando
su sentimiento de competencia y bienestar psicológico. Por el contrario, aislarlos de
cualquier peligro aumenta las fobias y la ansiedad. Y lo mismo aplica al ámbito emocional. Más que
intentar protegerlos de fracasos, insultos o cualquier experiencia que produzca un mínimo
de incomodidad emocional, debemos enseñarles a afrontarlos porque son parte de la vida. En
resumen, proteger en exceso a los más pequeños los debilita y podría contribuir a las elevadas
tasas de ansiedad que vemos hoy día. Debemos preparar a los niños para el camino en vez de
intentar adaptar el camino a los niños. Eliminar cualquier pequeño obstáculo de su camino formativo
los convertirá en adultos dependientes, reduciendo su tolerancia a la frustración. No es tan importante
lo que hacemos por ellos como lo que les enseñamos a hacer por ellos mismos. Seneca profundiza más
adelante en esta idea y dice que estos jóvenes se convierten después en adultos que se enfadan
por todo y recomienda explorar esas cosas que nos causan ira para que veamos que en muchos
casos son tonterías. Dice por ejemplo lo siguiente, no debemos encolarizarnos por cuestiones banales y
mezquinas. El muchacho anda poco espabilado o el agua está un tanto tibia o la cama sin hacer o
la mesa cuesta un tanto descuidadamente. Enfadarse ante esto es una locura. Enfermo y de triste salud
es aquel al que una ligera brisa ha hecho encogerse, delicados los ojos a los que deslumbra
un vestido blanco, enervado por las exquisiteces aquel cuyos costados padecen con el trabajo ajeno.
En cuanto los placeres han corrompido el espíritu al tiempo que el cuerpo, nada parece tolerable,
no porque sea duro sino porque lo sufre un flojo. Pues ¿qué razón hay para que la tos de alguien
o un estornudo o una mosca ahuyentada con poco celo nos hagan montar en cólera, o un perro que
nos encara o una barra que resbala de las manos de un esclavo descuidado? ¿Soportará con equanimidad
las censuras de los ciudadanos y los insultos empleados en arengas y asambleas ese cuyos oídos
ofende el chirrido de un escabel cuando la arrastran? ¿Resistirá el hambre y la sed de una
campaña estival este que se aira con el muchacho porque le ha licuado mal la nieve? Así pues,
ninguna circunstancia nutre más la ira que un lujo inmoderado e intolerante.
Hay que tratar con rudeza al espíritu para que no note más que los golpes duros.
Otra recomendación que daba Séneca para evitar la ira era no indagar más de la cuenta en el
sentido de no estar constantemente preocupado de lo que han dicho de nosotros, de los comentarios,
de las críticas, porque suelen causarnos ira y, como dirían los estoicos, no podemos controlar
la opinión de los demás, solo podemos controlar nuestras acciones y, por tanto, debemos intentar
hacer siempre lo correcto y preocuparnos menos de lo que piensan los demás. Séneca da después
varios consejos más para prevenirla y pasa ya a cómo tratarla cuando surge. En este sentido,
lo primero que hace para ayudarnos a calmar esa ira es hacernos ver que, si le damos rienda suelta,
podemos entrar en una espiral muy peligrosa. Pone varios ejemplos de conocidos que pasaron
gran parte de su vida luchando unos con otros, hasta la muerte violenta en algunos casos o unos
mataron a los hijos de otros, todo por esa ira ciega y esa sed de venganza. Después de todos
estos ejemplos, hace el siguiente resumen. La venganza consume mucho tiempo, te expone a muchos
ultrajes mientras se duele de uno solo. Todos estamos airados mucho más tiempo del que estamos
agraviados. ¿Cuánto mejor es salir por el lado contrario y no poner defectos a defectos? ¿Es que
alguien no está loco si se enzarza a coces con su mula, a mordiscos con su perro? Más adelante
continúa. Con este entrarás en cólera, después con aquel, después con los esclavos, después con
los hombres libres, con los padres, después con los hijos, con los conocidos, después con los
desconocidos, pues por todas partes sobran los motivos si no media un talante conciliador. Tu
furia te arrastrará de aquí hacia allí, de allí hacia otra parte, y como irán surgiendo
continuamente nuevos acicates, tu rabia se hará persistente. ¡Ay, qué tiempo tan precioso pierdes
en una mala cosa! ¿Cuánto más adecuado era en realidad ganar amigos, aplacar enemigos,
administrar los asuntos públicos, transferir tus esfuerzos a los asuntos particulares, que meditar
qué mal le puedes hacer a uno, qué golpe vas a asestar a su dignidad o a su patrimonio o a su
cuerpo? Recomienda también Seneca postergar la acción, no hacer nada en manos de la ira y esperar
a calmarnos para tomar mejores decisiones. Decía, por ejemplo, que la mejor acción correctiva contra
la ira es la postergación de la respuesta. Su primer asalto es duro, pero se debilitará con
la espera. Después recomendaba reflexionar sobre si eso que nos ha pasado es tan grave y si no es
de locos esperar que no nos pasen cosas malas o que nadie nos haga algo que no nos gusta. Y no
quiero extenderme demasiado con Seneca porque quiero terminar con algunas ideas de Marco Aurelio
y de Pictetto. Por ejemplo, en el caso de Marco Aurelio, una de las cosas que él hacía para
prevenir la ira era empezar cada día recordándose que le van a pasar cosas que no desea. Es parte
de este concepto de premeditatio malorum o de visualización negativa, en el sentido de prepararnos
para las cosas que vienen y de esa manera que no nos causen ira cuando ocurren. Y aquí la clave es
prepararse sin preocuparse. Por ejemplo, Marco Aurelio recomendaba lo siguiente. Al despertar
piensa esto. Hoy me las voy a ver con un indiscreto, un desagradecido, un insolente, un traidor, un
envidioso y un egoísta. Son así porque no saben qué es el bien o el mal, pero yo conozco que la
belleza es el bien y la vergüenza el mal y que quien hierra es inteligente y participa de lo
divino como yo. Por eso nadie me puede cubrir de vergüenza y por tanto tampoco hacerme daño. Es
decir, si te enfadas por lo que alguien hace, tú mismo te estás hiriendo y esa herida es más
peligrosa que la ofensa que te hicieron. Decía también no des a las circunstancias el poder de
elevar tu ira porque las circunstancias son indiferentes. En resumen, se trata de no responder
al odio con odio, pero como dije antes, eso no implica poner la otra mejilla. De hecho, Marco
Aurelio pasó muchos años combatiendo invasiones en su imperio. No era por tanto ajeno a la guerra
ni a la violencia y si te atacan debes defenderte o contraatacar cuando creas que es la mejor opción,
pero debes hacerlo siempre guiado por la razón y no por la furia. De hecho, Marco Aurelio veía
la ira como una señal de debilidad, no una fortaleza. Decía, por ejemplo, esto. Debes tener
mucho cuidado de no irritarte con los hombres ni tampoco alabarles. Son dos excesos contrarios a
la vida social y que pueden ser dañinos. Al momento de sentirte enfadado no olvides que es indigno del
hombre dejarse arrastrar por la cólera y que la paciencia y la dulzura son cualidades más humanas
y más fuertes. Indican vigor, coraje y energía y no se puede decir lo mismo de la cólera y el
despecho. Cuanto más cerca esté un hombre de una mente calmada, más cerca estará de su fuerza.
Y ya para terminar, algunas reflexiones de Epicteto, quien hacía especial énfasis en la
llamada dicotomía del control, en recordarnos constantemente las cosas que dependen de nosotros
de las que no y no darle importancia a aquello que no podemos controlar. Decía, por ejemplo,
cuando pienses que alguien te ofende o te insulta no te dejes llevar por esa impresión. Recuerda
que no es su comportamiento lo que te daña, sino tu juicio. Es decir, cuando nos ofendemos es culpa
nuestra por dar importancia a las cosas que no podemos controlar. Decía también, recordad que
somos nosotros quienes nos atormentamos, quienes elegimos dejarnos embargar por la ira. Por ejemplo,
¿qué significa ser insultado? Párate junto a una roca e insultala. ¿Qué has logrado? Si alguien
responde a los insultos como una roca, ¿qué ha ganado el agresor con sus palabras? Es decir,
la mejor manera de responder a un insulto es generalmente ignorarlo, no seguirle el juego,
porque es muchas veces lo que desea la otra persona. Y recuerda, como decía Marco Aurelio,
no caer en la provocación no es mostrar debilidad, sino fuerza. Enfadarse es lo fácil. Mantener la
mente calmada es el verdadero desafío. Epicteto opinaba que entramos en cólera porque admiramos
cosas que no deberíamos admirar, porque todo lo ajeno a la virtud no nos pertenece. Decía,
admiramos las cosas que la gente nos roba. Por ejemplo, si dejas de admirar tu ropa no estarás
furioso contra la persona que te las roba. Si dejas de maravillarte ante la belleza de tu mujer no
estarás enojado si alguien se acuesta con ella. Ni el ladrón ni el adúltero toman cosas que te
pertenecen y por tanto no dependen de ti. Como indico en Invicto, Epicteto era muy claro en
las cosas que nos pertenecen, que básicamente son nuestras acciones y pensamientos. Todo lo
demás es ajeno y por tanto si entramos en cólera es porque estamos cometiendo un error de pensamiento,
dando valor a cosas externas. Evidentemente esto es más fácil de decir que hacer,
pero personalmente sí me ayuda esta idea de que algunas cosas no dependen de nosotros y
que deberíamos preocuparnos más por nuestros actos que por los actos de los demás. Nada más,
espero que os haya parecido interesante este episodio, que os hayáis llevado algunas ideas
para gestionar mejor la ira y para evitar que domine vuestras vidas. Dejadme un comentario
sobre qué os ha parecido y posibles temas a tratar en futuros episodios de La Ciudadela Interior.
Hasta la próxima.